Kitsch
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El arte del mal gusto

Imagen de portada: Behance / Bard (Dukepope) Sande

El mal gusto, más o menos subjetivo, puede encontrarse en cualquier rincón del mundo y trascendiendo épocas. En muchos lugares existe el típico cuadro de una cabaña con el atardecer al fondo y pájaros gigantes pintados en forma de “m”, las figuras de porcelana de niños en pose tierna o de payasos que deberían ser divertidos (no, a nadie le parecen divertidos). En cuanto a decoración más reciente, están los muñecos Troll de los 90, con cabello puntiagudo; y en la actualidad, los Funko pops. No es posible escapar.

Al hablar de kitsch, o cualquier arte considerado de mal gusto, se cae en una división tajante, polarizada o, en algunos casos, arbitraria: lo bueno o lo malo, el arte elevado o el arte popular, lo que hay que valorar o lo que ni siquiera hay que considerar arte. Sin embargo, hay mucho más que eso. El kitsch es motivo de estudio y análisis desde la estética moderna y contemporánea. Es, sin duda, una de las producciones más extrañas e inquietantes de la expresión humana.

DEL MUSEO AL BAÑO

Pensemos por un momento en la casa de algún personaje terrible, un asesino serial, por ejemplo. Podría caerse en el cliché de pensar que está llena de imágenes oscuras o hasta de ocultismo, y demás elementos que en la cultura popular se relacionan directamente con lo ominoso.

Pero si en vez de eso tenemos un montón de figuras de porcelana, colores pastel, flamingos de plástico y marcos dorados suntuosos, el mensaje puede ser igual de claro: sal de allí, algo muy retorcido está pasando.

El kitsch es definido por la Oxford languages como una estética pretenciosa, cursi, de mal gusto o simplemente pasada de moda. La creencia popular indica que el nombre de este estilo artístico proviene del alemán kitschen, que significa “barrer mugre de la calle” o “equivocarse”.

Sin embargo, según el filósofo Tomas Kulka, el nombre podría relacionarse con el inglés sketch que significa boceto, o con el término alemán etwas verkitschen, es decir, vender barato. Este último está bastante relacionado con la producción en serie que caracteriza a los objetos kitsch.

El surgimiento de esta singular estética se encuentra en los finales del siglo XIX, de hecho, como fenómeno propio de la producción de objetos en masa y con la transformación intensa que sufrió el arte con el surgimiento de tecnologías como la fotografía.

Cualquier moda pasajera sin fundamento estético o funcional, es susceptible de caer en lo kitsch; por ejemplo, las antiguas figuritas de porcelana o los actualmente populares Funko Pop. Foto: Pixabay / Kai Paulsen

Dos claves más para comprender su surgimiento están en el romanticismo y en el hecho de que todo arte se vuelve, en cierto punto, anticuado. El buen gusto y el mal gusto, concepciones que sostienen la existencia del kitsch, varían dependiendo de la época. No se estaría mintiendo si afirmamos que todo arte que se ha vuelto anticuado se puede considerar de mal gusto, por lo menos aquel que ha sido ya bastante superado y que no ha soportado la prueba del tiempo, que no mantiene su seriedad o su peso estético.

El surrealismo, por ejemplo, tenía un propósito revolucionario en que la libertad se ejercería a través de la imaginación y lo más profundo de la mente; una aspiración sumamente idealista y, seguramente para muchos, ingenua. El resultado es que el movimiento no ha salido ileso de los embates del tiempo. Hoy la obra de su exponente más conocido y mejor adaptado al mercado, Salvador Dalí, es calificada como demasiado ostentosa o hasta vulgar, pues se trata de representaciones de sueños con demasiada producción encima.

El romanticismo es una de las corrientes que, por su interés en lo sublime y lo elevado, han perdido su fuerza debido al constraste entre los valores de las personas de aquella época con la nuestra. Este movimiento pasó por el Art pompier, definición peyorativa para el academicismo francés de mitad del siglo XIX, caracterizado por su cuidado excesivo y su búsqueda de una perfección que lo hacían pomposo y empalagoso.

El kitsch es una extensión de lo anterior, pero además reducido a su mínima expresión. Para ejemplificar, se puede hacer el simple ejercicio de convertir un atardecer de William Turner en una caja de galletas. Bonito, sencillo, con una idea que se entiende de inmediato y sin la complicación de difuminados casi abstractos. Ah, y además tiene relieve en la tapa y galletas de mantequilla adentro.

MALDAD A LA VISTA

Es posible relacionar todo lo horrendo del mundo con el kitsch, esa caspa y mugre, ese detritus de lo que queda de un arte abandonado. Los cuadros que pintaba Hitler antes de ser rechazado por la academia de arte e iniciar su carrera militar y política, eran de un romanticismo hueco y desalmado que podría llamarse kitsch.

La producción de imágenes después del siglo XIX tendría que ver cada vez menos con una necesidad de trascendencia o una búsqueda creativa. La pintura mejor pensada, la escultura de carácter más sublime, se podía reproducir infinidad de veces y convertirse en un objeto decorativo.

Con las nuevas tecnologías, incluso las obras de arte se despiden de su aura para convertirse en productos fabricados en serie. Foto: boutique.micluster.com.mx

La pérdida del aura, que el crítico de arte Walter Benjamin definía como la cualidad de cada obra de ser única, se esfuma. A cambio, se puede comprar en el tianguis un cuadro de La última cena con relieve y brillos.

El filósofo austriaco Hermann Broch, en su ensayo La maldad del kitsch, dejó en claro que su aparición no sólo se trata de un hecho arbitrario de la historia, sino que guarda la cualidad moral del mal. Es decir, que el kitsch es de naturaleza malvada, ya que se asemeja a la mentira. Se ofrece a la persona poco relacionada con el mundo del arte, una imagen que apela únicamente a emociones agradables, para así venderse y dejar de lado cualquier tipo de reflexión.

Se trata de un engaño en que se apela únicamente a un gusto formado por escasas referencias artísticas, tal vez las más repetidas en la cultura popular, para orillar al espectador a reflexiones poco trabajadas que lo alejan del conocimiento real del mundo del arte.

Los objetos propios de esta expresión estética son resultado del consumo en masa. La diversidad del arte tiende a transformarse para convertirse en un producto agradable y de fácil consumo. Dentro del kitsch no existe el pensamiento profundo, la protesta u otras características que mantiene la expresión artística.

La turistificación reduce también el arte a su presentación más digerible. Los viajeros están el tiempo que se les permite ante las obras de arte, leyendo o escuchando explicaciones que no expresan realmente la complejidad de lo que está contemplando.

En el Vaticano, el recorrido turístico lleva a ver la Basílica de San Pedro, donde se encuentra La piedad de Miguel Ángel, una escultura que intentaba acercar a la humanidad a Dios. A la salida de la basílica, en épocas navideñas, a veces se puede ver un nacimiento de plástico de piezas móviles, parecidas a los clásicos del kitsch, la esfera navideña y los gnomos del jardín.

Entre los souvenirs de un sinfín de lugares turísticos, se pueden encontrar La Mona Lisa en llavero o La noche estrellada de Van Gogh en una taza. Alguien los comprará para adquirir con ellos el perfil de persona culta por el cual quiere ser identificado ante los demás.

El kitsch es, además, una manifestación del mercado voraz, del consumo irreflexivo y de la “happycracia”, llamada así por la socióloga franco-israelí Eva Illouz, en su libro del mismo título (2019). Este último concepto se trata de un comportamiento generalizado, una estructura en la que el placer es enaltecido como un valor superior. Las personas buscan constantemente el colérico pinchazo de una felicidad que desaparecerá pronto. El consumo, que también forma parte de esta ecuación, se siente como una obligación al igual que el disfrute; al otro lado espera la culpa de no gozar.

En diciembre del 2020, el Vaticano exhibió en la plaza de San Pedro un nacimiento de cerámica de peculiar aspecto. Llamó la atención que incluía un astronauta y una especie de guerrero. Fotos: Buongiorno Ceramica

VANGUARDIA Y CAMP

Ahora que el lector podría pensar que el kitsch es el origen de todos los males, es hora de hablar de otras manifestaciones del mal gusto que tal vez lo reivindiquen.

El mal gusto es un indicador de cada época y sus características, pero ¿es malévolo por sí mismo? Tal parece que una de las características del kitsch, leído como malvado o no, es el disgusto, que por sí mismo ha servido para liberar a las artes de ciertos estándares y propiciar una evolución.

En Vanguardia y kitsch (1939), el influyente crítico de arte estadounidense Clement Greenberg establece una comparativa bastante interesante entre el kitsch y los movimientos rupturistas del siglo XX, que asestaron golpes continuos al arte de épocas anteriores para proponer nuevas visiones y elementos.

Se trataba en algunos casos de romper con todo lo pasado, pero lo importante para el tema del kitsch es que, de hecho, algunas vanguardias como el impresionismo, consideradas de mal gusto en sus inicios, lograron posicionar a nuevos artistas (Monet, Degas, Renoir, etcétera) en los círculos elevados del arte.

Es decir, que su lucha iba en pos de la apertura para favorecer la creatividad y, en muchos casos, para conectar la alta cultura con lo cotidiano, con mundos tan duros como el de la bohemia, en que las personas buscaban vivir al máximo en un periodo entre guerras, sabiendo de antemano que podrían morir en cualquier momento. O mundos como el de los trabajadores del campo (Van Gogh), de las clases bajas (Picasso en su periodo azul) o el de aquellos que habían sido arruinados en la guerra y vagaban por las calles (Otto Dix).

Para Greenberg, el mal gusto estaba presente también en la deformación de las figuras. El buen gusto, antes constituido únicamente por todo aquello que pareciera realista, estaba siendo transformado para añadir nuevas perspectivas y nuevas capas emocionales. Las vanguardias utilizaba ese supuesto mal gusto para castigar el arte decimonónico y construir algo nuevo encima de él.

El Camp, por su parte, es un tipo de sensibilidad estética que también utiliza de forma consciente el mal gusto. Su atractivo basado en el humor, la exageración, lo pomposo y el color sin tapujos, utiliza de forma mucho más directa el kitsch para hacerlo parte de su identidad.

Carta de lotería con diseño kitsch: colores brillantes, elementos anticuados, brillos dorados y productos de la cultura pop acomodados de forma saturada. Fotos: Behance / Alejandro Martínez

Lo artificial, ostentoso y vulgar, valores con los que era identificada de manera peyorativa la cultura LGBT, fue abrazado con ironía para convertir en una fuerza lo que antes era un insulto.

El mal gusto puede utilizarse para confrontar ideas y lanzar un ataque creativo a las estructuras de un mundo constituido; romper sus reglas y transformar el arte mismo.

ACTUALIDAD DEL KITSCH

El mal gusto actual se relaciona con el kitsch del siglo XIX de formas diversas. La universalidad del mal gusto hace que el mismo sobreviva, y que las manifestaciones de la cultura popular se vean impregnadas de él. Es natural que muchos de los fenómenos sociales de aquel momento persistan o se hayan agudizado.

El arte se ha convertido en una expresión más singular que en otras épocas, encargándose de tareas propias de la reflexión filosófica, social y estética. Sin embargo, eso no significa que esté exento del mal gusto; el arte conceptual está impregnado de él, a pesar de contener en sí mismo un sinfín de proyectos importantes y de gran valor.

Al mismo tiempo, y debido a que arte y cultura popular se encuentran en muchas ocasiones separados, el Internet y cualquier sección de nuestro espacio físico están cubiertos, apelmazados y rebosantes de mal gusto. Los minions, los superhéroes con trajes coloridos que cada cuándo intentan rediseñarse para que sean menos ridículos, todo Disneylandia, las camisetas de partidos políticos o de marcas de cigarros, están en cualquier lugar y, más aún, son atesorados como algo que provocará una sonrisa que nos distraerá del trabajo diario.

Estamos en un momento en que el kitsch fusionado con el arte pop, como las obras de Jeff Koons, lidera el gran mercado de arte con cantidades millonarias en subastas. El artista urbano Banksy se acerca al kitsch con sus obras más cursis, aunque de forma consciente, pues añade marcos ostentosos y dorados a ese tipo de piezas.

Aunque el kitsch esté en cualquier parte, no significa que no vayan a surgir nuevas concepciones del buen gusto. Todas estas expresiones contribuyen y robustecen el concepto de lo que hoy se llama arte.

La decoración kitsch combina distintos estilos, épocas y texturas. Foto: mueblesfran.barcelona

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