Wim Delvoye
Arte

Wim Delvoye

Transgresión y extravagancia

El impacto es una de las búsquedas artísticas más comunes. Hay pocos temas que pueden transgredir o tambalear al espectador en un mundo donde las tragedias son constantes y olvidables, y donde la ficción y las imágenes ya han alcanzado un realismo imponente.

Wim Delvoye realiza un arte cimentado en la realidad, lleva sus creaciones al momento presente para devolver al espectador un golpe de realidad con el que aterriza sobre una cuestión importante: los límites, incluso éticos, del arte mismo.

ARTE VIVO

Una de las películas nominadas a los premios Oscar del año 2021 a Mejor Película Internacional fue El hombre que vendió su piel (2020), un drama que muestra a un personaje que presta su espalda para que un artista reconocido realice un tatuaje sobre ella. El dilema ético se presenta en el hecho de que se trata de un refugiado político perseguido injustamente, quien al recibir la singular propuesta de trabajo del artista, decide participar como obra viva para exhibir su piel. El tatuaje, de manera irónica, es un pasaporte.

El propósito de esta obra de arte ficticia es mostrar un compromiso con la realidad de los inmigrantes y refugiados, pero su naturaleza hace que el espectador se pregunte si se está utilizando el tema e incluso a la persona misma con un oportunismo que raya lo inhumano. Las obras de arte suelen tocar estos límites y, de hecho, es en sí la polémica lo que catapulta a la obra y abre la discusión en torno al tema que aborda. Entre tanta indignación y tantas imágenes que desbordan la vida cotidiana, lo controversial es lo que dura un poco más en nuestras retinas.

La sorpresa, tal vez inesperada, está en el hecho de que la obra de arte ficticia mencionada tiene un paralelo casi idéntico con una pieza real. El artista belga Wim Delvoye realizó en 2006 una obra llamada Tim, descrita por la prensa como arte vivo, que consistía en un tatuaje expuesto en la piel de una persona que, al igual que en la película, posó en un pedestal por seis horas diarias durante seis meses a manera de lienzo exhibido.

Tim (2006). Foto: scmp.com

El límite transgredido es visible. ¿Puede una persona ser en sí parte de una obra? Los museos que la exhiben se apegan a las reglas establecidas en el contrato de Tim, pero ¿qué pasaría si un coleccionista privado adquiere la pieza? Y, ¿qué pasará una vez que la persona fallezca?

Por supuesto, las respuestas a estas cuestiones deben ser más realistas y concretas que en una película, pero el problema sigue siendo el mismo. Para comprender la naturaleza de la obra quizá haya que remontarse al bioarte, que utiliza organismos vivos en su realización; sin embargo, y aunque se tocan también límites éticos, la intervención del artista suele realizarse desde la ciencia, a veces desde la modificación genética.

En el caso de Tim, no se realiza algo muy alejado del performance, en que la persona misma y la acción que lleva a cabo es la obra de arte, por lo tanto los límites entre el arte y la vida real se difuminan. En este caso también se hace un comentario sobre el derecho que se tiene sobre la vida de una persona, sea modificándola u obteniendo una parte importante de su tiempo de vida. El trabajo y los contratos, finalmente, son compromisos que expresan la naturaleza de un mundo que coloca precios en cualquier ámbito.

BELLEZA TRASTOCADA

No es la única vez que Wim Delvoye trastoca los márgenes establecidos. Una persona puede, en un momento dado, decidir si trabajar como obra de arte viviente, pero un animal no. Los cerdos tatuados del artista belga han causado controversia por tratarse de obras que exhiben crueldad, pero también cuestionan la ética del arte.

En 1997 comenzó con la labor de tatuar cerdos vivos aprovechando los vacíos legales sobre los derechos animales en las afueras de Beijing, sorprendiendo así al público europeo. Cabe mencionar que el procedimiento fue realizado aplicando sedantes y sin provocar dolor. Además, la piel fue tratada por veterinarios para limpiarla y mantenerla hidratada.

Tapisdermia (2010). Foto: news.have8.tv

Los tatuajes están basados en iconografía occidental, como es el monograma de Louis Vuitton y personajes de Disney, resignificándolos. Es decir, sustrayendo su valor comercial y convirtiéndolos en un ornamento menos que ordinario, uno para la piel de un animal.

Sin provocar el deceso de los cerdos, estos se convierten en obras vivientes que completan su proceso vital y pueden ser comprados después como piezas taxidermizadas. Se trata de un consumo de la vida y de la muerte que, si se analiza, no se diferencia mucho de la regulación existente en todos los aspectos de la vida de las personas en una sociedad.

El trabajo de Delvoye está dispuesto de forma decidida a discutir al respecto. Conocido como un neoconceptual, movimiento de los años ochenta y noventa, establecido como extensión o crítica del arte conceptual de las décadas de los sesenta y setenta (aquel en el que destacan nombres como Damien Hirst y Tracey Emin), el belga se ha hecho un lugar en el arte actual con proyectos ingeniosos y muchas veces impactantes.

El objetivo, como es posible ver analizando su obra, no se reduce a ser abyecto o impresionar causando asco o aversión, sino que, como señala el profesor en crítica de arte de la University of Guelph, Robert Enright, intenta reorientar la concepción de belleza. Es decir, bajo conceptos difíciles de abordar y materiales poco comunes e incluso extravagantes, crea una pieza bella, y pone en cuestión la forma en la que se llegó a tal resultado.

Los temas y materiales abordados son de una variedad ecléctica. Delvoye se enfrenta principalmente al cuerpo como ente filosófico y de transformaciones, y a lo escatológico, pero también mantiene comentarios sobre el mercado, el entorno globalizado y el arte en sí mismo.

PERPLEJIDAD Y CONMOCIÓN

Otras obras de Delvoye, antes de llegar a sus expresiones más atrevidas, ya subvertían de forma irónica los usos y roles propuestos a objetos cotidianos, en una expresión humorística que deja analizar lo relacionados que pueden estar en nuestro mundo los opuestos.

Cloaca New and Improved (2001). Foto: bruzz.be

Es por eso que, con una influencia evidente del arte pop combinado con un mal gusto utilizado a propósito, realizaba esculturas e instalaciones que constaban de porterías de fútbol hechas con vidrio (en un paralelo evidente con el martillo de vidrio de Yoko Ono), mezcladoras hechas de caoba o tanques de gas de aparente porcelana.

Tiempo después, los cerdos decorados y taxidermizados se encontrarían en un interior de apariencia decimonónica, con muebles dorados, terciopelo rojo, candelabros, cortinas pesadas y un decorado extravagante en una exageración que llega a lo pompier. El ambiente está dispuesto para sus únicos habitantes, los cerdos decorativos, que ni siquiera están vivos. Este lujo llevado al extremo pone en tela de juicio lo que puede o no ser necesario.

Una relación de opuestos sumamente importante es la que se presenta cuando hablamos del propósito que tienen los procesos vitales. Cloaca es una máquina construida a partir de vasos de precipitados químicos, bombas eléctricas y tubos de plástico. El escenario que la rodea es el de una sala de operaciones con mesas inoxidables, dando como resultado una máquina gigantesca que, gracias a la colaboración entre Delvoye y científicos de la Universidad de Amberes, duplica de forma cercana las funciones del sistema digestivo humano.

Construcción y destrucción se muestran en un proceso que, fuera del cuerpo humano, sólo puede verse como una gran fábrica para desmantelar materia y convertirla en algo inservible.

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