Devoción por la piedra de Jorge Ortega
Literatura

Devoción por la piedra de Jorge Ortega

Circunstancias del momento preciso

Como una enorme galería de imágenes se rige Devoción por la piedra. Fotografías muy detalladas de cualquier cosa que uno podría encontrarse en la calle, en la casa o dentro de la cabeza. Se trata de un poemario dedicado a la recolección de momentos fugaces, de diálogos y memorias que configuran su propio significado. Una propuesta fundamentada en la visión del poeta que va más allá de lo tangible.

Jorge Ortega, nacido en Mexicali en 1972, fue acreedor al Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 2010 por esta obra. El volumen fue publicado en 2011 por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas y cinco años después fue reeditado por Mantis Editores.

El libro, a lo largo de sus seis divisiones, intenta, en buena forma, abarcar un sinfín de temas cotidianos y complejos, perspectivas de aquellas cosas que pasan inadvertidas, recuerdos y objetos que se transforman por medio de la palabra de Ortega. Cada poema es una pieza única, un elemento o un engrane para esta composición que se desenvuelve en distintas locaciones como zonas urbanas, el campo, el cielo y el agua; pero también están inscritos aquellos lugares que sólo podemos visitar con la mente, el espíritu y, por qué no, con la lectura.

LOS MATICES INÉDITOS

El primer fenómeno que se explora es la luz. Empleando un lenguaje casi radiante, las contemplaciones parten del cielo que se inunda con los primeros espectros del sol y con las habitaciones recién iluminadas. La ventana es una hoja en blanco, se explica en el libro, y entonces la mirada se afila para extraer “los colores que aún no tienen nombre, / los matices inéditos / que el sol funde y olvida / en tus ojos atentos”. Los poemas Vitral y El momento, son dos destacados de la primera sección. Nos encontramos con una oda a lo que el ojo alcanza a ver por vez primera, a la admiración misma. Un agradecimiento a la luz.

Tal vez no sea necesario descifrar algún simbolismo que Devoción por la piedra guarde para la luz, pues en el libro podemos apreciarla simplemente por ese extraño fenómeno que es, que aparece y que se va todos los días. Un personaje que es intermitente y protagonista al mismo tiempo.

Un recurso más o menos recurrente de esta obra es la comparación entre el humano y los otros elementos de la naturaleza. De algún modo, Ortega coloca al hombre frente a la sabiduría de las cosas y nos hace reflexionar en las infinitas posibilidades que ofrece la cotidianidad de las aves, de las plantas o de las rocas. Las imágenes nacen de escenarios microscópicos y ocurren en instantes más cortos que cualquier segundo.

Foto: Mantis Editores

De pronto, nos encontramos observando un pájaro bajo la lluvia. Este es un animal que nos viene a recordar los límites de la carne. La perspectiva con la que se ve, recalca de cierto modo nuestro anclaje a la tierra: Permanecemos con los pies en el suelo y sentimos cómo el cielo se deshace justo arriba de nosotros: “…no terminamos nunca de caer” / (…) / “acatar la inercia del diluvio / y el ascenso del pájaro”.

Por otro lado, en el poema Resistencia de materiales, lo que se contempla en la longevidad de la piedra es aquella mística humedad antigua que sólo ella podría invocar. Ésta permanece en el centro del parque y ha estado ahí durante varias generaciones. Reposa sobre sus propios restos que no se desgastan con la “prisa de nuestros componentes”. Una vez más, el poeta se mira de frente a las cosas cercanas, pero que al mismo tiempo son lejanas a su esencia. El poema, entonces, no tiene de otra más que ser una reverencia a esa naturaleza rígida de la roca.

Varias páginas más adelante, se encuentra Cuestión de perspectiva, que es uno de los momentos más destacados del libro. Un arbusto que está presenciando algo histórico, quizá la crucifixión de cierto líder judío o el andar milenario de la humanidad. De cualquier modo, la respuesta está en el cierre: “Tal vez la sugerencia que persigues / duerma en la savia el sueño de los justos. / Acércate y pregunta”.

PENSAR LO IMPOSIBLE

Uno de los temas mejor tratados está inscrito en la segunda sección también titulada Resistencia de materiales. Las cosas que no pasan, la constante figuración de una realidad alterna que sólo puede conjurarse en nuestra mente, son ilustradas en varios pasajes. Tratado de sed, por ejemplo, es el primer poema en donde este fenómeno es abordado explícitamente. “Cada quien planta a diario la semilla / de quién sabe qué fruto”. Un texto que reflexiona sobre aquellas suposiciones extrañas que hacemos, en ese augurio que nos prometemos a nosotros mismos. “Todo pronóstico está por cumplirse / a expensas de la incertidumbre”.

Tratando casi el mismo concepto, el poema siguiente adopta como símbolo y personaje un jarrón. Aquí se narra el breve encuentro que tiene la voz principal con este objeto. Se explota una imagen muy profunda sobre la ausencia de las cosas en los espacios que uno habita. La decisión de no comprarlo se convierte en un nuevo lugar en donde algo falta. Un entorno que añora ese jarrón que no está ahí, y ese jarrón también añora ese espacio que no ocupa. Un cuerpo de barro que nos extraña.

Uno de los poemas habla de las ausencias de un padre y de un hijo. Foto: Behance / Sam Kimball

La memoria es una herramienta que aparece distribuida en todas las secciones de la obra. Ortega utiliza este recurso en algunos de los poemas para evocar, desde la experiencia, una reinterpretación del suceso ocurrido, el cual ahora está dotado de una considerable profundidad estética y de una reflexión únicamente ofrecida por el poeta. Gracias a estos textos es posible abordar ciertos temas como la nostalgia, el erotismo, la sensualidad y el paso del tiempo.

Con la intención de ubicarnos en escenarios más urbanos, las imágenes detonan recuerdos a un nivel casi espiritual; la palabra se encaja en la historia y entonces el libro nos deja entrever la sugerencia del mundo, de los jardines, de los amigos, de las calles y los objetos.

Filmina IV es un poema que podríamos tildar de melancólico. Un padre y un hijo separados. La distancia viene a ser ese factor que rige el sentir de ambos personajes y su andar se convierte en una especie de pesar paralelo: “Mi padre camina sin mí en una calle que desconozco. / […] / Camino sin mi padre en una calle que él desconoce. / La ciudad que se difracta ahora en mis ojos riela también en los suyos”.

Por su parte, Dedicatoria es uno de los textos eróticos de la obra y es probablemente el más brillante de ellos. Un diálogo constante que hace énfasis en las conexiones y su profundidad, que reconoce esos espacios íntimos que sólo existen entre dos cuerpos. “Estamos instalados uno en el otro con la vecindad de la sangre y la saliva, la imbricación del sudor en el ojal del poro”.

Finalmente hay que destacar el cierre del poemario. El último par de versos que podrían ser una suerte de homenaje a todo lo que vimos antes. “Elige, pues, el más largo trayecto / para llegar a casa”. Es acaso esta la experiencia del libro, un atajo equivocado que se agradece. Un caminar en el que uno se detiene a cada instante para contemplar las cosas, para dialogar a través de ellas. Algo así como cambiar la ruta para llegar a un mismo destino.

Es notable que el autor busca en todo momento exponer esa mirada curiosa que logra resignificar cualquier objeto o fenómeno cotidiano. Devoción por la piedra es la manifestación de una sensibilidad extrema. Es la explotación de la materia que nos rodea o un hallazgo, quizá, de los ojos que se detienen en el momento preciso.

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