Observar
Nuestro mundo

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Era sábado. La terraza de un hotel con sombrillas abiertas para impedir que el sol ahuyentara a las comensales era el escenario. A lo lejos se alcanzaba a ver algo de una huerta que sombreaba y provocaba un clima inmejorable. Además una noche anterior había llovido por lo que todo contribuía a que el espacio, ya de por sí espectacular, ofreciera las mejores condiciones para prolongar el desayuno en la sobremesa.

Por allá una mesa de señores, las demás ocupadas por grupos de mujeres incluido el nuestro. No dejaba de admirar a esas señoras o tal vez señoritas. Uno nunca sabe, que no salen, aunque fueran las nueve de la mañana, si no es todas compuestas, todas lindas, el cabello arreglado, el rímel repasado más de una vez para que se note, el tacón, aunque hubiera riesgo de caminar entre un piso empedrado con irregularidades. En cada mesa se escuchaba el intercambio de opiniones sobre la elección del menú. Todas se preguntaban qué desayunarían. Una intentaba convencer a las otras que un platillo en particular era la mejor opción. Por fin se deciden y empiezan a ambientar la plática con la primera taza de café que les sirven.

El grupo uno, para darle orden al relato, estaba compuesto por mujeres jóvenes, no más de treinta años, a ellas las habíamos visto una noche anterior en el porche tomando tequila; el grupo dos andaba en la medianía de la edad, 40 y más seguro. Las del grupo uno tenían su celular en la mano todo el tiempo, de vez en vez levantaban la mirada, pero luego volvían a la pantalla, la interacción la generaba algo que querían mostrarle a la de al lado de eso que estaba contenido en el celular. Hablaban de tratamientos para la piel, del vestido que llevaban puesto y si habían cocido demasiado el huevo estrellado.

El grupo dos era distinto, arregladas, pero sin excesos, maquilladas como si no hubieran pasado un pincel por sus caras, el cabello a medio hombro o sujeto en una graciosa cola de caballo. Más refinadas, la conversación de pronto era entre dos o tres, sólo abrieron la plática para todas cuando alguien propuso hacer un viaje, ¿Oaxaca? ¿Ciudad de México? ¿Al mar?, iban a ser sólo cuatro días, un fin de semana largo, no necesitaban más para fugarse de la rutina, de los hijos, del marido, de los problemas. Sólo reconsideraron el tiempo del viaje cuando una de ellas comentó algo sobre su separación, las amigas le pedían, casi suplicaban que no olvidara que el sujeto en cuestión era el padre de sus hijos y que siempre lo sería, fue entonces que sugirieron una semana para completar las horas de conversación necesarias para componer el mundo de las emproblemadas y ofrecer las delicias de la compañía de las amigas a las que sólo eso necesitaban. Ya no supe la fecha exacta del viaje, ni la sabré nunca.

El grupo tres era el nuestro, con más años en la sumatoria, con más calma, con más deseo de disfrutar el instante, apenas si nos notábamos. Es impresionante como los tonos, los ritmos, las palabras empleadas cambian de acuerdo al momento de vida en el que estás. Hijos es el tema, más cuando están por volar del nido, es recapacitar sobre lo que se hizo bien o los pendientes que quedan en su formación. Poco a poco la existencia se encarga de hacer a un lado el Yo y acoge con toda naturalidad la extensión del ser que son los hijos. La mente dispuesta a entender la que significa la serenidad del momento y como al encadenarlos nos vamos sintiendo felices sólo por estar, sin más pretensiones que la cara lavada, el olor a jabón, una gota de lavanda y lo significa el buen despertar.

A veces me pregunto ¿por qué tardamos tanto en llegar a ese estado de paz donde vemos con claridad que no sabemos todo, que nos hemos equivocado mucho pero que también hemos acertado y que con todo ello nos hacemos cargo de nosotras mismas, reconociéndonos y aceptándonos?

Aprecio que, por lo menos para mí, la libertad es poder salir sin los labios pintados y de todos modos sentirme bien, que un pantalón te lo puedes poner dos veces seguidas y no pasa nada, que cuando estoy, estoy con todo mi ser, no a medias. Que no construyo mi futuro en las platicas con los demás, que lo hago a solas, callada, compartiéndome a mi misma los temores y los alientos. Que imaginar y planear viajes es parte de un ejercicio de cada reunión de amigas pero que el principal viaje que hago todos los días es a ese mar profundo que todavía no termino de explorar y que es la inmensidad de mi ser. Que el dolor de las malas experiencias de la vida no se acalla cuando lo hablamos, se controla cuando lo trabajamos.

De observar se aprende y yo esa mañana pude ver a los demás y me pude ver a mi misma.

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