Una devoción compartida
Nuestro mundo

Una devoción compartida

Nuestro Mundo

El primer lunes de octubre de 1996, durante la 52a asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, Gabriel García Márquez pronunció un discurso titulado “El mejor oficio del mundo”. El maestro lamentaba el rumbo que había tomado la enseñanza del periodismo: mucha tecnología, poca cultura general, menos ética y empatía. No era una queja hueca, sino una propuesta bien meditada que le permitió insistir en los detalles de una aventura en la que llevaba años embarcado: la creación de una fundación que trabajara en torno a la ética profesional, la rigurosidad y la calidad narrativa del oficio periodístico en Iberoamérica. Constituida en junio de 1994 con sede en Cartagena, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy Fundación Gabo, nació para propiciar talleres inspirados en las tertulias informales de las antiguas salas de redacción, que a juicio del Nobel colombiano eran la mejor escuela de periodismo posible.

He recordado esto porque acabo de leer un libro que reúne cuatro magníficos trabajos en torno al autor de Cien años de soledad. Me refiero a Devotos del deicida. Elogio a Gabriel García Márquez, de José Garza, publicado en 2014 por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). El libro parte de dos premisas: la primera, que la obra periodística de Don Gabriel es tan importante como su obra narrativa. La segunda, que las novelas y cuentos de Gabo no hubieran sido posibles sin su labor periodística, y viceversa.

Nacido en Monterrey en 1971, José Garza inició su trayectoria como reportero en 1989. Doctorado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado para los periódicos El Norte y La Jornada. Además del libro aquí reseñado, ha publicado Tierra de cabritos (1995), De realidades, ficciones y otras noticias (2010), Fuego al Museo (2013) y En la piel equivocada (2013). No obstante, basta leer Devotos del deicida para advertir que la experiencia más decisiva en su formación como periodista fue ser elegido para como uno entre los doce discípulos en el taller de periodismo que García Márquez impartió en septiembre de 1998 en Monterrey.

Lo ocurrido durante ese taller es el corazón del libro. En una certera crónica, Garza cuenta su experiencia como alumno de Gabo y de ese modo nos permite estar allí. Llama la atención, por ejemplo, que entre las variadas lecturas previas al taller, García Márquez sugiere el informe del fiscal Kenneth Starr sobre el caso Lewinsky, un documento de 445 que en esos días está en boca de todos, y que en palabras del Nobel “está escrito por un estupendo narrador anónimo”. Otra de las lecturas recomendadas por Gabo es uno de sus libros de cabecera: Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, que narra con recursos periodísticos las vivencias de un hombre durante la epidemia que azotó a Londres en1665.

El reportaje es como una salchicha: debes saber dónde empieza y dónde acaba, porque si no lo vas llenando de datos y nunca acabas”, aconseja García Márquez a los jóvenes reporteros. Así, con el sencillo lenguaje con que conversa uno con los amigos, el colombiano les va desvelando los secretos del oficio y resolviendo sus dudas. Tras leer las 141 páginas de este libro, uno sabe por ejemplo que ser fiel a los hechos no necesariamente es ser fiel a la verdad, y que la mayor virtud de un reportero es la compasión. Mención especial merecen las lúcidas disecciones que Garza hace de Noticia de un secuestro y Memoria de mis putas tristes, obras que contienen invaluables enseñanzas para narradores y reporteros.

Muchos años después, cuando era yo becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, habría de escuchar varios de esos consejos directamente del autor de Cien años de soledad, quien generosamente visitaba la casa al menos una vez al año para charlar con nosotros. Leyendo Devotos del deicida, de José Garza, he comprendido hasta qué punto el maestro estaba convencido de que el oficio de narrar se aprende mejor como él lo hizo.

Comentarios