Luigi Amara, el vagabundo
Entrevista

Luigi Amara, el vagabundo

Ilustración de Portada: José Díaz

El andar es un proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio

(La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau)

Luigi Amara es quizás, ante todo, un homo voyager, término francés alusivo al viaje, empleado alguna vez por el historietista José Quintero para describir a su personaje Buba, una pequeña rebelde con la mente abierta de par en par, como todo niño sano que ha habido en la historia de la humanidad. En el caso de Amara, esa inquietud mental ha desembocado en la poesía, en el ensayo y, como un homenaje a los homo voyager por excelencia, en la literatura infantil.

Para el autor, vagar sin rumbo es un acto transgresor en una sociedad que no tolera las acciones sin un objetivo ‘de provecho’. Es una postura política que se niega a los dictados de un sistema que privilegia el consumo y la productividad por sobre el conocimiento y la creatividad. Por supuesto, los niños son los líderes si de explorar se trata, aunque ello se vuelva cada vez más difícil en un mundo donde la enfermedad, la violencia y la corrupción se encuentran a la vuelta de la esquina.

En un afán por preservar el espíritu vagabundo de la infancia (con suerte hasta la adultez), Luigi Amara ha hecho de la literatura una herramienta para que los más jóvenes tengan un acercamiento a la realidad un tanto hostil que los rodea, pero sin desarrollar miedo hacia ella; por el contrario, despertando un interés por enfrentarla.

Su escritura es un juego siempre en construcción que no deja cabida a las fórmulas, lo que le ha valido premios como el primer lugar en el Certamen de Poesía Manuel Acuña (1996), la Medalla Gabino Barreda (1996), el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (1998), el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños (2006) y el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española (2014), entre otros.

A través de una videollamada, Amara accedió a compartir con Siglo Nuevo sus perspectivas sobre la niñez, la literatura, el aburrimiento, el juego y el arte de vagar.

¿En qué momento te convertiste en un niño interesado por la lectura?

Es una pregunta difícil porque yo no me acuerdo, pero me contaron mis padres que ya desde niño me gustaba leer cosas rimadas, juegos de palabras, etcétera, y de algún modo creo que mi acercamiento tiene que ver con que en mi casa había muchos libros. Ambos padres eran muy lectores, entonces nosotros (tengo tres hermanos) jugábamos literalmente con los libros, hacíamos fuertes, castillos, trepábamos. El libro era un objeto no intimidante, era un objeto que estaba en la cotidianidad. Entonces no hubo mucha distancia entre usarlo como ladrillo para un castillo imaginario y abrirlo para leer algo.

¿Hay algún libro de tu infancia que guarde un lugar especial en tu memoria?

Me acuerdo mucho de los libros de Edgar Allan Poe que habré leído más o menos en la primaria. Incluso las primeras cosas que escribí eran cuentos truculentos a la manera de Poe. También recuerdo mucho Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll porque me gustaba mucho ese desafío a la lógica y al sentido común. Debo decir que todavía me gusta releer algún cuento o pasaje de esos libros porque sí me marcaron de algún modo.

Foto: Sexto Piso

Pasando a tu obra, en tu libro Los calcetines solitarios hablas sobre bullying y en El paraíso de las ratas hablas sobre corrupción. ¿Por qué crees que es importante presentar esta cara no tan agradable (e incluso violenta) de la sociedad a la juventud?

Porque tendemos a ocultarle a los niños y a los jóvenes este tipo de problemáticas, un poco por protegerlos de esa realidad hostil a la que un día se habrán de enfrentar. En algún momento pensé que tal vez esa no era la mejor estrategia, que tal vez esa negación lo único que estaba haciendo era que tuvieran pocas herramientas para lidiar y para solucionar situaciones a las que probablemente ya se estaban enfrentando.

El bullying es más evidente, pero también me di cuenta de que la corrupción ya se da a temprana edad. Están expuestos o participan de este tipo de situaciones, o se dan cuenta de ellas. Entonces es un poco artificial esconderles esas temáticas. El desafío como escritor era abordar estos problemas de tal manera que no fuera demasiado agresivo, y que de algún modo fuera una puerta de entrada literaria atractiva para los lectores, que no fuera como entrar a una pesadilla. Ese fue el desafío artístico mayor.

¿Y cómo lograste ese equilibrio entre presentar una realidad cruda y que no fuera intimidante para los lectores?

La primera decisión fue hacer fábulas, que no fueran niños pegándose y molestándose, que hubiera esa distancia. En el caso de Los calcetines solitarios elegí que fuera como una especie de función de teatro de marionetas. Se me ocurrió que los personajes podrían ser calcetines y que así las situaciones de agresión e incluso de golpes se vieran con esta distancia: todo le está pasando a objetos inanimados. En el caso de El paraíso de las ratas, las ratas mismas son los agentes corruptos, aunque hay una alusión a los seres humanos como aun mas ratas que las ratas. También la idea era que hubiera una historia que te llevara al margen de los problemas tratados, que pudieras identificarte con los personajes sin decir “aquí vamos a hablar de un problema social”.

Trino, el dibujante de ambos libros, y yo, decidimos que íbamos a dejar una especie de final abierto; nada se concluye, no hay lecciones ni moralejas. La idea era que los lectores, que pueden ser los niños, pero también los abuelos o los maestros que leen con ellos, se involucraran en una discusión sin que hubiera una resolución narrativa. No está claro quiénes son los buenos o los malos, no es algo didáctico en el sentido del maniqueo. Esa fue la aproximación que tuvimos; hay otras, pero así fue como yo sentí que me podía satisfacer como autor para tocar temas que en última instancia pueden ser delicados. No por no comprometerme, sino porque con qué autoridad me presento a decir qué es lo que debe hacerse con respecto a la corrupción. Más bien había que dejarlo como una pregunta abierta a partir de una historia.

Hablando de otra de tus obras, dedicaste un ensayo (La escuela del aburrimiento) al tedio del que intenta huir a toda costa la sociedad contemporánea. ¿Qué papel crees que juega el aburrimiento (o la ausencia de este) en la niñez?

Desde que escribí ese libro hace nueve o diez años, se ha recrudecido el combate al aburrimiento. Estamos todo el tiempo entretenidos, activos, conectados, y a mí me parece que es una estrategia que tiene que ver con el mercado, con la necesidad de vender, de crear una ansiedad que lleve al consumo de gadgets, de contenido, de lo que sea. Pero es justo en el no hacer nada cuando uno descubre qué es lo que quiere, qué es lo que uno es realmente, qué es lo que te mueve.

Foto: tierraadentro.cultura.gob.mx

Estamos, niños y adultos, bombardeados por una serie de propuestas que nos alejan de descubrirnos a nosotros mismos. Es distraerse, salirse de uno mismo para prestarle atención a otras cosas y que sean otros los que llenen nuestro tiempo, que sea la serie o el videojuego. Por mi experiencia y lo que he leído, cuando no te queda de otra mas que estar contigo mismo, enfrentarte tal como eres, es cuando te descubres realmente. Pero cada vez nos abandonamos menos a ese tiempo muerto.

Ya desde mi época, cuando yo era niño, me acuerdo que si yo me echaba a leer llegaba mi abuela y me decía: “pero ponte a hacer algo”, como si estar echado leyendo fuera no hacer nada. Hay como una presión social, una intranquilidad por el que para. A mí por eso siempre me han causado simpatía esas personas que deciden parar, que renuncian, que hacen pausas y que no quieren seguir ese ritmo frenético. Ahí hay una disidencia.

Has declarado en varias ocasiones tu afinidad por simplemente pasear, y en Las aventuras de Max y su ojo submarino el protagonista es un niño que usa su ojo para explorar el mundo con mayor profundidad. ¿Qué tanto puede perder un niño si se le priva de esa libertad de apropiarse del espacio que lo rodea, ya sea por la pandemia o por la violencia?

Creo que en estas condiciones adversas, de algún modo encontrarán la manera de hacerse independientes; pero desde mi punto de vista es incomparable el grado de autonomía, agencia e incluso debraye, diversión y sentido de la aventura que puedes experimentar en las calles jugando con tus pares. Viéndolo con mi propio hijo y sus compañeros, lamento el tipo de sociedades que hemos construido, en las cuales esta libertad se ha perdido. Me parece terrible el hecho de que hayamos construido una sociedad en la que los niños sólo pueden jugar con vigilancia. Yo creo que eso debe tener consecuencias psíquicas y formativas de todo tipo, y ya las veremos más adelante. Pero los niños son muy vivos y encuentran las maneras de salirse de esa mirada paternal.

El juego usualmente se ve como una actividad infantil, pero ¿qué impacto tiene el espíritu lúdico (o la ausencia de este) en la adultez?

En efecto tendemos a limitar la esfera del juego a cierta edad o a ciertos contextos. Parecería que ya no es adulto jugar o que el juego se vuelve, en el caso de los deportes por ejemplo, un trabajo. A mí siempre me ha parecido problemática esa idea de compartimentar el juego, de decir cuándo es una edad y un momento para jugar, cuando en la realidad el juego nos puede atravesar a todas horas en todas las actividades.

Por ejemplo, siempre me ha gustado mucho cuando los niños, o a veces hasta los adultos, se apropian de la banqueta para jugar; y entonces siempre pasa el que quiere usar la banqueta sólo para lo que supuestamente es y se enfrenta a los niños jugando. Los espacios son multifuncionales, permiten el juego y en ese sentido me parece que nuestra sociedad valora el juego sólo en principio, pero a la hora de la hora lo mantiene aparte como algo que no deja nada. “Ya estuvo bueno de juegos” es la frase hecha, parece que siempre lo importante está más allá del juego y creo que esto ha traído consecuencias en todos los niveles. Si lo pensamos en el rubro de la literatura, una literatura que deja de jugar está limitada en su espíritu, en su búsqueda; puede ser incluso una mala literatura simplemente porque ya no se atreve a jugar.

Foto: Behance / Dani Diez

¿Tú cómo aplicas el juego en tu creatividad, ya sea literaria o de otro tipo?

En la pandemia nos dimos cuenta de que todo se estaba volviendo muy virtual, muy poco corporal, así que en casa decidimos que íbamos a aplicarnos no sólo a jugar, sino a inventar juegos y a darle un espacio continuo. De repente te jalan mucho las pantallas y te jala mucho el deber, entonces nos propusimos eso. Algo que me ha gustado mucho es que a mi hijo le fascina inventar juegos y eso también era algo que me pasaba mucho de niño. Yo recuerdo que con mis hermano jugábamos a hacer un fuerte de un lado y otro de otro para hacer un combate entre ambos bandos, y los preparativos duraban mucho más que la acción , pero no nos pesaba porque los preparativos eran tan fascinantes como la acción misma [...]

Si eso lo pensamos desde el punto de vista literario, a mí me gusta pensar cada libro como un nuevo desafío. Si ya sé la fórmula, ya no me interesa hacerlo, porque quiero borrar el terreno de juego, volver a plantear un desafío y crear esos preparativos para que suceda la escritura. En ese sentido creo que sí he incorporado mucho un espíritu lúdico a la idea que yo tengo de escribir.

El adultocentrismo nace porque se valora mucho la productividad y por lo tanto todas las generaciones que se consideran improductivas, como la infancia, quedan relegadas en diversos ámbitos sociales. ¿Crees que ese adultocentrismo se ha infiltrado en el ámbito cultural?

Desde luego, aunque comparado con el tipo de libros o programas para niños que a mí me tocaron, ya no se diga los contados libros infantiles que hubo en el siglo XVII, quizá como nicho de mercado la infancia y la adolescencia se han vuelto significativos. Pero creo que, en efecto, seguimos atravesados por una idea de productividad un poco sospechosa en el sentido de que todo este ajetreo, todo este trabajo, ¿para qué? ¿Quién se beneficia? Sabemos que se beneficia el uno por ciento de la población, así que por qué no parar y decir: “podríamos estar sin hacer nada, contemplando la puesta de sol o sembrando un jardín”. Todos los momentos donde se rompe con esta preeminencia de la productividad tienen mi completa simpatía, ya sea niños jugando, adultos negándose a hacer algo o comunidades haciendo huelga. Todas esas rupturas del mandato de la productividad son como fisuras de un tejido que tal vez sea insostenible a la larga y que todavía nos atraviesa y nos exige, pero que probablemente está llegando a su límite.

El hecho de vagar sin rumbo podría entrar dentro de esas rupturas. En tu caso, ¿cómo ha evolucionado ese acto de caminar por caminar desde que eras un niño hasta ahora?

La verdad es que desde niño me atrajo la calle. Alguna vez no nos dejaron entrar a mi hermano y a mí a la escuela porque llegamos muy tarde; mi papá nos dejó, pero se fue. No había Uber ni celulares en ese entonces, y en lugar de buscar una solución decidimos regresar a pie. Bueno, en realidad lo decidí yo y arrastré a mi hermano a la aventura. Era porque me gustaba la idea de vagabundear.

Foto: Cortesía Luigi Amara

A partir de entonces he ido entendiendo en qué consiste este placer de caminar sin rumbo. Tiene que ver con darle la espalda al deber. El primer autor donde yo lo vi claramente escrito (tengo mi biblioteca de escritores paseantes) fue Thomas de Quincey. En su libro Las confesiones de un comedor de opio inglés él cuenta que salía a la calle en un estado alterado de conciencia, después de haberse metido sus buenos frascos de láudano. Lo que le gustaba era ir a contracorriente de la vida práctica. Iba al mercado, pero no iba a comprar, iba a ver a la gente comprando; iba a la ópera y, en lugar de entrar, veía a la gente saliendo del teatro. Esto lo hacía todo el tiempo vagabundeando. Me di cuenta que ahí había una clara voluntad de no sólo romper con el deber de ir del punto A al punto B, sino de llevarle la contra a las dinámicas sociales de una manera muy exquisita; un poco para explorarlas, un poco para dar un paso al margen. Eso es el principal atractivo que yo encuentro al caminar, además de que está lleno de recompensas perceptivas, de anécdotas, de riqueza sensorial.

Hay adultos que recuerdan la infancia como una época en la que todo fue felicidad y esto se tiende a idealizar. ¿Cómo puede afectar a los niños esa expectativa de mostrarse siempre alegres por ser niños?

Creo que está bien romper con este estereotipo monolítico de la infancia y darse cuenta de que tiene matices, que la experiencia de un niño es muy amplia y que tal vez hay que dejar que atraviesen diferentes experiencias, que las conozcan.

Es muy interesante que como padres o como adultos no queremos que nuestros hijos, o los niños que tenemos cerca, estén tristes. Los queremos sacar de ahí, o si se aburren les damos opciones para que se entretengan cuando quizá lo importante, lo formativo, es que vivan esas experiencias, que sepan lo que es estar molesto, triste, llorar, que sepan incluso lo que es atravesar un duelo o, en el caso de la pandemia, que aprendan a aburrirse, que a veces no pasa nada y que no hay nada que esperar.

Es como un arma de doble filo esa preocupación y esa exigencia por el bienestar incondicional. Habría que acercarlos a otro tipo de experiencias y de problemas. De ahí que en mis libros para niños quise hablar de temas y problemas que no suelen estar sobre la mesa ya no digamos en la literatura infantil, sino en las conversaciones que tenemos con los niños. Hay que abrirlos a otros tipos de horizontes porque esa es la realidad en la que estamos.

Para finalizar, ¿qué libro, además de los títulos que has escrito, recomendarías a cualquier niño?

Los libros del autor australiano Shaun Tan. Me gusta mucho La cosa perdida, que es una obra maestra para niños. También me gusta mucho el libro clásico Donde viven los monstruos porque me parece genial toda la imaginería que hay ahí. En México también hay muchísimos libros atractivos que se están haciendo de un tiempo para acá. Creo que hay una efervescencia, pero definitivamente mi favorito sigue siendo La peor señora del mundo de Paco Hinojosa porque me ha tocado leerlo en diversos contextos y siempre me parece divertido, genial e irreverente.

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