Esa, también eres tú
Nuestro mundo

Esa, también eres tú

Nuestro Mundo

Y cuando todo estaba en paz llega la tormenta, quizá sería el título de algunos episodios que terminan por marcar la existencia porque finalmente mueven lo que creías imposible, abren ventanas que ofrecen escenarios insospechados y terminas concluyendo que, por fortuna, te hacen ver que la vida todavía puede sorprenderte.

¿Qué tan dispuestos estamos a experimentar? ¿Hasta dónde se acaba “la oportunidad” de sentirte vivo? ¿Los años y su madurez nos obligan a sentarnos en una silla y ya no movernos? ¿Prefieres la calma al vértigo de la adrenalina? ¿Ya no se vale cuestionar, irrumpir o intervenir tu propia existencia? ¿Es obligado silenciar tu interior en aras de la tranquilidad?

No tengo una respuesta clara y la incertidumbre genera mucha confrontación, porque hay enojo, porque hay tristeza, porque sabes que muy pronto caerá el telón de tu propia puesta en escena; las crisis de los sinsentidos están reservadas para quienes arrancan, sumar edad te aparta de tantas cosas, por ejemplo, el derecho de reacomodar piezas, la gracia de obedecer al impulso y la admisión de la alegría desbordada de las ilusiones, en contraparte, lo que tenemos a disposición es sosegar el espíritu, escudarte en que ya no puedes hacer ridículos, tal vez por eso las odiosas frases de: “ya a mis años eso no es posible” o el famoso “recordar es vivir”, y ¡no!, vivir es vivir, y pensar lo contrario es permitir que la muerte se nos meta en los poros poco a poco.

Da miedo cuando te quedas a solas y confrontas interrogantes que nunca antes habían surgido en tu vida y eso hace que prefieras evadir el tema y ceder ante lo que dictan los cánones de lo políticamente correcto, de lo que socialmente es el bien hacer.

Lo que pasa cuando renuncias a aventurarte por un camino completamente distinto al que suponías era el más seguro, te condenas a vivir a medias.

Vivir a medias es aceptar que el café soluble es café, es aceptar que los hijos impongan el ritmo de la dinámica familiar, es renunciar a acondicionar tu cuerpo, es matar las mariposas que aletean en tu entraña, es ver con nostalgia el pasado, asomarte solo al presente por lo que no te atreves a construir un futuro porque estimas que ya no te alcanzará el tiempo.

Cuantas renuncias significa “la estabilidad”, pienso en las mías y te invito a pensar en las tuyas, al hacerlo brota un arrepentimiento trasnochado y el consabido “hubiera” que es palabra prohibida en la revisión de la historia, esos hubiera son inútiles solo llevan a la frustración, se hizo lo que se hizo porque era lo posible, lo que pudiste con lo que portabas, nada más, lo que toca es ver en el aquí y en lo que sigue.

Todo esto viene al caso solamente porque es necesario reconocer que las tormentas cuando son estruendosas causan miedo, clamas porque pasen rápidamente, te quitan el sosiego, estás sin estar, pero, también tienen su lado positivo si ponemos atención en esos cambios que generan en nuestra estructura física y emocional, los cuales son el mejor momento para ir por más en el propósito de desentrañar quienes somos.

Por ahí, en ti, mora tu mejor amiga, tal vez la más loca, la más controversial, la que te hace ruido, a la que no escuchas por irreverente.

Al escribir esto que te comparto, abro de casualidad el blog de Amparo Millán coaching personal y encuentro la manera perfecta de cerrar el texto con un párrafo de su poema “La extraña que habita en mí”:

Lástima que por dudas y por falta de valentía

Esa extraña que susurra dentro de mí no pueda ser una amiga querida,

Siempre presente en mi mundo.

Ese tipo de amiga jovial y sorprendente.

Al que uno abre la puerta, con la mirada expectante

Y le pregunta: Bueno, ¿y qué me traes hoy?

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