Ecofascismo
Ciencia

Ecofascismo

Detrás del ecologismo extremo

Ilustración de portada por: Andrea Yáñez Hutter

Podría sonar extraña la relación entre ideales que parecen dispares, como lo es el fascismo y la ecología, pero la realidad es bastante compleja. El ecologismo extremo, visto desde la perspectiva de algunas clases sociales, podría ser preocupante.

El ecofascismo es un término que habla de posturas ecologistas que han llegado al extremo de denostar el bienestar de las personas, como si no hubiera posibilidad de desarrollo humano en equilibrio con el funcionamiento del planeta.

LA SIMPLIFICACIÓN DE UN PROBLEMA GLOBAL

La postura que defiende al planeta señalando el daño que la humanidad le ha hecho tiene bastante razón. Sin embargo no presenta una solución adecuada. Es cierto que es demasiado tarde para frenar el daño del Antropoceno (época geológica caracterizada por el impacto del hombre sobre la Tierra), pero la razón por la que se espera revertir parte de ese daño es, de hecho, la supervivencia de la humanidad misma y el cuidado de su calidad de vida.

El ecofascismo no es una postura fácil de definir y es un tema amplio para su debate e investigación. Para delimitarlo, se puede entender como una serie de postulados que en su faceta más extrema proponen la regulación autoritaria de la población en favor del cuidado medioambiental, siendo que de esta forma se afectaría a personas comunes que no forman parte del gran impacto que causan las industrias en los ecosistemas. Lo anterior según el doctor César Pineda, sociólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La divulgadora y fundadora de la comunidad Black Geographers, Francisca Rockey, también habla de la superpoblación como un mito por medio del cual se señala erróneamente a la cantidad de habitantes en el planeta por los daños ocasionados. Bajo la lógica del ecofascismo, los recursos naturales son insuficientes para abastecer a la población mundial; sin embargo, claramente el problema es la repartición desigual de los mismos.

No se trata, pues, de equiparar esta postura de manera simplista o arbitraria con el fascismo, como se hace comúnmente en las discusiones de redes sociales con cualquier idea con la que no se comulga.

Es un término que establece, desde la sociología, que existe un parecido preocupante entre las ideas fascistas y algunas tendencias ecologistas; aunque no haya, por supuesto, consecuencias extremas al respecto (como segregación, discriminación o clasismo).

Se trata de un ecologismo poco fincado en la realidad, que ofrece soluciones sencillas al asunto medioambiental, dejando de lado el bienestar de las personas. Incluso cae en la simple misantropía, denotando aires de superioridad moral, más que centrarse en propuestas realistas.

"Sé consciente de que nosotros somos el virus". Este tipo de mensajes proliferó en redes sociales con la pandemia por COVID-19. Foto: Youtube

UNA VISIÓN MARGINADORA

Cuando se sostienen este tipo de argumentos sobre el control poblacional, se está culpando a la parte más numerosa y vulnerable de las sociedades, misma que en realidad tiene un impacto ambiental menor que el 1 por ciento más rico de la población que, señala Pineda, emite el doble del dióxido de carbono que la mitad más pobre.

El ecofascismo tiene sus raíces en la ideología nacionalsocialista. A principios del siglo XX, el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, que poseía estas tendencias políticas, introdujo el concepto de lebensraum (traducido como “espacio vital”), influido por el naturalismo y biologicismo de la época.

Mediante esta idea representaba el sistema ecológico en el que podía florecer una civilización y, por supuesto, sus necesidades de expansión. Según la web The Wire Science, este tipo de ideas sustentan una discriminación, consciente o inconsciente, hacia las personas que utilizan los recursos del planeta.

Los ecofascistas mantienen ideales que no se centran en la realidad, cayendo de forma sutil en la creencia de que el daño ambiental es producto de las poblaciones desplazadas, especialmente de grupos minoritarios. Estas ideas conservadoras se vuelcan a la defensa de los derechos (privilegios, en realidad) de una clase social sobre el medio ambiente y sus riquezas, ignorando la precarización y sosteniendo la idea de que la riqueza genera más riqueza. Pero esta acumulación voraz de riqueza genera un ambiente de explotación en que los recursos no se dividen equitativamente.

Si bien un gran número de conservadores de extrema derecha niega el cambio climático, los ecofascistas lo reconocen, pero promueven soluciones xenófobas y raciales. Sin embargo, no se trata tanto de grupos extremistas en sí, sino que estos ideales, por descabellado que parezca, son defendidos por grupos que nos parecerían bastante apartados del extremismo.

Las mismas ficciones a las que estamos acostumbrados muestran a un villano con el que se puede empatizar y que defiende la destrucción de la mitad de la población mundial. La idea de que la humanidad es el verdadero virus que aqueja al planeta, no es más que una extrapolación de ideas que señalan al colectivo entero, cuando los responsables del mayor daño ambiental son, más bien, las clases dominantes.

Una postura ecofascista no concibe la posibilidad de que la humanidad pueda coexistir en equilibrio con su entorno. Foto: redangostura.org.ve

MISANTROPÍA Y COMODIDAD

No se trata únicamente de que un villano represente una problemática tan compleja. De hecho, como ya se mencionó, estas ideas pueden presentarse de forma bastante natural y no verse relacionadas con el ecofascismo.

Se trata muchas veces de un problema visto desde una lente en la que falta un análisis más crítico de la situación global. Se ofrece una solución sencilla (reducir la población), aunque poco realista, al tomar a la humanidad entera como un chivo expiatorio, ofreciendo así una respuesta por medio de la cual la persona puede sentirse más tranquila respecto al problema ambiental.

Pero el autor estadounidense Charles Eisenstein ha admitido que la superpoblación "juega con una narrativa colonialista de que las masas fecundas del sur global son las culpables de la crisis ambiental". Es decir, las personas en países económicamente desarrollados albergan una amnesia histórica, culpando a las naciones en desarrollo y las prácticas de sus pueblos.

Nayantara Sheoran Appleton, de la Universidad Victoria de Wellington, por su parte, escribió para The Wire Science, que estos ideales se transfieren a las élites políticas y devienen en decisiones reales.

La defensa de una baja natalidad, en este sentido, está muy anclada a la reducción de la huella medioambiental, pero haciendo responsable a la población en general por igual. Un ejemplo de lo anterior está en que el primer ministro de India, Narendra Modi, en su discurso del Día de la Independencia de 2020, dijo que las familias pequeñas son más "patriotas".

Algunos de los comentarios que aparecieron al margen de la pandemia por COVID-19, fueron: “la humanidad es el virus, el coronavirus es la cura”, o “venganza de la naturaleza en contra de la humanidad”, ideas que están íntimamente relacionadas con el ecofascismo.

Si bien es cierto que la huella medioambiental es provocado por la actividad humana, es posible admitir que es el sistema por el que se rige, lo que la lleva a sobreexplotar y contaminar el planeta.

La baja en la actividad humana durante el inicio de la pandemia, significó una baja en las emisiones de dióxido de carbono en China, las cuales cayeron en torno a un 25 por ciento, según un estudio de la revista especializada Carbon Brief. En España, imágenes del satélite Copernicus reflejan una reducción de las emisiones de efecto invernadero de hasta el 83 por ciento en el caso de Barcelona, del 73 por ciento en Madrid y del 64 por ciento en Valencia. Estos efectos surgieron derivados del decremento en la actividad del sistema actual basado en el consumismo y la explotación de recursos, y no de una reducción en la población.

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