Lenguaje inclusivo
Reportaje

Lenguaje inclusivo

La deconstrucción de la normativa lingüística

En la conferencia por parte de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (EHAH) en el 2020, le cuestionaron al lingüista Noam Chomsky: “¿qué piensa sobre los pronombres de género neutro para persona y el lenguaje inclusivo?”. El doctor contestó: “Depende de cómo se sienta la gente al respecto, no hay nada correcto o incorrecto. Hubo un tiempo en el que, no hace muchos años atrás, crecí y durante toda mi vida la forma normal de referirse a los afroamericanos era nigger (una forma peyorativa de decir negro). Ahora ni siquiera puedes decir la palabra. Ni siquiera puedes referirte al hecho de que la gente alguna vez la usó. Hay personas que piensan que no deberíamos usar he (él) como pronombre neutro. De acuerdo, entonces usemos otra palabra. Las sensibilidades de las personas deben tomarse en cuenta”.

Sus palabras tuvieron un auge increíble y abrió de nuevo la herida. El debate continúa más allá de la respuesta del especialista. Él hacía referencia a la situación de su lengua materna (inglés), donde se propone el uso de they (tercera persona del plural) como una opción para emplear el lenguaje incluyente. El idioma español no es la excepción. Es un tema complejo debido a la naturaleza propia de esta lengua. En este caso, se cuestiona el uso del género masculino como ‘no marcado’ y con ello, la yuxtaposición de las mujeres y las diversidades de género como parte de una hegemonía patriarcal, en vez de ser vistos como individuos.

Foto: infobae.com

El mundo posmoderno sigue en la búsqueda de una deconstrucción, y en esa misma averiguación se han formado ‘bandos’: aquellos a favor y aquellos en contra del lenguaje inclusivo. Ambos tienen argumentos con el fin de fundamentar sus posturas. Aunque ambas premisas son contrarias, existe una cualidad unificadora en sus partidarios: un instrumento ideológico similar entre sus allegados, ya sea desde la perspectiva política, social, antropológica, emocional o purista. La lengua es una entidad viva. Una definición reduccionista es verla como un mero instrumento comunicativo, pero su existencia se nutre de todos los aspectos humanos mencionados, sean negativos o positivos, contraproducentes o beneficiosos.

Los componentes del lenguaje están en constante evolución. Es un tema vasto y complejo. Todas sus manifestaciones son como un iceberg mayúsculo donde existe un ‘profundo más allá’. Reducir la situación a meros estigmas de cualquier tipo ideológico es negar parte del menester humano: darle nombre a su propio universo. Es conveniente preguntarse, ¿qué ocurre con las exigencias de un mundo donde ya no alcanzan las palabras para clasificar lo nuevo y, a su vez, cuestionar lo viejo?

Foto: Medium

LO MASCULINO NO ES LA MEDIDA DE TODAS LAS COSAS

El lenguaje inclusivo, también conocido como lenguaje no sexista o incluyente, no es una cuestión nueva. Los primeros registros de un desdoblamiento, tanto masculino como femenino, se encuentran en textos antiguos como el Cantar del Mío Cid, donde se puede recitar burgueses et burguesas. El uso de ese recurso era para acentuar la intención del poema. Es hasta la década de los setenta cuando se comienza a cuestionar de manera profunda el lenguaje. Los movimientos feministas ya venían planteando esa discusión desde una década atrás. Conceptos como el androcentrismo impuesto en el lenguaje, así como el sexismo en la lengua, comenzaron a ser temas visualizados y analizados desde posturas críticas. Algunos ejemplos de ello podrían ser las frases “El hombre ha creado…” en vez de “El humano ha creado...”, donde se visualiza al sexo masculino como el centro pragmático de toda la raza humana y en donde se incluye a la mujer no como una entidad diferente, sino como parte de él.

Décadas más tarde ya no sólo se cuestionaba el lenguaje desde una postura androcentrista, sino también hegemónica y binaria. Al hablar de binario, se hace referencia al reconocimiento de dos géneros (masculino y femenino) como parte de la composición sexual integral del ser humano. Movimientos teóricos y humanistas como la teoría queer, plantean diversificaciones dentro de esa visión. Por esos motivos, hasta nuestros días, se sigue debatiendo sobre la influencia del machismo dentro del lenguaje. Según la teórica Judith Butler, el género es performativo. Es decir, es una construcción naturalizada desde la hegemonía, o sea, una visión concebida sólo como heterosexual. Lo que no se encuentre dentro de ese rango, queda excluido.

La situación se ha ido cuestionando con argumentos y con puntos de vista desde lo lingüístico, lo social y lo antropológico. Por ejemplo, en México, especialistas como Leticia Villaseñor Roca, realizan estudios sobre la cuestión. Ella concluye que el género no marcado, en vez de incluir, así como se plantea, es más una extensión del masculino; es decir, que el femenino es una extensión del masculino, por lo tanto, queda subordinado al macho. El hecho de creer que todo procede del género masculino implica una invisibilidad a otras comunidades.

Foto: NPR

Mercedes Bengochea, lingüista española y una de las principales exponentes del uso del lenguaje no sexista en la academia, postula la importancia de una educación no sexista en la lengua. Sostiene que el lenguaje es una institución humana, es decir, un reflejo de la sociedad y, por lo tanto, implica el arrastre de un sistema patriarcal que se ha ido formando durante siglos. El hecho representa consecuencias sociales en las mujeres y en los grupos minoritarios. El lenguaje no sexista es una reafirmación de la identidad. La consecuencia de no utilizarlo es la eliminación del imaginario de lo que implica ‘ser mujer’. Es decir, las expulsa del discurso hegemónico al asumir que ellas se encuentran dentro de la esfera e identidad masculina, cuando la realidad no es así. Si no se encuentra en el discurso, no existe. Según esta postura, cada vez que se hace mención del masculino, las mujeres deben de cuestionarse si se encuentran incluidas o no dentro de ese discurso.

A lo largo del siglo XXI, principalmente, se han ido popularizando diferentes formas de tratar de incluir a cualquier persona en los discursos. Algunos recursos son cambiar ciertas expresiones. En vez de decir “los ciudadanos”, decir “la ciudadanía”. Otro ejemplo es la implementación de “@” para designar ambigüedad. Sin embargo, al tratarse de un caracter sin pronunciación fonética y remitir al uso de la “a” y la “o” en cuanto a la lengua española, no es muy bien aceptado dentro del lenguaje inclusivo debido al binarismo que plantea. Otra opción es la implementación de la “x” para hacer referencias a grupos diversificados. La parte contraproducente es el carácter fonético del término, el cual hace difícil de comprender y pronunciar los registros orales y escritos de la lengua. Situación similar ocurre con el uso de un asterisco (*) para las comunidades intersex. Una de las formas más utilizadas es el uso de la “e” en vez de la “x”, por ejemplo “les ciudadanes” en vez de decir “los ciudadanos”. Otra posibilidad es el desdoblamiento de ambos géneros, como “las y los mexicanos” en contraparte con la frase “los mexicanos”.

ESTÁ MAL PORQUE SEGÚN LA RAE...

Los diccionarios son instrumentos que tratan de recopilar el uso de las palabras y los significados que le dan sus hablantes. Tomar como autoridad un documento regulador de la lengua, como una especie de ‘policía del lenguaje’, es un acto causante de malentendidos y usos del lenguaje para discriminar a un grupo de personas por no pertenecer o no usar ‘la norma’. Ignacio Bosque, lingüista de nacionalidad española, desglosa el concepto de la norma lingüística desde la raíz.

Primero establece una noción sobre lo que son las normas en general, describiéndolas como reglas, mandatos o convenciones simples que regulan el comportamiento y la convivencia humana. Destaca la situación de los agentes de la lengua que son considerados como autoridad (por ejemplo, La Real Academia Española), sin embargo, éstos no pueden legislar el uso de la lengua, sino mostrar opciones consideradas sociolingüísticamente objetivas.

Foto: elgatoylacaja.com

Por desgracia, la objetividad no es una realidad por completo. Por ejemplo, el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) no tiene en su registro muchas palabras provenientes de América Latina. El hecho no es sólo por una cuestión política, también es un aspecto geográfico. Sin embargo, no porque el diccionario no lleve el registro de una palabra, implica que ésta no exista o su uso deba ser considerado incorrecto. En México, uno de los proyectos que trata de reunir el habla mexicana es el Diccionario del Español de México (DEM), y su uso o fundamentación no se considera una fuente no confiable. El mismo caso ocurre con el lenguaje inclusivo. Existe, pero su uso no es cotidiano y en muchas ocasiones genera rechazo.

El cambio origina otras lenguas. El propio español surgió del latín vulgar, mejor conocido como el latín del pueblo, coloquial y popular. En teoría, tiene su origen en el ‘mal uso’ del latín, un registro oral que se adaptó de acuerdo a las necesidades de un grupo social sin la intervención de una entidad que lo regulara. En contraposición con el latín vulgar, se encuentra el latín culto, aquel que sólo era usado para la escritura y sólo era hablado entre los eruditos de la época, como los escribas, las cabeceras religiosas, los nobles, etcétera. Debido a esta distinción, no se tienen registros de cómo se hablaba en particular el latín vulgar, ya que el pueblo no era instruido en la escritura.

El primer documento para unificar el español fue Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija, publicado en 1492. Tenía un fin meramente político. En aquel entonces, España se encontraba en el periodo de la Reconquista, y era necesario unificar a los pueblos. Un buen instrumento de dominación era la lengua. Desde entonces surgieron los términos español y castellano. En sí, el castellano es la variante del español que proviene de Castilla, misma que fue instaurada como lengua oficial. Gramática de la lengua castellana tenía un fin preescriptivista, es decir, trataba de inculcar el buen uso del español como un instrumento político. Educar desde una esfera de poder.

UNIVERSO DE LA LENGUA

Pero el lenguaje no tiene un ‘hablar bien’ o un ‘hablar mal’ de acuerdo a su uso. La lengua es un hecho más complejo donde se relaciona la cultura y sus registros. Aunque las palabras se utilicen como sinónimos, los conceptos ‘lengua’ y ‘lenguaje’, desde el enfoque lingüístico, no hacen referencia al mismo concepto. A pesar de ello, ambos términos se relacionan con puntos de vista tanto individuales como sociales que van desde lo cultural hasta los aspectos biológicos o congénitos. Ferdinand de Saussure delimita el significado de lenguaje y lo define como un sistema con múltiples formas, el cual tiene tres dominios: el físico, el psicológico y el fisiológico, los cuales pueden ser sociales o individuales. En cuanto a la lengua, la conceptualiza como “un producto social de la facultad del lenguaje”.

Tiempo después, Chomsky visualiza a la lengua como un reflejo individual del lenguaje. Ambos teóricos coinciden en el estudio de los conceptos de individual y colectividad: el lenguaje sería el aspecto social, y la lengua, el individual. Por lo tanto, es innegable una relación entre el lenguaje y la cultura.

La lingüística cataloga a la lengua en cinco niveles. El primero es el nivel fonético-fonológico, o la representación sonora (fonemas). El segundo, el morfosintáctico, conforma las estructuras y las formas de las palabras. Dentro de la morfología se determinan clasificaciones de las mismas a través del análisis de morfológicas como raíz o flexión. Por su parte, la sintaxis se encarga de estudiar el modo o la jerarquización de elementos dentro de una línea de mensaje. El tercero es el aspecto léxico, o mejor dicho, lo que compete al vocabulario. El cuarto, semántico, por hablar de forma reducida, es el estudio del significado de las palabras. Por último, el nivel pragmático es aquel que estudia las relaciones de significaciones vinculadas con el uso de la lengua. Se toma en cuenta al emisor para poder determinar el significado, ello implica que el signo no sea suficiente para determinar el significado completo. Se necesita apelar al contexto para poder comprenderlo.

La lengua también tiene registros. El oral, como su nombre lo dice, es aquel que sólo permanece en el habla; y el escrito, unido con la manifestación del lenguaje, es decir, la escritura. Ambos registros no deben confundirse entre sí y tampoco siguen la misma normativa. No es lo mismo hablar que escribir. Ambas exposiciones siguen usos diferentes determinados por sus hablantes. Las diferencias dependen de muchos factores, como la cultura, el sexo, el nivel socioeconómico, la comunidad de habla, etcétera.

Humboldt visualizaba al lenguaje por medio de una connotación filosófica y antropológica. Según su postura, éste era el espíritu de un pueblo, la reunificación del pensamiento con la cosmovisión de la colectividad. En México, el lingüista Luis Fernando Lara postula una triada entre la lengua, la cultura y el pensamiento, y delimita estos conceptos con una relación entre la experiencia y las emociones o recuerdos de un individuo. Las palabras son aquellas que componen una lengua, y a su vez la visión y percepción del mundo de un hablante.

El teórico remite a una internalización de la idea de lengua. Explica que las diferentes comunidades lingüísticas tienden a identificar las características de su propio lenguaje. De esa manera, se distinguen los elementos únicos de su lengua, los cuales caracterizan su lenguaje de entre los otros. Este fenómeno, llamado ‘lengua histórica’, aunque sea de naturaleza propiamente lingüística, tiene un carácter más que nada social y simbólico. La idea tiene dos directrices: la valoración de las tradiciones verbales y el futuro de la conservación de la misma, es decir, la conservación de la normatividad de esa lengua. De ahí surgen las incógnitas del ‘deber ser’. De ahí viene lo que se dice coloquialmente como ‘hablar bien’, una cuestión de prestigio, valor que se sigue cuestionando. Las posturas no pertenecen a un estado habitual de la lengua. La norma aparece cuando se orienta a usar la lengua misma acorde a las valoraciones de esa idea.

Foto: soyunachicamala.wordpress.com

LA LENGUA ES UN PUENTE, NO UNA MURALLA

Los juicios de valor proceden de visiones propias de la época. El hablante es quien debe determinar los usos de la lengua, así como ahora se está dictaminando. El lenguaje inclusivo no necesita un reconocimiento por parte de los diccionarios porque su sustento se puede valer por sí mismo y los hablantes tienen la opción de utilizarlo o no. Un ejemplo son los manuales o guías del uso del lenguaje inclusivo. Uno de los más conocidos en el país fue elaborado en el 2009 por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). El documento titulado 10 recomendaciones para el uso no sexista del lenguaje hace una propuesta de cambio de paradigma, más que una apuesta al desdoblamiento de palabras. Así como existe en México, Bengochea en España propuso la Guía para la revisión del lenguaje desde la perspectiva de género.

Las instituciones educativas tienen la obligación de enseñar a sus alumnos el uso normativo de la lengua. Sin embargo, la normatividad implica más una cuestión de la manifestación del lenguaje y concordancia en comparación con el registro oral. Aún existe la polémica en torno al ‘deber ser’ en el lenguaje por parte de ambas posturas. Quienes abogan por una enseñanza del lenguaje inclusivo apuestan por una nueva normativa del uso del español, al igual que quienes están en contra de él.

El prestigio de la lengua, lo que es considerado como ‘correcto’ o ‘incorrecto’, no es una forma de reivindicar las diversidades íntegras del ser humano. El lenguaje no debe ser un arma para discriminar a un grupo social e invisibilizarlo. Tampoco debe imponerse desde una postura de poder. La vivacidad de la lengua consiste en el quiebre constante, no en una etiqueta fija. Es un error pensar que ese ‘prestigio’ debe encontrarse en todas partes, más un error suponer que no hacer uso de un habla determinada, es sinónimo de ignorancia o de tener una postura política determinada. Por desgracia, muchas veces se confunde el prestigio con el juicio. El lenguaje cumple con su función: comunicar y transmitir lo que nos rodea en el mundo, cómo construimos nuestro imaginario en lengua española.

El diccionario no debe tener la función de policía del lenguaje. Es un error suponer que existe un español puro. Sólo existe un español con sus diversas variaciones de acuerdo a la región donde se habla. La RAE no es absoluta, tampoco lo es el DEM o sus posibles variantes. El uso del lenguaje inclusivo, al menos en lo que compete a la lengua española, será una especie de sortilegio de accesibilidad, suerte y practicidad. Si parte de la sociedad comienza a visualizarlo, será necesario y perdurará. De no ser así, con las nuevas generaciones llegará otra deconstrucción. Tomar en cuenta la susceptibilidad de ambas posturas es un avance a una mejor comprensión del otro y por ende, una visualización de las entidades sociales más allá del discurso hegemónico. La ventaja: la libre elección del hablante. Todavía quedan siglos del habla hispana; quizá en un futuro, así como ocurrió con el latín, evolucionará en otras manifestaciones lingüísticas. Es un ciclo. La lengua, así como el alma y la inteligencia humana, es sabia. Sigue siendo una entidad viva y latente.

Comentarios