Llamadme Chismael
Nuestro mundo

Llamadme Chismael

Nuestro Mundo

Nunca escribí por vocación ni por necesidad. Tampoco me interesaba convertirme en escritor ni publicar. Mucho menos pretendí atender a un autor para convertirme en su reseñista. Más bien fue una suma de casualidades las que me condujeron a la escritura. Desde una edad temprana me enganché con la autoficción, pues cuando cursaba la primaria inventaba sucesos para cambiar el rumbo de algún hecho. Cuando me veía a punto de perder, me aferraba a la mentira para abrirme camino. Mentía como deporte. Y lo practicaba con disciplina. Sin empacho. Así que mentí para lograr mis propósitos.

El chisme vino después. Y en esa novela tuve el papel protagónico. Me llamaba Chismael. Pudo haber sido mi personaje más conmovedor. El niño que se salía con la suya mientras inventaba cosas que involucrarían a los demás. Jamás a él. Y la culpa nunca sería parte del cuento. El chisme se convertiría en parte de mis relatos hasta el punto que confundía los hechos con la realidad. No es que haya pretendido explorar el autobiografismo, más bien el choro era ya parte de mi existencia. Cuando estuve a punto de ahogarme, el chisme fue un salvavidas. Y la mentira fue mi mayor verdad.

Empleaba el chisme para contar lo que nadie se atrevía a decir, mientras que cuando decía la verdad no era más que una simulación. Así de claro era el panorama. Y no siempre lo hacía en secreto, sino con descaro. Otras veces era mediante mensajes anónimos. Y procuraba no usar la voz del niño, no eran mis chismes lo que leían los adultos. Eran ellos quienes amplificaban chismes de niños. Los distorsionaban y yo reía cuando lograba el efecto deseado. Conseguí pues que me dijeran pillo. Una palabra salida de la boca de un lector. Nadie más habría sugerido tal calificativo. Seguí a carcajadas pero con precaución. Me llamaban Ismael... Ismael... Chismael.

Cuando alguien recuerda su infancia a través de la anécdota, como pretendo hacer aquí, se es consciente de que las palabras no son reflejo de la verdad sino un distorsionador. No se escucha la voz del niño, no se ve su rostro. Es el adulto quien modifica sus recuerdos, los mezcla, los altera para conseguir que produzcan cierta impresión en alguien. Aunque sea en uno mismo. Por eso la ficción es más fiable y cómoda que la autobiografía, en ella se puede alcanzar el descaro sin asumir la culpa de algún hecho. A pesar de haber escrito varias veces del asunto, no dejo de pensar que de no haber pasado por un centro de integración, sería poco probable que me hubiera interesado la escritura.

Nunca tuve una inquietud por las letras y tenía una formación lectora endeble, pero si algo debía hacer durante mis pasos por el centro era escribir. Así que escribía. Quizá por eso llamé la atención de uno de los consejeros, quien formaría un círculo de escritura y lectura. Le asignaron entonces un taller para el centro con apoyo de la entonces Dirección de Atención a la Juventud. Fue ahí donde imité con fervor a Bukowski. Era pues un adicto lector. Un escritor adicto.

Durante los años siguientes escribiría sobre temas de encierro y adicción. Un par de semanarios y revistas publicarían mis incipientes lamentos, alegatos y opiniones. Y en alguna de esas entregas lanzaría mis primeras reseñas. Pero nunca quise convertirme en escritor. Más bien obedecía a un vulgar ímpetu que me permitía desahogarme de tanta ansiedad. Catarsis pura y dura. En una ocasión incursioné en eso que hace años se denominó blogósfera. El mundillo de los blogs o bitácoras. Sitio perfecto para un infeliz continuamente ansioso por ser atendido. La escritura también es una forma de adicción.

Desde ese impulso apareció mi blog Chilango de Duranyork. Un espacio donde publicaba comentarios sobre noticias y sucesos locales con aliento ácido. Una combinación de humor negro y sátira que atraía los ánimos de otros blogueros. Y en esa bitácora publiqué también mi poesía. Nada importante, por supuesto. Años después, ese espacio me generó lectores. Algunos de ellos también escribían en sus blogs y hacían revistas o fanzines para dar a conocer sus escritos. Esa bitácora me permitió conocer a varios escritores de mi generación. Quizá ese fue el logro más importante que alcancé, haberme rodeado de un par de autores que al día de hoy han publicado ya obras sustanciales para la literatura mexicana.

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