Matamos a nuestros héroes
Opinión

Matamos a nuestros héroes

La historia es la mentira encuadernada

Jardiel Poncela

Desde la verdad oficial es difícil acercarse a la verdad histórica. Ese cura que ondea vigorosamente nuestra bandera en las portadas de los libros de texto, perfecta imagen de “Padre de la patria”, es ideal para enaltecer nuestra idea del héroe nacional, y darle un sentido a las campanadas del 15 de septiembre.

Las luces, el confeti y el grito emocionado: VIVA MÉXICO CABRONES. Puro circo sin pan, destinado a la gente que necesita sentirse patriota por un día. Resulta incómodo aceptar que si bien Don Miguel Hidalgo, fue uno de los mejores ideólogos de su diócesis, hombre de pensamiento libre, creativo y brillante, también incomodaba a los más rígidos conservadores.

Había muchos Hidalgos en Hidalgo. Acerquémonos un poco al personaje real. A principios del siglo XIX, el Santo Tribunal de la Inquisición recibió denuncias contra el cura Hidalgo, que oficiaba entonces en la parroquia de San Felipe Torres Mochas, cercana a las haciendas de su propiedad: Santa Rosa, San Nicolás y parte de Jaripeo. El cura incurría en conductas extravagantes. Era jugador, libre en el trato con mujeres y dado a la continua diversión. Aun así, el problema no era tanto lo que hacía sino lo que pensaba.

Entre los muchos cargos que se le hacían estaba el de negar el infierno: “No creas eso Manuelita, esas son soflamas” –confesó haberle oído una amiga. Sostenía festivamente (en el confesionario) que “la fornicación no es pecado”. Iluso, soñador. Hidalgo compartió con su gente este bello sueño: “Haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestro país y a la vuelta de pocos años, disfrutarán sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente”.

Su aspecto paternal se manifestaba en el trato con los indios, sabia su idioma y les enseñaba artes y oficios. En su caso particular, había también razones menos ideales en su reivindicación: la brutal extracción fiscal por parte de la Corona, que lo había puesto al borde de la ruina y amenazaba con el embargo y remate de sus haciendas. Aunque no están tan claros los detalles del Grito, que según su propia confesión dio en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, se sabe de cierto que tomó el pendón de la Virgen y sin estrategia alguna, al grito de “Viva Fernando VII, muera el mal gobierno”, sancionó el saqueo de casas y haciendas.  Así empezó una carrera meteórica y sangrienta, que culminaría en Guadalajara, donde durante unos meses, se hizo tratar como soberano. Vivía rodeado de guardias, andaba del brazo de una joven hermosa, y había consentido en que se le diese el título de Alteza Serenísima.  El festín duró hasta que las fuerzas realistas derrotaron a las desordenadas huestes de Hidalgo, y lo empujaron hacia Saltillo, donde fue apresado. Sólo nueve meses de gloria para terminar arrepentido: “de haber profesado ideas de las que abjuro, detesto y retracto, tengo ya confesado haber sido ellas contrarias a la moral de Jesucristo, lo que lloro con amargura…” De nada sirvió confesión y arrepentimiento.

El cura Hidalgo fue ejecutado el 30 de julio de 1811. Contra su última voluntad, y con extrema crueldad, su cabeza fue cortada y exhibida para escarmiento del pueblo, junto con las de sus más cercanos compañeros de armas: Aldama, Allende y Jiménez. 

Colocadas en jaulas, a los cuatro costados de la alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, las cabezas permanecieron ahí diez años. El Grito fundacional, ha sido también un llamado justificatorio a la crueldad y la intolerancia. La terrible convicción puesta en práctica una y otra vez, de que sólo la violencia redime.

Recordar es doloroso y políticamente incorrecto, aunque vale la pena echarle un vistazo a la historia, ahora que el próximo 24 de agosto celebraremos los doscientos años de Los Tratados de Córdoba en los que sólo once años después del Grito que encendió a llama, se firmó La Independencia.

Comentarios