Hambre y canibalismo en el cerco de Tenochtitlan
Nuestro mundo

Hambre y canibalismo en el cerco de Tenochtitlan

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El cerco con que sitiaron los europeos y sus aliados indígenas a Tenochtitlan-Tlatelolco y que terminó con el imperio mexica, la destrucción de la metrópoli y la muerte de miles de sus habitantes y guerreros defensores duró 75 días. Hernán Cortés puntualiza las fechas clave: “[…] desde el día que se puso cerco a la ciudad, que fue a 30 de mayo del dicho año [de 1521], hasta que se ganó [el 13 de agosto], pasaron setenta y cinco días […]”.

La sitiada Tenochtitlan-Tlatelolco fue durante ese lapso escenario de batallas, escaramuzas, hechos crueles, reflexiones acerca de la belicosidad, agravios verbales, estoicismo, destrucción y muertes de víctimas indistintas. En esos 75 días sin agua para beber ni comida los sitiados mexicas padecen junto con la guerra la insatisfacción de necesidades elementales como son el hambre y la sed.

El propio Hernán Cortés, en su tercera carta de relación escribe unas patéticas líneas sobre el padecimiento del hambre por los mexicas sitiados y siempre habrá que recordar que las víctimas del cerco no sólo eran los guerreros, sino junto a ellos padecían niños, mujeres y ancianos. En fin, Cortés escribe en su carta del 15 de mayo de 1521 que los deja de combatir por “la grandísima hambre que entre ellos había, y que por las calles hallábamos roídas las raíces y cortezas de los árboles […]”.

Del otro lado, los conquistadores y sus aliados tenían a su disposición todo lo que se pudiera ingerir proporcionado por la vastedad de la tierra y los lagos y aun tributos acarreados de lugares lejanos. Además se podían surtir de un manjar que surgía como despojo de la guerra: la carne humana. En las Cartas de relación, de Cortés, los tlaxcaltecas y demás aliados se revelan como gozosos consumidores de la carne de sus enemigos. (Advirtamos que también los mexicas comían la carne humana, aunque en los ritos dedicados a sus divinidades.)

El capitán europeo escribe que “los de Tesuico y Calco y Suchimilco y los otumíes”, y por supuesto los tlaxcaltecas, “ellos y los otros les mostraban los de su ciudad [Tenochtitlan-Tlatelolco] hechos pedazos, diciéndoles que los habían de cenar aquella noche y almorzar otro día, como de hecho lo hacían”. Así pues, digamos con humor negro que los aliados indígenas se abastecían con cortes diversos de carne humana para sus parrillas y trompos. Ya llevaban los trozos.

El verano de 1521 fue pródigo en despojos comestibles para los guerreros autóctonos compañeros de Cortés. Relata que en una ocasión en que los mexicas “traían tanto furor, que a las ancas de los caballos les venían dando”, claro, porque los conquistadores retrocedían, entra a auxiliarlos y entonces mataron más de 500 mexicas, “todos los más principales y esforzados y valientes hombres; y aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos, porque todos los que se mataron, tomaron, y llevaron hechos piezas para comer”. O sea que el sibaritismo autóctono encontraba satisfacción con frecuencia.

El hambre era arma importante de los conquistadores durante el cerco. Cortés se detiene a contar que dos mexicas se les habían infiltrado una noche. Los sitiados estaban “que se morían de hambre, que salían de noche a pescar por entre las casas de la ciudad, y andaban por la parte que de ella les teníamos ganada buscando la leña e hierbas y raíces que comer”.

En cambio, los aliados de gusto gourmet se abastecían con abundancia de carne humana. Después de una batalla en que presos y muertos pasaron de 800 tenochcas-tlatelolcas, escribe Cortés, “nos volvimos a nuestro real [asentamiento] con harta presa y manjar para nuestros amigos”. El verano de la caída de Tenochtitlan-Tlatelolco el hambre y la sed fueron poderosas armas con que los abatieron los conquistadores y a la vez fue temporada opima para los aliados.

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