Fobia al dolor
Reportaje

Fobia al dolor

La búsqueda de una anestesia definitiva

Estamos en una clase común con las bestias; toda acción de la vida animal se ocupa de buscar el placer corporal y evitar el dolor

San Agustín.

El castigo, la tortura, la guerra, la desposesión, la marginalidad, los campos de concentración; las variantes del dolor se han utilizado como control social o, en un campo completamente diferente, como el elemento que da sentido a la creación artística o a una ideología.

El dolor es inseparable de la condición humana y de la convivencia entre personas. Cada individuo, sin importar civilización, nación, tiempo o posición social, lo ha experimentado, pero hoy el vínculo con el dolor se torna, tal vez, más problemático que nunca. La lucha por borrarlo o reducirlo es constante y, muchas veces, solo logra aumentarlo.

LA PRODUCCIÓN DEL DOLOR

Responder qué tan acostumbrada está la gente al dolor propio y al de los demás, puede tener una respuesta sencilla o muchas complejas. Es común que no estemos listos para escuchar noticias sobre el dolor ajeno; en muchas ocasiones hacemos caso omiso de ellas, consciente o inconscientemente.

De forma individual, el problema se puede resolver de manera rápida: salir, aunque sea momentáneamente, del cansancio mental que genera recibir información trágica, aunque esta hace visibles temas importantes pero difíciles. Hablando de una sociedad entera que intenta evitar el dolor, la historia se complica, tornándose en un sinfín de monstruos.

Las emociones cambian a través de las épocas y el contexto social. El frenesí medieval es definido como un estado iracundo en que el autocontrol es imposible, y la melancolía como una aflicción física caracterizada por el temor y la postración. Este tipo de emociones no se experimentan de la misma manera actualmente, según la experta del Centro para la Historia de las Emociones, Sarah Chaney.

Entretanto el dolor aparece como experiencia universal, junto con la muerte o el amor, uniendo a individuos de cualquier momento histórico. Con bases fisiológicas más universales e importantes, se mantiene estable en su significado y sus efectos.

Su presencia física es una alarma accionada por el cerebro. Concretamente, mediante la activación del tálamo y los núcleos diencefálicos subtalámicos, así como los centros corticales. Esta señal permite que leamos un estímulo negativo para identificarlo e intentar sobrevivir a él.

El individuo es visto actualmente como una unidad biopsicosocial, es decir, una integración de mente, cuerpo y dimensión social. Las sensaciones mantienen constante comunicación con los estímulos externos e internos. El dolor que se presenta en el cuerpo tiene efectos en la mente; a su vez, las incomodidades que son puramente mentales o emocionales se traducen en dolor físico.

Las emociones negativas o, por llamarlo de alguna manera, “dolor mental”, aparecen en el cerebro como un impacto bastante parecido al del dolor físico. Cuando existe gran intensidad emocional, la corteza cingulada inferior genera una sensación de dolor físico.

La experiencia del dolor, sea de donde provenga, es particular. Cada individuo reacciona de manera diferente ante él y a partir de una diferente sensibilidad, determinada por variaciones culturales, sociales, personales y circunstanciales.

EL IDEAL Y EL CASTIGO

Queremos glorificar la guerra (única higiene del mundo), el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer”. El Manifiesto futurista (1909), escrito por el poeta fascista Filippo Tommaso Marinetti, deja en claro que el dolor puede ser utilizado con muy distintos enfoques, e incluso como ideal del cambio político.

Frente a la consciencia de que el dolor es inevitable, parte de la experiencia vital y universal, surge la posibilidad de darle un lugar protagónico. Esta es la visión que se ha tenido sobre el dolor en aspectos tan importantes de la civilización como el arte o la religión, al menos durante el modernismo y épocas anteriores.

La guerra se visualiza como defensora de la patria, un dolor necesario para alcanzar la comodidad y seguridad de la comunidad de origen. Pero en obras como la película Senderos de Gloria (1957) de Stanley Kubrick, se ve la clara subversión de este ideal con el fin de criticar la entrega total de los individuos en pos de una lucha que los supera, que sirve a los poderosos y que acaba con vidas.

Es recalcable, por ejemplo, que de las múltiples expresiones religiosas, el cristianismo haya perdurado y se convirtiera en la más importante del mundo. Desde los martirios y la pasión de Cristo hasta los sacrificios, la base y centro de la existencia humana desde esta visión, es la del dolor ideal y superior.

Para los miembros de la bohemia artística, caracterizada por vivir períodos de intensos conflictos bélicos, el dolor era parte esencial y soporte de la inspiración artística, lo que sigue siendo hasta nuestros días uno de los mitos más extendidos sobre el arte: que existe únicamente gracias al sufrimiento y al trastorno mental.

El dolor se encontraba en las calles, en la marginalidad y la precariedad, pero en algunos casos el dolor era también provocado por el artista. En La mujer que llora (1937), Picasso representaba el sufrimiento ante la guerra civil española. Sin embargo, la figura se basa en la fotógrafa y pintora Dora Maar, quien había recibido constantes maltratos del español y cuya carrera se vio en sus épocas más turbulentas mientras fue su pareja sentimental.

Otro factor que hace variar la experiencia del dolor es el sentido social que adquiere en cada lugar y época. Aparece como coerción física, pero también como dolor psíquico ante la presión social y el rechazo.

El incumplimiento de las normas sociales no escritas o de las leyes y la administración del poder, tienen como consecuencia el dolor en varias de sus formas. El dolor mental se traduce como culpa, remordimiento, frustración o estrés.

El dolor físico como herramienta de control, ofrece una relación causa-efecto directa para administrar un castigo. La atracción de las personas por el mismo sexo, por ejemplo, tuvo como consecuencia la exhibición de su tortura como espectáculo durante siglos .

El caso de Damiens, recogido por Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975), es el de un condenado por el intento de asesinato del rey de Francia en 1757. Fue torturado y ejecutado de forma pública mediante apertura de heridas y vertimiento de sustancias hirviendo o metales en pleno estado de fusión, además de desmembramiento por medio de la fuerza de cuatro caballos que tiraron de sus extremidades. El procedimiento claramente tuvo el objetivo de provocar el mayor sufrimiento posible.

Tan sólo tres cuartos de siglo después, se aparta de la vista pública a los condenados, se encierran entre muros y se les estipulan jornadas de trabajo para administrar su actividad y evitar la delincuencia.

UNA SOCIEDAD ANESTESIADA

En la actualidad el poder se administra en formas menos excesivas, o por lo menos aquel que se ejerce en el marco de lo legal. El control existe desde un sutil convencimiento de las personas a seguir las leyes para obtener un bien mayor.

Las sociedades que tuvieron mayor avance (gracias a la dominación de otras), aplazaron la muerte. La medicina moderna y sus avances llevados a todo el mundo, enfrentaron enfermedades e incluso se erradicaron casi por completo algunas.

El temor a la muerte disminuye entre los más privilegiados y dejó de constituir el eje de sus decisiones y acciones (por lo menos aparentemente). Ha aumentado la esperanza de vida, mientras que los cambios científicos y tecnológicos hacen posible ofrecer cada vez más comodidades.

Si bien en la antigüedad se utilizaban el opio, la mandrágora y el beleño, o el frío y el alcohol en procedimientos quirúrgicos, la primera anestesia con propiedades más eficaces se atribuyó al dentista Horace Wells hasta 1844.

Se pasó, por decirlo de forma sencilla, de un extremo al otro: de la pedestalización del dolor a su negación. Antes no era posible hacer frente al dolor y, en consecuencia, se convirtió en un motivo para crear y perseguir objetivos con base en su superación. Los avances científicos, uno más impresionante que el otro, hacen crecer una confianza sin medida en esa superación.

La evolución en la medicina es producto de la difusión de conocimientos en prácticamente todas las sociedades occidentales, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Lo que en palabras llanas, y si se quiere simplistas, significaría erradicar el dolor.

Este objetivo está en todo avance científico y tecnológico sin que lo notemos, como una especie de regla implícita que impacta tanto a los trabajadores de la ciencia como a la población misma. Las incomodidades, el dolor, el sufrimiento y la muerte, son vistos como ruidos que interrumpen la experiencia vital: se convirtieron en males que deben ser desplazados de la realidad cotidiana y, más aún, del funcionamiento social.

El sociólogo y antropólogo David Le Breton señala que el dolor es visto como un estorbo, y la fantasía de su supresión total está presente en la medicina actual; siendo que, desde su perspectiva, el logro de esta meta genera una indiferencia por la vida, deshumaniza a las personas y deja fuera de la ecuación a la dignidad humana.

La algofobia es un miedo irracional a sufrir y ha sido utilizado por medios como El mundo o autores como el filósofo Byung-Chul Han para definir una característica de la sociedad contemporánea. Esta tiene, cada vez más, una dificultad marcada para convivir con el dolor, y la banalización del mismo es un fruto del flujo veloz de información, en que una noticia sobre sufrimiento es opacada por la siguiente.

El resultado es una tendencia a la indolencia, una capacidad para aminorar los males del mundo ocultándolos o generando una anestesia emocional inmediata hacia los mismos. El hedonismo de las sociedades actuales parece cubrir toda posibilidad de encuentro doloroso con el mundo real.

El entretenimiento que abunda es rápido y servil; en sus formas más voraces, genera un placer inmediato bajo la consigna de no incomodar, ni siquiera mínimamente, al espectador. Ocurre lo esperado, no se subvierten las expectativas ni se generan reflexiones.

La autoayuda, el coaching, las terapias alternativas y las pseudociencias, buscan respuestas sencillas a problemas complejos. Alimentan los sesgos cognitivos y tranquilizan a las personas mediante la enunciación de lo que ya querían escuchar, sin buscar la consecución de objetivos y mejoras reales.

En Happycracia: cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (2018), la socióloga Eva Illouz explica cómo la industria moldea a los individuos para hacerlos resistir a los sentimientos negativos. La razón: desechar los pensamientos negativos y “derrotistas” para abrir paso a la productividad y convencernos de que el éxito y la riqueza dependen únicamente de nosotros. La trampa está en que esta eficiencia sirve a otras personas más poderosas y no a uno mismo y, en ese proceso, se reprimen las experiencias negativas.

Es a través del dolor que por lo menos se tiene la capacidad de construir una identidad propia o una existencia auténtica, un motor para saber algo nuevo. Para el filósofo Gilles Deleuze, la filosofía sirve para entristecer, puesto que una filosofía que no entristece no genera ningún bien. Es mediante su gesto doloroso que se denuncia la carencia en el pensamiento y se impulsan nuevas preguntas.

EL SENTIDO DEL DOLOR

El dolor puede ser leído como una sensación que media entre el sujeto y el mundo exterior. Aparece en la primera respiración y durante el grito primario, en el nacimiento del individuo. En las primeras etapas de la vida, toda sensación se experimenta con más intensidad, y en la niñez y adolescencia el rechazo tiene un efecto mucho más fuerte que en la adultez.

Que el humano esté habituado al dolor, y que estas dificultades se sientan menos, no significa que no continuemos con la sensación de dolor constante, a dosis pequeñas, pero con un gran potencial para la autoconsciencia o, en general, para recordar que estamos vivos. El cirujano francés de principios del siglo XX, René Leriche, definió la salud como el silencio de los órganos, es decir, cuando no se percibe la actividad de los mismos.

Para aclarar rápidamente, no se trata aquí de banalizar el sufrimiento intenso ni las situaciones en las que este surge. En dosis altas y constantes, el dolor físico o mental se convierte en crónico y no ofrece información importante, sino que obstaculiza la supervivencia.

Por otra parte, el dolor ha sido motivo de análisis filosófico y antropológico. En la tradición aristotélica, era una forma de la emoción presentada cuando se toca lo más profundo del individuo, mientras que al inicio de la modernidad René Descartes ya lo planteaba como un disfuncionamiento de la mecánica corporal, acercándolo a su valor sintomático.

Para Arthur Schopenhauer, el dolor produce el deseo. La inestabilidad e incomodidad hacen que el individuo busque maneras de sobrellevarlo o mejorar aspectos de su existencia, es decir, que superarlo se convierte en el motor de la vida.

Martin Heidegger advierte que el dolor del individuo se debe a que es arrojado a un mundo que ha sido construido previo a él. La lucha por existir de la manera más auténtica posible y conocer este mundo que no se eligió, es lo que provoca este dolor inevitable, pero al que se puede hacer frente, pensando a partir de él y tomando decisiones.

En la década de los cincuenta, el antropólogo Mark Zborowski investigó la influencia que ejerce la cultura en cómo se percibe y manifiesta el dolor, demostrando que los judíos e italianos provenientes de Europa del Este tenían una emotividad marcada y ansiedad ante él, y se unían en grupos para soportarlo. La explicación a este fenómeno la adjudica a la historia trágica de sus pueblos, y funciona para explorar el dolor como producto de las múltiples variables de la realidad.

Para Le Breton, con la entrada a la modernidad el dolor, que antes era una emoción íntima, se convirtió en un producto del cerebro. A partir de los Estudios sobre la histeria (1895) de Sigmund Freud y Josef Breuer, se abre un canal para estudiar la dimensión afectiva como causante de síntomas mentales.

Este compendio de ideas giran en una dirección evidente: el dolor no se puede limitar simplemente a una reacción defensiva, sino que es producto de los factores ambientales y sociales, y a partir de él también se generan aspectos de la cultura. Podría verse como un sentido más de la percepción, puesto que a partir de él el ser humano se relaciona con el mundo.

RESILIENCIA Y REPRESIÓN

Existen algunos caminos frente al dolor. Uno de ellos, y el que más se ha planteado, es el que la sociedad actual parece seguir: el de evitarlo a toda costa. En este caso, existiría una represión del dolor o de la comunicación en torno a él.

La manera en la que actúa este mecanismo de defensa de la psiqué, es bloqueando el estímulo no deseado, evitando que se hable de ello u ocultando el sufrimiento. Es decir, a manera de metáfora, que se trata de empujar un tronco hacia el fondo de un estanque, ejerciendo fuerza, pero al final este volverá a la superficie.

A este respecto es significativo que aparezcan obras de arte como Monolito (2017) de Sara Medina, donde el ya mencionado Manifiesto futurista se presenta de forma ilegible con el fin de que sus valores sean olvidados. Esta obra de arte contemporáneo empalma las letras escritas por el poeta fascista Marinetti, en un gesto simbólico que borra de tajo su posible influencia o, en otras palabras, la reprime.

La mejor opción es buscar sentirse en confianza y seguridad para expresar el dolor que se siente, para que no se convierta en un futuro trauma. En conclusión, el dolor no es en sí el verdadero problema, sino un síntoma de algo más grande; es necesario sentirlo para superarlo de raíz, atacando su origen y no ocultándolo.

El neurólogo y psiquiatra Boris Cyrulnik es conocido por divulgar el término resiliencia, definido por él mismo como iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma. Este proceso se lleva de forma idónea si las personas cuentan con la tendencia genética a sobrellevar los problemas de mejor manera, pero también si son favorables el entorno en que se ha desarrollado y la actitud de quienes lo rodean durante su recuperación.

Factores importantes que rompen el desarrollo de la resiliencia son la violencia conyugal y la precariedad social. El entorno seguro que debería proteger al niño y brindarle seguridad, se rompe con estas dificultades. En esta caso, la superación del dolor, e incluso las incomodidades mínimas o problemas pequeños, puede ser más complicada.

La película El Odio (1995), dirigida por Mathieu Kassovitz, muestra una serie de aventuras y complicaciones protagonizadas por un judío, un árabe y un negro durante su viaje a París. Parece seguir la forma caótica en que los personajes se divierten, pero pronto el espectador se da cuenta que ante cualquier discusión leve, rechazo o dificultad, ellos actúan de manera iracunda y sobreexcitada. La trama se convierte en una historia sobre el odio y el círculo de violencia, vivenciado por tres jóvenes desprotegidos y marginalizados de la sociedad francesa.

La seguridad en el entorno familiar y social en edades tempranas es clave para el desarrollo de la resiliencia; pero la vida en las grandes urbes y dentro del sistema económico capitalista, tiende a no dejar un espacio tranquilo y seguro para la gran mayoría de las personas. Cuando la velocidad es importante para la producción y el tiempo para recobrar energía escasea, el espacio seguro se tambalea.

La estrategia que siguen las escuelas finlandesas, que según el informe PISA de 2003 forman el mejor sistema de educación occidental, es precisamente brindar la suficiente calma y seguridad a los niños en edades tempranas. Según Cyrulnik, la ralentización de la vida, así como de las tareas y objetivos escolares, permite que el desarrollo se logre de forma adecuada y en etapas posteriores logren ponerse al corriente con las metas educativas, incluso superando las expectativas.

Sin embargo, la forma en que se subvierte el sentido del dolor en la cultura occidental es mediante el mérito y la eficiencia. Se tiene la idea de que mientras mejor se utilice el tiempo para producir, esforzarse y generar méritos, se mejorará la vida y se avanzará en la escala social, lo que de hecho sólo ocurre en la minoría de los casos y está casi completamente supeditado a circunstancias externas.

Tan sólo en Latinoamérica, durante la pandemia se contabilizaron 22 millones de casos nuevos de pobreza, alcanzando su nivel más alto en 12 años según la Organización de las Naciones Unidas. El sufrimiento no tiene una relación causal con el mérito ni la mejora futura; este relato se parece más a una fantasía que nos contamos a nosotros mismos para intentar dormir.

LA ERRADICACIÓN DEL SUFRIMIENTO

La salida del dolor en la ecuación de la cirugía, lograba uno de los primeros pasos para la erradicación total del sufrimiento, un concepto que de hecho es estudiado por la biotecnología.

El filósofo británico David Pearce destaca por defender la idea de que existe la obligación ética de trabajar por una abolición completa del sufrimiento de todos los seres sensibles, lo que considera técnicamente factible por medios ya disponibles como la ingeniería genética y la nanotecnología. El autor cree que el dolor físico o emocional no es necesario para la experiencia humana, o por lo menos es prescindible en una sociedad tecnológicamente avanzada.

El principio en que se basa es el utilitarismo, el cual estipula que se debe buscar el bien común generando la mayor felicidad para el mayor número de personas posible, lo que se relaciona precisamente con la eficacia.

Los cambios propuestos para la erradicación del dolor devienen en una intención transhumanista; es decir, el movimiento intelectual y cultural basado en la idea de que la humanidad puede trascender a su propia naturaleza para transformarse, a través de su tecnología, en otra especie.

De hecho, la relación no suena tan descabellada si se toma en cuenta que al deshacerse del dolor en la experiencia humana, también se dejarían a un lado sentimientos que la definen, como es la ira, la tristeza, el miedo o la frustración. El cambio, de lograrse, podría ser abismal.

La ética de la erradicación del dolor es compleja, puesto que se deben prever todos los posibles efectos. Es difícil imaginar una humanidad sin dolor, precisamente porque es a través de las experiencias negativas que se definen las positivas y viceversa. La percepción entera de la realidad cambiaría y, por supuesto, la muerte podría banalizarse un poco más sin el sufrimiento. Las anteriores son suposiciones y nada más, puesto que las posibilidades del transhumanismo solo se pueden quedar como tales, al menos por ahora.

Sin embargo, existe un avance al respecto y, de ser un tema que continúe preocupando a la comunidad científica, la deriva tecnológica que enfrente esta problemática será, como en muchos otros casos, inevitable. La edición de genes como CRISPR, según el genetista George Church, guarda el potencial de generar seres humanos nacidos con un sistema sensorial indoloro.

El futuro es incierto. Es muy posible que sea inevitable continuar en una marea donde ocurren simultáneamente una lucha y superación contra el dolor, y la represión y evasión del mismo. Las razones por las que se elige hacer frente o no a cierto tipo de dolor, son individuales y pertenecen a la excavación que realiza la psicología profunda.

Solamente el futuro podrá ofrecer una respuesta de cuál será la siguiente manera en que se transformará la experiencia del dolor. Lo que se puede asegurar es que el mundo, como el ser humano, puede cambiar de formas inesperadas.

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