Alejandra Labastida, arte para problemas contemporáneos
Entrevista

Alejandra Labastida, arte para problemas contemporáneos

Los infinitamente pequeños y Energía juegan a inventarse y reinventarse de muchas formas y colores, y se convierten en bacterias, moscas y catarinas, en tortugas, peces y ballenas”, reza el último proyecto de la curadora de arte Alejandra Labastida en conjunto con el artista Marcos Castro, Los infinitamente pequeños, un libro infantil que expone cómo todos los seres vivos están hechos de la misma materia desde el origen de la vida hasta nuestros días. Como todas las exhibiciones que ha curado a lo largo de su carrera, no pretende ofrecer respuestas contundentes, sino invitar a la reflexión.

Con una licenciatura en Historia por parte de la Universidad Iberoamericana y una maestría en Historia del Arte por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México, Alejandra Labastida se ha dedicado a la curaduría en espacios como el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA) o el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), donde actualmente trabaja como curadora adjunta; así como en el Pabellón Mexicano en la edición 54 de la Bienal de Venecia. Por su labor ha ganado la Competencia Internacional de Curadores 2012 de Akbank Sanat en Estambul, Turquía; además del Premio de Investigación ICI/SAHA en 2013.

Entre las exhibiciones destacadas en que ha participado como curadora se encuentran Teoría del color (2014), Cuando pensábamos que teníamos todas las respuestas, la vida cambió todas las preguntas (2017), #NoMeCansaré (2018) y Teresa Margolles: Sutura (2020). El hilo que conecta estos y otros proyectos en que ha trabajado es un constante cuestionamiento acerca de heridas sociales como la violencia, la corrupción, el racismo o el sexismo.

Sexto Piso

Teoría del color es una exposición colectiva que reúne obras de artistas provenientes de más de 10 países diferentes, todas ellas partiendo de una premisa: ¿cómo se manifiesta el racismo?

Cuando pensábamos que teníamos todas las respuestas, la vida cambió todas las preguntas es una forma de activismo político a través del arte, producida por el colectivo ruso Chto Delat, quienes a través de distintas disciplinas creativas (puestas en escena, podcasts, seminarios culturales, etcétera) invitan al público a obtener conocimiento y ejercer el pensamiento crítico.

Por su parte, #NoMeCansaré expone diversas expresiones artísticas surgidas durante las movilizaciones ciudadanas de los últimos años en México, como las acciones en torno a la desaparición de los 43 de Ayotzinapa, al incendio de la guardería ABC o al alza de feminicidios en el país. Los elementos reunidos en #NoMeCansaré van desde fotografías hasta herramientas digitales y antimonumentos colocados en Paseo de la Reforma para recordar la ineptitud de las autoridades ante las situaciones que azotan a nuestro país sexenio tras sexenio.

Siglo Nuevo tuvo la oportunidad de generar una conversación con Alejandra Labastida donde habla de los proyectos mencionados y de su visión como curadora y reciente autora infantil.

Algo que caracteriza a muchas exposiciones colectivas contempóraneas es la multiculturalidad, ¿qué puertas abre a temas universales que en otras épocas no podían abordarse de forma tan global?

En general intentamos, en la medida de lo posible, traer obra de diferentes lugares para generar intercambios en ese sentido. Es muy interesante ver que cada respuesta, en cada contexto geopolítico, aporta perspectivas únicas.

Por ejemplo, en el caso de Teoría del color los artistas sudafricanos tienen una experiencia muy específica, y eso de alguna forma sirve para quitar algunas ideas preconcebidas. La exposición la empezamos, un poco a propósito, con este imaginario africano de los problemas de racismo desde la negritud, y luego íbamos acercándonos más a Latinoamérica. Cuando hacía el recorrido era muy interesante porque la gente veía primero estos problemas en África y decían “sí, qué terrible racismo”, pero conforme iban avanzando se empezaban a incomodar mucho. Es increíble, pero incluso recibía de pronto comentarios como “en México no hay racismo porque no hay negros”. Pero, uno: sí hay negros, y dos: el racismo no es exclusivo de la negritud.

muac.unam.mx

Por ejemplo, había una pieza de una artista peruana que recopilaba una serie de fotos que bajó de Facebook. Parecía un álbum de bebés, pero todos eran bebés muy blanquitos, y de repente empezaban a aparecer en las imágenes cachos de cuerpo… manos, un pedazo de cara, de todas las personas que los cuidaban, pero que nunca salían en las fotos. Cuando te dabas cuenta de esto, veías cómo había esta diferenciación en términos del color de la piel y de clase, y eso era muy cercano a México.

Chto Delat, autores de la exhibición Cuando pensábamos que teníamos todas las respuestas, la vida cambió todas las preguntas, aseguran que el arte que se produce en forma de mercancía no es arte. ¿Cuál es tu postura al respecto?

Creo que está un poco sacado de contexto. Ellos, si bien son un colectivo muy crítico, tienen una galería de arte. Yo personalmente he decidido en mi carrera no vincularme directamente a la mercantilización del arte; siempre he trabajado en instituciones culturales públicas que no tienen que ver con el mercado del arte, aunque decir que no tienen que ver es relativo porque todo está engranado. Estoy consciente de que en el momento en que ponemos una exposición individual en el MUAC, eso va a repercutir en cómo el artista se cotiza en el mercado. Entonces, por un lado, no hay que caer en la ingenuidad de que un lugar está puro y a salvo de eso. Por otro lado, hay una parte muy perversa de los precios y los niveles a los que llega el arte como objeto de hiper lujo. Andrea Fraser tiene trabajos muy interesantes sobre cómo cada vez que en una economía se disparan las diferencias entre pobres y ricos a niveles estratosféricos, hay una conexión directa con cómo el mercado del arte tiene empuje. Entre los yates, los relojes y los coches deportivos, está el arte dentro de esa negociación simbólica del estatus. Es cierto que es algo con lo que tenemos que negociar al trabajar.

Por otro lado, también hay toda esta idea de autoexplotación del artista que lo hace todo por amor al arte y que no cobra, que es el otro extremo. Los dos extremos son pésimos porque es un trabajo. Somos trabajadores culturales y hay que cobrar porque hay que comer. Hay que negociar dentro de esta amplia gama donde se encuentra este lugar perverso del hiper estatus y este otro lugar de precarización o pauperrización de los artistas y trabajadores culturales.

Oliver Santana

El arte ha pasado por épocas de censura en todo el mundo. Actualmente pareciera que esa censura se ha relajado. Por ejemplo, en No me cansaré, una parte de la exhibición fueron los antimonumentos que se colocaron sin permiso en el espacio público, pero no fueron retirados a pesar de que los temas que tocan son fuertes. ¿Qué papel crees que juega la corrección política en esta aparente desaparición de la censura en el arte?

Siempre he trabajado en la UNAM y ese es un contexto muy diferente al de otros museos privados donde sí hay censura de muchos niveles. Por ejemplo, una pieza de Eric Beltrán que tenemos ahora en el MUAC, en el Museo Tamayo la cerraron a las dos semanas que abrió. No dijeron “lo censuramos”, pero una exposición que iba a durar cuatro meses cerró a las dos semanas. Hacía toda una genealogía de las élites políticas y las élites económicas, la corrupción, etcétera, y desapareció.

Hace algunos años iba a haber una exposición de Hermann Nitsch en el Museo Jumex y la gente se empezó a enojar porque es un artista que trabaja con sangre de animales. La exposición ya estaba montada, el artista aquí, y no la abrieron. Entonces sí hay censura, lo que pasa es que hay estrategias ahora para protegerte de ella. Nosotros hemos tenido varios casos donde ha habido mucha presión para cerrar exposiciones y nunca se han cerrado, pero el caso de la UNAM es muy específico. La autonomía es un oasis en muchos sentidos.

En el caso de los antimonumentos hubo varias estrategias. Por ejemplo, me parece que en el de la guardería ABC ya estaba puesto el cemento y llamaron a una persona de alta jerarquía en la Iglesia para que hiciera una misa al mismo tiempo que montaban el antimonumento. Entonces llegaron los policías, pero no quisieron interrumpir la misa.

EFE/Sháshenka Gutiérrez

En el de los 43 de Ayotzinapa, al mismo tiempo que lo estaban montando, estaban haciendo llegar una serie de documentos al gobierno sobre cómo había estado calculado estructuralmente de tal manera que no se iba a caer si hubiera un terremoto, porque podían alegar “no es que estemos censurando, pero hay un peligro para la población”. Vemos todos los tipos de censura que puede haber, porque es muy raro que censuren abiertamente, sino que generalmente es a través de ese tipo de cosas. Hay ciertas estrategias, no es solo decir “lo vamos a hacer”, es hacerlo de tal forma que no lo puedan quitar: va a estar ahí, va a estar cubierto por la prensa y va a estar en redes sociales. Estamos en un momento donde las redes sociales se han convertido en una herramienta de presión social donde el costo político de quitar un monumento así hubiera sido mucho más alto que el de aceptarlo.

Hablando de redes sociales, en esta era en que cada individuo se expone a una cantidad estratosférica de imágenes y noticias en ellas, ¿cómo hacer que el mensaje de una obra artística no pierda fuerza en este mar de información?

El contacto directo con la obra en el museo crea otro tipo de experiencia. Claro que ahora con la pandemia tuvimos que repensar esa apuesta y montarnos más en el universo digital; pero la idea es no pensar en competir, sino ir avanzando y crear ciertas experiencias estéticas que puedan ofrecer algo diferente. Pienso que si te tomas la molestia de ir al museo, tal vez de pagar una entrada, puedes acceder a otro tipo de relación diferente a la que tienes con algo que puedes desechar o ver en cualquier momento. Hay algo de la temporalidad y la especialidad de ciertas obras que demanda un poco más. Es eso y tener confianza en el público.

Tu libro Los infinitamente pequeños aborda la creación del Universo y la vida de forma científica y filosófica, a pesar de que es a un nivel infantil. En nuestro sistema educativo se suelen separar mucho la ciencia y las humanidades ¿cómo crees que esa separación limita la comprensión del mundo?

En general la compartimentación del conocimiento es algo muy nuevo. Ciencia, arte y filosofía siempre estuvieron muy de la mano. Los infinitamente pequeños es una noción filosófica que tomo de Spinoza, que si le rascas un poco es muy fácil hacerla equivaler a las partículas de carbono.

Ahora que tenemos acceso a esta perspectiva de un universo cuántico, mucho de eso que sonaba a magia (como algunas tradiciones ancestrales) lo podemos ver con aparatos, aunque todavía hay esta necesidad de tener magia e inventar cosas cuando lo que estamos viendo ya es increíble. Las cosas que suceden en nuestro cuerpo y en el mundo nadie las creería en otro planeta. Adentro de la panza de una persona crece otra persona, entonces de pronto tiene dentro dos corazones y dos cerebros. Si no nos pasara eso y alguien lo escribiera como ciencia ficción sería una locura. Tenemos asumidas y normalizadas muchas cosas que en realidad son fantásticas. Yo sé que suena cliché, pero esta noción de que estamos hechos de la misma materia que las estrellas… qué puede ser más mágico que eso. Y no solo mágico, sino qué implicaciones políticas y éticas tiene hacia todos los seres vivos.

Según la Encuesta Pública sobre la Ciencia y la Tecnología en México, más del 55 por ciento de los mexicanos no confía en la ciencia y una parte cree incluso que los científicos son peligrosos. ¿Qué estrategias usaste en el libro para que la ciencia no resultara intimidante a las nuevas generaciones?

Fue una forma un poco intuitiva porque yo no tengo ninguna formación pedagógica ni de divulgación de la ciencia. Cuando me acerqué a personas profesionales había mucha insistencia en buscar un lenguaje que fuera más accesible en el sentido de decidir si iba a ser para niños de 5 a 6 años o de 10 años. Yo me resistí mucho a eso porque pienso que es un tema tan complejo que lo vas a tener que repensar y renegociar a lo largo de toda tu vida, y que lo entiendes de una forma a los 4 y de otra forma a los 10 y a los 60 y antes de morirte. Entonces este relato lo vas a entender de muy distintas maneras. A lo mejor un chiquitito piensa que los infinitamente pequeños son como pitufos y está bien; no tengo un deseo de que el niño de cinco años tenga este tema muy claro en su cabeza, porque además es muy abstracto. Es simplemente la idea de empezar a jugar con eso.

Lo que sí tenía claro del libro es que tenía que ser algo muy visual, nunca lo hubiera podido hacer sin Marcos. Traté de acercarme a personas solo con el texto y me decían “pero no es un cuento, no pasa nada”. De verdad es un texto que no funciona solo, necesita material visual. De ahí también surge la idea de la materialidad del libro que se desdobla, da vuelta y es un ciclo sin principio ni final porque empieza y termina con la Gran Explosión. Nuestra apuesta fue esa, confiar en lo visual y la materialdad para transmitir esta noción.

Un aspecto que habías comentado en otra entrevista es que una de las intenciones del libro es que quede asentada esta perspectiva de que los seres vivos compartimos una misma materia, una misma energía, y por lo tanto esto abre un poco más la empatía hacia el otro. ¿Crees que estos conocimientos científicos pudieran contrarrestar de alguna manera el ambiente tan violento e intolerante en el que vivimos?

Muchos de los parámetros que generan violencias racistas o contra la naturaleza, son porque tienes un problema de perspectiva. Si tú cambias de escala te das cuenta de que si se acaba un ser te mueres tú también, te das cuenta de que somos tan parecidos que incluso genéticamente la diferencia entre un cerdo y nosotros es de menos del uno por ciento. Ahora, si llegas a los infinitamente pequeños, pues no hay ninguna diferencia.

Muchas de estas segregaciones parten de esas nociones que nos separan de lo demás. Si una se da cuenta de que está hecha de lo mismo que todo, pues cómo vas a ser racista contra ti misma. No hay tal otredad creada culturalmente, se desmantela por completo cuando empiezas a llegar a niveles cuánticos. La idea era mostrar ese cambio de escala. Hay que insistir porque es muy fácil explicar las cosas a los niños a partir de ese precedente. Les puedes decir “no pises a esa hormiga, está hecha de lo mismo que tú, a lo mejor tú al rato vas a estar jugando a ser hormiga, a lo mejor en esa planta hay parte de tu bisabuelo”. Es muy directa la relación y entonces es más fácil apelar a esa empatía .

Por el lado del arte, ¿cómo crees que pueda abonar a esta reestructuración de pensamiento?

En general lo que pienso es que el arte genera experiencias, herramientas y dispositivos para ver las cosas desde distintos ángulos y eso siempre puede ayudar. No es que el artista vaya a descubrir el hilo negro, pero tal vez sí va a presentar contenido de alguna forma que no hayas visto. Por ejemplo, hace poco hubo un proyecto con una artista española que se llama Nuria Well, que quería trabajar sobre la trata de niñas. Hay muchísimo material al respecto. No conseguimos ningún dato nuevo, pero la idea era trabajar directamente con ellas (víctimas de trata). Lo que hizo la artista fue hacer una exposición, en colaboración con unas chicas rescatadas, sobre arte religioso novohispano, sobre representaciones de la santas que tenemos completamente normalizadas aunque son hiperviolentas con el cuerpo humano. Nuriales pidió a ellas que realizaran una visita guiada sobre esas piezas sin hacer ninguna investigación. Algunas reconocieron a Adán y Eva, pero no conocían la historia de las demás, así que empezaron a contar historias que tenían que ver con su propia historia. […] Entonces puedes ver ambas cosas: la normalización de la violencia hacia la mujer en las representaciones religiosas, y la experiencia de violencia de estas chicas. No puedes no verlas. Me parece que no es que hayamos recibido información nueva, pero la forma en que era comunicada y la forma en que tú te enfrentabas a esa información hacía que no pudieras darte la vuelta. Creo que eso es lo que se puede aportar desde el arte.

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