El Canon Posnorteño
Nuestro mundo

El Canon Posnorteño

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De todas las escuelas de escritores del norte, El Canon Posnorteño tenía mayor fama por dar las becas más jugosas del país. Y no sólo por su alcance económico, sino porque además incluían un monto específico para gastos de representación libres de impuestos. Por si fuera poco, El Canon funcionaba como museo y cantina tradicional. Se sabía que era el lugar predilecto de los intelectuales norteños porque servían un tentempié por cada cerveza. No vendían nada de importación. Pura cheve local. Contaba también con una vasta biblioteca que se había logrado gracias a las donaciones de tres escritores. Daniel Asada, Jesús Garnachea y Gerardo Conejo. De todos los centros de reunión era el que más convocaba a los jóvenes escritores y cocineros de todo el país.

El obrador de cocina y letras se convirtió en el caldo de cultivo. Uno de sus principales atractivos consistía en haber reunido a las mejores escritoras y cocineros de la región. De todas las escritoras, Jasha Elizondo poseía los premios más importantes destinados a promesas de la literatura. Era la campeona en preparar caldillo durangueño mientras combatía en un jam de poesía neocallejera. Pero su especialidad era la prosa. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Chatarra Aguasfrías 2010. Y durante el siguiente año la revista culinaria Gastronáutica la nombraría como la novelista más interesante de la cocina mexicana. Su receta: un pozole. Pero también su novela era un platillo mítico. Mil recetas de pozole posnorteño. En ese libro narraba su recorrido por mil municipios del país mientras probaba en cada uno el pozole local. Las historias relatadas en ese libro no conocían géneros literarios por definición. Más bien eran una mezcla entre crónica, cuento y ensayo. Un alebrije literario.

El pozole se convirtió en una moda de narrar. Se dice que el chef Benito Molcajete, mientras buscaba un condimento exótico para sellar su última creación culinaria, se encontró en un mercado de la costa sur con Jasha. Su olfato le provocó el éxtasis, la poética del umami. Jasha le recomendó el pozole que cocinaban en la Tostada. Allí servían el mejor platillo del mercado. Y también despachaba el negocio una de las narradoras más respetadas de la escena pozolit. Un fenómeno que designa la fusión entre recetas de cocina y géneros literarios. El lugar atraía la atención de todos aquellos escritores capaces de emocionar los paladares de cualquier lector.

La mesera levantó el pedido. Un pozole especial para Benito. Y otro de costilla para Jasha. Pidieron uno y otro a su vez. Probaron las combinaciones posibles y con diversas guarniciones. Cuando terminaron la comilona, sus estómagos cobraron una factura más cara que su consumo. Pero había valido la pena. Sintieron el gozo de haber disfrutado de los suculentos pozoles de la Tostada. El cajero del lugar acostumbraba fotografiar a sus mejores clientes, además era un influencer, dispuesto a ganar más seguidores para la pozolería. Benito sacó su libro, pidió una pluma, posó para la foto y obsequió el conjunto de crónicas al anfitrión.

La posadera atrajo la atención de comensales y transeúntes que eran adictos al pozole y los chismes. Para sazonar aún más el caldo, Jasha y Molcajetes solicitaron a don Cajero que dispusiera unas mesas para montar una lectura pozolera. Así nació el primer Encuentro Pozole y Letras del mercado Mariño Jocoques. Esto cambiaría el rumbo que tomaría la literatura culinaria. Desde los géneros hasta los estilos, pasando por escuelas y generaciones, toda la tradición quedaría afectada. El canon sería dictado y ningún profesor de universidad gabacha lo habría vaticinado. Todo estudioso de la historia literaria y culinaria se vería sorprendido. Los centros gastronómicos no volverían a ver con desdén a las pozoleras ni a las pozolerías. La gloria no volvería a ser Trevi. Ahora se cocinaba un caldo más original y sabroso.

Pero no todo era platillo caldoso. La Sociedad de Gastrónomos Escritores se mostraría agraviada. Cómo era posible que el renombrado chef Benito Molcajetes y la galardonada escritora Jasha Elizondo fueran capaces de semejante atrocidad contra el buen comer y el bien escribir. Aquello sería el comienzo de una serie de críticas en contra de los subsidios que recibía el Canon Posnorteño por albergar apoyar a escritoras y cocineros insolentes. Días después, la Secretaría de Alta Cultura, precedida por la escritora y cocinera Chefina Vargas, anunciaría la próxima cancelación del fideicomiso al desarrollo literario y culinario del norte.

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