El hambre que enferma
Salud

El hambre que enferma

Un caso expuesto por el COVID-19

Foto de portada: Adobe Stock

Unas consecuencias de la pandemia de COVID-19 se materializaron en lo inmediato (pérdida de vidas, cierre de fuentes de trabajo, saturación de los sistemas sanitarios, entre otras). Varias más ya empezaron a perfilarse y, según el diagnóstico de analistas de organismos internacionales, sus efectos acompañarán a la humanidad en el largo plazo.

A ésta última categoría pertenece el aumento del hambre en el mundo registrado en el último año, que ha sido definido por la Organización de las Naciones Unidas como “espectacular”. Se trata de un problema importante desde la perspectiva sanitaria, debido a que termina por verse reflejado en una mayor demanda de servicios clínicos.

Alimentarse bien juega un papel fundamental en la construcción de las defensas del organismo contra las afecciones. Las personas desnutridas tienen sistemas inmunes más débiles, de manera que el riesgo de padecer una enfermedad gana enteros.

Según la ONU, en el 2020 la subalimentación alcanzó a cerca del 10 por ciento de la población a nivel mundial. La subalimentación debe interpretarse como hambre, es decir, sensación incómoda o dolor causado por un consumo insuficiente, o la privación, de alimentos. Esa condición está en la vida de cerca de 811 millones de personas.

El coronavirus ha configurado un escenario que deja expuestas deficiencias de los sistemas alimentarios, lo que se traduce en amenazas para la vida a través de la precarización de los medios de subsistencia.

SUBE Y SUBE

Desde mediados de la década pasada, el hambre había mostrado una tendencia al alza, una que se ha visto reforzada con las oleadas del virus. Un 30 por ciento de la población mundial, unos 2 mil 300 millones de individuos, careció de acceso a viandas adecuadas durante el calendario pandémico. Persistió la malnutrición, entendida como un trastorno vinculado con deficiencias, excesos o desequilibrios en el consumo de macronutrientes o micronutrientes, en todas sus formas (tanto la subalimentación como la obesidad son rostros de la malnutrición).

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Los niños se ubicaron entre sus principales víctimas. Se estima que en 2020 fue detectado retraso del crecimiento (estatura demasiado baja para su edad) en más de 149 millones de menores de cinco años. Más de 45 millones de infantes fueron etiquetados con una delgadez excesiva para su altura (emaciación) y en casi 39 millones se halló sobrepeso.

En un dato exclusivo del género femenino, casi un tercio de las mujeres en edad reproductiva recibió diagnóstico de anemia.

A nivel planetario, al menos 3 mil millones de adultos y niños carecen de medios para acceder a dietas saludables. Más de la mitad de la población con hambre, alrededor de 418 millones de individuos, vive en Asia. Más de un tercio (282 millones) se concentra en África. En América Latina y el Caribe hablamos de 60 millones de bocas que batallan para alimentarse. Los costos de los alimentos son una de las razones principales.

CRISIS

La pandemia produjo caídas dramáticas de ingresos en infinidad de hogares. Al adelgazar los bolsillos de la gente, puso en peligro la posibilidad de conseguir comestibles.

También empeoró las situaciones de personas que viven en países afectados por conflictos, condiciones climáticas adversas y economías débiles o con amplias brechas de desigualdad.

Estos factores (guerras, sequías, parálisis económica) inciden de forma directa en la inseguridad alimentaria, concepto que suele clasificarse en dos tipos: grave, es decir, quedarse sin alimentos y tener que pasar un día o más tiempo sin comer. Y moderada: vivir en la incertidumbre acerca de las opciones de obtener comestibles; pasar el día con riesgo de saltarse comidas o terminar con las reservas disponibles; verse obligado a descuidar la calidad nutricional o simplemente reducir la cantidad de alimentos que se consumen.

En México, el porcentaje de la población con un ingreso laboral inferior al costo de la canasta alimentaria creció a lomos del coronavirus. Pasó de un 35.6 por ciento en el primer trimestre de 2020 a 39.4 por ciento en el mismo lapso de 2021, dato del Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social).

Organismos internacionales recomiendan a los gobiernos intervenir en las cadenas de suministro para que los alimentos nutritivos bajen su costo. Foto: Adobe Stock

La disminución de los ingresos laborales y el aumento en los precios de la canasta básica (más fuertes en las zonas urbanas que en las rurales del país) apalancaron el incremento. En términos más sencillos, creció la cantidad de personas que no pueden adquirir los comestibles elementales con el dinero que ingresan.

2020 cerró con más de 51 millones de mexicanos en hogares inmersos en la pobreza laboral. Es decir, se intensificó la vulnerabilidad del pueblo, especialmente de aquellos que ya vivían en situación desfavorable.

PROPOSITIVOS

Es indispensable una transformación de los sistemas alimentarios orientada a facilitar que la gente ponga comida en la mesa, pero no cualquier tipo de viandas, sino aquellas que mejoren sus niveles nutricionales.

Organismos internacionales recomiendan a los gobiernos adoptar medidas de protección social para evitar que las familias vendan sus escasos bienes con el fin de comprar el pan. Llaman a impulsar programas de apoyo en especie o en efectivo que alivien en parte los complejos escenarios provocados por el virus y la volatilidad de los precios de los alimentos. Otra medida deseable pasa por ayudar a pequeños agricultores a conseguir seguros contra riesgos climáticos y financiamiento (por aquello de promover la soberanía alimentaria).

¿Qué más puede hacerse desde la trinchera gubernamental? Intervenir a lo largo de las cadenas de suministro de manera que se reduzcan los costos de los alimentos nutritivos y ayudar a los productores de frutas y hortalizas a comercializar sus cosechas.

Disminuir la pobreza no sólo mejora la alimentación de las personas, también su salud. Al fortalecer los entornos alimentarios y estimular la adopción de dietas con características nutricionales apropiadas, sumamos caudal a la reserva de vida de la sociedad.

El hambre, por el contrario, resta capacidad para afrontar los males de este mundo. Sin los alimentos adecuados, nuestro cuerpo carece de ladrillos (nutrientes) para construir el bienestar cotidiano.

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