Violencia vicaria
Familia

Violencia vicaria

Los hijos como herramienta para hacer daño

Imagen de portada: Freepik

Se llama vicario a una persona que ejerce las funciones de otra en el terreno del liderazgo religioso. La palabra se ha utilizado últimamente para establecer un neologismo que describe un tipo de violencia de género donde terceras personas son implicadas por el agresor, quien en algunos casos decide quitarles la vida.

La violencia interpósita o, como la llamó en 2012 la psicóloga clínica argentina Sonia Vaccaro, violencia vicaria, es la violencia ejercida contra la mujer a través de terceras personas. Las personas importantes para ella son utilizadas para dañarla, sean padres, amigos o, quienes son introducidos más comúnmente en esta dinámica, los hijos.

DE LA VIOLENCIA PSICOLÓGICA A LA FÍSICA

En la violencia intrafamiliar es común ver aquella de índole psicológica, que mantiene amenazas, comentarios pasivo-agresivos, descalificaciones y gaslighting (insistir en una versión falsa de los hechos para hacer creer a la otra persona que tuvo la culpa, por ejemplo).

Es común ver también que se integre a los hijos en esta dinámica. En parejas separadas se suele hablar mal a los hijos de una u otra de las partes, lo que acrecienta la enemistad y juega de forma perversa con la lealtad, generando problemas de salud emocional en los niños.

La violencia psicológica en la pareja, de acuerdo con la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, es definida como un acto u omisión que daña la estabilidad psicológica. En este espectro entra desde el rechazo, la indiferencia y las comparaciones destructivas, hasta la negligencia, el abandono, el descuido constante y la celopatía; así como, en su nivel más preocupante, restricción de metas, humillaciones, insultos y amenazas.

En muchas ocasiones existe también una restricción económica, se impide que la persona trabaje o que realice actividades que le agradan. Según la Encuesta nacional sobre la dinámica de las relaciones en los hogares de 2011, 63 de cada 100 mujeres ha sufrido algún tipo de violencia en México, y la gran mayoría de esta violencia empieza durante el noviazgo. La más presentada es, precisamente, de la que se ha hablado antes: la psicológica, con un 44.3 por ciento de prevalencia.

La razón por la que se aborda este tipo de violencia en específico, es debido a que se presenta más comúnmente y tiende a ser un tipo de agresión invisible, que se puede minimizar a pesar de que sus consecuencias son, en muchos casos, la depresión y el suicidio. Es igual de preocupante que la agresión psicológica presente en la violencia vicaria, se puede convertir en un peligro real de violencia física, e incluso muerte de seres queridos.

La violencia machista va desde celopatía y prohibiciones a la mujer, hasta agresiones físicas. Fotos: Freepik

RIESGO FÍSICO

La violencia no se presenta de forma aislada. No llega a niveles graves repentinamente, sino que anteriormente debe haber indicios de ella y sus síntomas pueden crecer; además de que, por lo general, se presenta en muchas de sus formas en cada caso. El ambiente en que se vive también favorece estas situaciones. La marginalidad, las carencias y el círculo social y familiar que normaliza la dominación de hombres hacia mujeres, son una mezcla que genera violencia.

Muchas de las presentaciones de la agresión pueden ser invisibilizadas, mayormente aquellas que no dejan marca visible. El caso de la violencia vicaria no es la excepción, por ello este neologismo es tan reciente. Que se haya elegido el término y se presente como materia de conversaciones en torno a la salud, es producto de casos recientes y preocupantes.

La violencia vicaria engloba todas las conductas que se realizan de manera consciente con el fin de hacer daño, generalmente por parte de un hombre violento hacia su pareja. Es una forma de maltrato infantil también, debido a que la mayoría de los casos se ejerce con hijos menores de edad como intermediarios.

En Madres maltratadas (2018), de la investigadora María Carmen Peral López, se define la violencia doméstica como malos tratos y agresiones físicas, psicológicas, sexuales o de otra índole, hacia personas del medio familiar, generalmente a los miembros más vulnerables.

Estos aspectos de la violencia intrafamiliar o doméstica son bien conocidos pero no parecen, hasta el momento, diferenciarse de la violencia vicaria. Lo que ocurre en este tipo específico, es que se utiliza como intermediario a estos miembros más vulnerables del entorno familiar, para causar un daño de forma secundaria a la persona a la que realmente va dirigida la agresión. Es decir, que en general se usa a los niños como una suerte de rehenes.

Estos métodos se dan, según Peral, como una estrategia para evadir la justicia. Es perverso, puesto que afecta a terceras personas y se realiza de manera bastante consciente, con planes de por medio. El peligro crece porque la violencia vicaria es por lo general ejercida por un hombre con tendencias violentas, o que ya ha realizado actos en los que ha demostrado falta de empatía.

Tomás Gimeno con una de sus hijas, a quienes secuestró y asesinó para vengarse de su pareja. Foto: Instagram

CONSECUENCIAS DE ESTA VIOLENCIA MACHISTA

Las consecuencias son físicas y mentales. Logran el terreno propicio para el desarrollo de adicciones, consumo de tabaco y consumo excesivo de drogas y alcohol, así como obesidad, depresión, comportamientos sexuales de alto riesgo y actos de violencia. Una infancia complicada, genera una población con mayores problemas de salud.

En El País, el Diario AS, La Sexta y otros medios (2021), se describe el caso del agresor Tomás Gimeno, un hombre descrito por medios como Telemadrid como “violento, incontrolable y narcisista”, que había amenazado a su esposa de hacer que no volviera a ver a sus dos hijas, de uno y seis años de edad. Las niñas fueron secuestradas por el hombre, quien se fue en un barco con ellas, y después de un tiempo fue hallado el cadáver de la mayor en el mar.

Un caso similar que comienza a abrir la posibilidad de tipificar una forma más específica de violencia es el ocurrido en 2011 en Córdoba, España. El saldo fue los asesinatos de dos niños de seis y dos años de edad. Fueron considerados, más que asesinatos, acciones directas de violencia de género por la ley.

La diferencia lograda por estas modificaciones a la ley es que se añadan más cargos a este tipo de violencia, que no sea invisible y que, por lo tanto, sea penada con más peso. También de esta manera se garantiza el acceso a servicios asociados a la violencia de género.

Según el Ministerio de Salud español, en la última década (con datos hasta el año 2017), la cifra de menores asesinados por violencia vicaria ascendió a alrededor de 50, y sus edades están entre los cuatro meses y los 16 años. De ellos, 30 fueron asesinados durante la visita al hombre que tenía su custodia compartida.

Según la organización Save the Children, en 2014 en España la violencia infantil ascendió a más de 3 mil víctimas en el entorno familiar. Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que cada año mueren por homicidio 41 mil menores de 15 años. Aunque no se tienen datos sobre si es bajo el esquema de la violencia vicaria, el problema y el entorno está allí, favoreciendo que aparezca.

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