Yo, me, mi, conmigo
Opinión

Yo, me, mi, conmigo

Miscelánea

Quien no vive para servir,

no sirve para vivir.

Rabindranath Tagore

"Primero yo, después yo, y en tercer lugar yo" "Pensando en mí me enorgullezco, pensando en mí me aplaudo, pensando en mí me quiero, pensando en mí, me gusta este cuento de pensar en mí". "Soy la mujer de mi vida" "Enamórate de ti misma"; insisten los mensajes que aparecen constantemente en la pantalla de mi celular. Y pues no, definitivamente no participo en el festival del yo. Fui educada para conjugar el "nosotros". Aunque mi egoísmo pocas veces me lo permite, intento amar mi prójimo. No se trata de generosidad, sino de necesidad.

Necesito al otro. No se hicieron mis brazos para abrazarme, ni mis ojos para mirarme el ombligo. Me parece más interesante abrazar y mirar al otro. Acordar o disentir con él. "Ser nosotros es la plenitud y la delicia de lo humano. Por supuesto hay pasos que sólo el individuo puede dar, pero el mero avanzar por la vida es asunto de nosotros.

Nadie conoce todos los secretos y recovecos que tiene el vivir, yo menos que nadie, pero hasta yo adivino que la clave está en el nosotros, que es una delicia" (Fragmento de texto de nuestro inolvidable Germán Dehesa (Qpd).

Una caminata, una película compartida, es para mí más gratificante que caminar sola o mirar una película sin tener con quién comentarla. Mirarme y admirarme se parece bastante al onanismo, a la masturbación. Emprender el viaje alrededor de mí misma me aburre soberanamente. Ya me tengo muy vista. Nada más apasionante que ese otro que con su presencia, su atención, su amor, incluso con su indiferencia, su traición o su mentira, nos va modelando. Soy anticuada pero creo que sólo en nuestra relación con el otro nos vamos haciendo humanos. Basta recordar la apatía, el tedio, el desánimo, el aburrimiento, la ansiedad que nos provocó el confinamiento. No pensar en el otro, implica ignorar la labor de quienes encontraron la vacuna que ahora nos da una cierta seguridad. Los médicos y enfermeros que nos atendieron y hasta el imprescindible celular que nos conecta con el mundo. Estamos montados sobre una civilización hecha por otros, para nosotros.

Todos los días nos vemos afectados pero también beneficiados por las acciones de los otros. No es que piense que todo tiempo pasado fue mejor, mi nostalgia tiene que ver con ciertas formas de vivir impensables sin el otro. Hace muchos años me preguntó una de mi niñas, mamá ¿para que sirve la caballerosidad? Mira, le respondí: la caballerosidad es el refinamiento de algunos hombres para hacernos sentir especiales. Es un homenaje a la femineidad al que las mujeres correspondemos con la "damosidad", que consiste en embellecer el mundo masculino con nuestra mirada, atención, complicidad y compañía solidaria. (Conste que estoy hablando in illo tempore)

Entiendo que existen mujeres fuertes y autosuficientes que no necesiten al otro. Soy feminista y celebro y participo del espacio social conquistado tan duramente por las mujeres: la universidad, los negocios, importantes espacios en la política; aunque me descorazona ver que tal vez por falta de costumbre para ejercer la libertad, algunas siguen obedientes la voz del amo.

Mujeres preparadas, capaces, dignas como la señora Cordero, la Sheinbaum y muchas más que teniendo tanto que aportar, cada mañana madrugan para decir: "Si señor, lo que usted diga". Tal vez sea por falta de costumbre que no acabamos de asumir plenamente los derechos ciudadanos que históricamente se nos negaron y seguimos repitiendo el patrón de sometimiento que nos legaron nuestras madres. No me imagino sin la fuerte, categórica presencia de las mujeres que han sido música y acompañamiento en mi vida.

Eso no quita que sienta debilidad por los hombres sensibles, laboriosos, creativos, curiosos, que no se avergüenzan de llorar cuando el alma se los pide. Me reconozco incapaz de enamorarme de mi misma. Sigo creyendo que es la presencia de los otros lo que da sentido a mi vida.

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