Teté
Nuestro mundo

Teté

Nuestro Mundo

Solemos estar metidos en la vertiginosidad de la vida, nos parecemos mucho al conejo de Alicia en el País de las Maravillas que siempre veía su reloj y la angustia se apoderaba de él porque iba a llegar tarde, ¿a dónde? Quién sabe, el iba en una carrera contra el tiempo muy difícil de ganar.

De pronto nos comportamos como el hámster que se sube a su rueda y corre para que siga rodando, es tal vez una imagen que nos acerca al comportamiento irracional que se ve frenado de súbito por eso que nos dicen que se llama COVID. La tormenta perfecta, el ansia de una época que se cruza con la enfermedad. El parar es una orden para seguir vivos, parar del ir y venir desenfrenado, parar de estar en todos lados y en ninguno, parar de querer poseer, de dominar las redes sociales con las espectaculares fotos de los viajes más atrevidos, de las grandes comilonas que adormecen…

Y en una perfecta y armoniosa partitura subimos y bajamos emocionalmente, hasta que nos damos cuenta que necesitamos una pausa, que se manifiesta a manera de silencio en muchos lenguajes, que es lo que procede después de un punto y aparte, que es interrumpir lo que hacías o decías, que es el tiempo para tomar distancia de algo o de alguien, que es el espacio entre la inhalación y la exhalación.

La pandemia nos empujó a la pausa, no nos preguntó si queríamos o no, si estábamos dispuestos o congeniábamos con las acciones que ella sugería. También nos enseñó a estar en casa, a hacer malabares para cumplir con todo, a las mujeres particularmente nos obligó a desarrollar esta capacidad de ser multifase: mamás, esposas, hijas, amigas, amas de casa, maestras…de manera paradójica dejamos atrás un caos para inventarnos otro.

Es aquí donde Teté Domínguez Zarzar tuvo que reconvertirse. Con un trabajo disciplinado dentro de la escena plástica local, ella se empeña en ampliar su currículum y hacerse presente en concursos y espacios donde puede hacer crecer su carrera, pero, sus otros roles la llevan a pensar en su propio quehacer y sabe bien que el detalle llevado a la minuciosidad y la carga de simbolismos que identificaban su plástica tenían que pausarse, más no detenerse.

Teté abraza el caos y lo hace su aliado, de pronto establece tiempos para concluir sus obras y suelta la mano y suelta el corazón. Teté comparte algo que se refleja en cada uno de los cuadros que hoy se exponen: “Intenté conectarme conmigo misma decidí pintar lo que puedo cuando puedo”.

Los colores cambian, la paleta del detalle se reserva y surge la saturación, las texturas envolventes, la calidez. Es lo de todos los días lo que hacer vivir a sus lienzos, el óleo y de pronto el acrílico. Una concha de dulce, un fregadero con trastes por lavar, los tenis, la coladera, la taza de café, la caja de Amazon, el trapeador, el vaso… Teté en el espejo y su hija, rompen con un discurso pictórico donde los objetos reinan llenos de simbolismos.

Teté propone la representación de sensaciones y pensamientos con un enfoque de mujer que busca, que se contacta consigo misma y reconoce que esos procesos de introspección la llevan al conocimiento de sí y lo expresa cuando se pregunta. “¿Quiénes logran escuchar su interior cuando todo lo ocupa el ruido? ¿Cómo nos concentramos cuando estamos tan lejos de nosotros mismos?”.

Decía Hegel: “el individuo es hijo de su época por lo que nadie puede salir de lo esencial de su época, como nadie puede salir de su propia piel”.

Lo que nos ofrece Teté son las imágenes de sus pausas, su piel.

Los invito a recorrer la exposición donde lo que está colgado es mucho más que lo alcanzamos a ver, es congruencia, es intimidad y es una parte de sí por lo que a todos nos toca tomar la distancia adecuada para apreciar, hacerlo con orden y con profundo respeto a la artista. ¡Que disfruten!

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