El poeta y los testigos
Nuestro mundo

El poeta y los testigos

Esta novela de Juan Villoro deja claro que el papel de los testigos es tan importante que incluso Dios necesita de ellos.

Hoy sábado tendré el privilegio de presentar, dentro del Hay Festival, la nueva novela de Juan Villoro titulada La tierra de la gran promesa (Random House, 2021). Aunque en su momento abordaré los detalles de este nuevo libro, adelanto que puede ser leído como la contraparte de El Testigo, novela publicada por Villoro en 2004. Se trata de una exploración de los mitos y enigmas que nuestro poeta nacional, Ramón López Velarde, dejó tras de sí. Tomando en cuenta que este año se cumplió un siglo de la muerte del jerezano autor de La suave patria, releer esa novela resulta una estupenda forma de acercarse a su vida y obra.

La historia que cuenta El Testigo es la siguiente: luego de la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del año 2000, el país vive tiempos convulsos donde la sociedad se polariza: no sólo el futuro, también el pasado se pone a discusión. Villoro ubica al fantasma de López Velarde en el centro de una compleja red de historias que incluye, entre otros personajes, a un comandante de la PGR, una pareja de primos incestuosos, un escritor de thrillers, un publicista que muere en extrañas circunstancias y un magnate de los medios de comunicación que financia una novela sobre la guerra cristera. De este modo, la novela hurga en la biografía del escritor y al mismo tiempo en las entrañas de la nación: ¿cómo se estructura esa hipótesis en cambio constante que llamamos Historia?

La novela comienza cuando, tras veintitantos años en Francia, el profesor de literatura Julio Valdivieso vuelve a México. Deambula por la capital mientras vienen a su mente recuerdos ingratos: evoca, por ejemplo, el momento en que plagió su tesis, hecho que le envenena el alma desde hace décadas a pesar de que nadie ha descubierto su estafa. El asedio del pasado se acentúa cuando Valdivieso viaja a San Luis Potosí a una antigua hacienda donde se reencuentra con su tío Donasiano, un hombre habituado al desierto y entusiasta promotor de un descabellado proyecto: lograr que López Velarde sea canonizado por la Iglesia Católica.

Conforme avanzan los capítulos nos enteramos de que Valdivieso se mudó muy joven a Europa movido por un pacto de amor: él y una joven, atormentados por una relación imposible en México, acordaron migrar lejos de incómodas miradas (es decir, donde no haya testigos). El problema es que la amada nunca llegó a la cita y Valdivieso, movido por el despecho, decidió huir a un continente donde no acaba de encontrar su espacio.

En 470 páginas, Villoro explora una figura esencial en la literatura: el papel de quien está allí no para actuar, sino para ofrecer su versión de lo ocurrido. El atribulado profesor Valdivieso no es el único que está en la novela para dar fe. En esta novela los observadores juegan un papel central: desde el hombre que se excita al mirar a su esposa en la cama con otro, hasta la presencia —inadvertida muchas veces de mucamas, choferes y cocineras que registran en silencio la intimidad de sus patrones. El padre de Julio, un jurista destacado, pasa su vida estudiando la figura legal del testigo, y una conversación nos recuerda que en la poesía de López Velarde los perros juegan el papel de observadores: cuando el poeta cree estar a solas con alguna de sus enamoradas, los canes surgen como incómodos testigos en la noche”. El papel de los que miran es tan importante que incluso Dios necesita de ellos. (¿De qué sirve un milagro si no hay nadie que lo vea?).

Resultaría imposible abordar aquí todas las virtudes de esta extraordinaria novela, empezando por la maestría de Villoro para construir personajes entrañables, su envidiable oído para retratar distintas voces y su inigualable capacidad para establecer conexiones entre datos y en apariencia aislados. Una frase del Papa León XIII citada en la página 400 serviría para resumir en siete palabras la poética con que el maestro Villoro logra engancharnos con historias poderosas surgidas de la cotidianidad: lo de siempre visto con ojos nuevos.

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