José Ángel Navejas, tras los mitos de la migración
Entrevista

José Ángel Navejas, tras los mitos de la migración

La experiencia propia valida a José Angel Navejas para incrustar cada una de sus ideas sobre la migración en su libro Un mojado en Chicago y cuatro discursos inaugurales (Katakana Editores, 2021). Este no es un texto escrito desde la pluma de alguien que observa el fenómeno a lo lejos. Tampoco tienen cabida las crónicas de quien arriba a un lugar por poco tiempo y publica un trabajo cargado de prejuicios. Mucho menos es la historia de éxito de aquel que triunfó en suelo norteamericano a pesar de su infancia infestada de carencias.

La obra de José Ángel Navejas intenta desmitificar la imagen del migrante que construyeron los escritores de la élite literaria en México. Subraya que quienes renuncian a su tierra para instalarse en una ajena, son más que simples generadores de remesas. El migrante no deja de ser humano, de transcurrir entre las sensaciones de pérdida y novedad, de sentirse roto en el ejercicio de la supervivencia.

Oriundo de Guadalajara, Jalisco, el autor llegó a Chicago hace 25 años tras ser abandonado por el sistema educativo mexicano. Fue en este lugar donde se encontró con la literatura, uno de los accidentes más afortunados de su vida. La revelación acompañó su andar desde los restaurantes hasta su incursión en la academia, donde logró doctorarse en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois, siendo el primero en lograr este grado sin la protección del DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia).

Así, a pesar de sus estudios, Navejas mantiene su estatus de ilegal. En cualquier momento podría ser deportado a México donde todo su recorrido académico se invalidaría. Por eso este libro no busca retratar una historia de éxito y despoja al sueño americano de su corte televisivo.

¿Cómo el migrante que llega a Estados Unidos aprende a vivir en esta ironía de la que hablas en tu libro?

Una de las cosas de las cuales te das cuenta con el tiempo es que ya no perteneces a ningún lugar. Una vez que has migrado ya eres un ser que está fundamentalmente roto, porque parte de ti te exige y quiere que estés en tu lugar de origen; extraña las relaciones familiares, los amigos, el ambiente en el que creciste, tus raíces. Por otro lado, vives en otro lugar; tienes que acostumbrarte, tienes que vivir, tienes que sobrevivir en muchas ocasiones que, desafortunadamente, esa es la diferencia del inmigrante mexicano en Estados Unidos, que en muchas ocasiones lo que hacemos es sobrevivir y lo hacemos de mejor manera que en México porque existen más posibilidades aquí de hacerlo. Uno siempre vive como un ser diluido en el que ya no perteneces ni aquí ni allá. En mi caso particular, yo te puedo decir que eso para mí ha sido una de las grandes bendiciones, porque me ha permitido poder valorar el lugar donde vivo y el lugar de donde vengo, hacer un análisis de mi situación actual y de los casi treinta años que tengo viviendo en este país y darme cuenta de cosas que antes no veía, que antes se me pasaban porque no había tenido acceso a la educación en México, porque nunca cultivé la lectura por motivos sociales y económicos. Y te das cuenta de que esas son posibilidades que este país, por más que te oprima, sí te otorga. Existe entonces esa división dentro de ti, de que a pesar de que tienes toda deuda existencial con tu país de origen, también tienes esta otra deuda con este otro país. Pero a pesar de eso ninguno de ellos ha podido aportar o hacerle útil a una persona como tú, y hay millones de personas como tú en el ámbito que más importa que es el legal, de poder otorgar esa certidumbre legal para poder ser miembros ya plenos de la sociedad. Entonces, ese es uno de los grandes problemas y uno tiene que vivir con esa realidad todos los días, en todo momento durante 24 horas al día.

Mencionas que Chicago te dio el mejor accidente de tu vida adulta que fue encontrarte con la literatura. ¿Hubo algunos efectos secundarios de ese encuentro?

Hay muchos accidentes secundarios. Que yo sepa soy la primera persona en Estados Unidos en obtener un título de doctor en Letras, siendo indocumentado. Hay muchos jóvenes que ya han obtenido su doctorado pero ellos cuentan con la protección de DACA, lo que quiere decir que pueden trabajar y están protegidos de ser deportados; les garantiza una estabilidad social que yo no tengo. Eso me ha proporcionado la literatura, el saber que hay diferentes alternativas para definir tu gusto en la vida, para escoger una vida diferente, para abrirte a mundos a los cuales antes la entrada estaba vedada. El sistema educativo mexicano me abandonó siendo un niño. Últimamente he estado mucho en esto, en términos de sociedad de México. Sobre todo la política mexicana es algo sumamente perverso. Es una sociedad que permite que haya niños en la calle vendiendo chicles, vendiendo chocolates en lugar de que estén en la escuela. Eso en cualquier otro país del mundo es algo inconcebible, pero en México se ha normalizado de tal manera que ya ni siquiera nos damos cuenta de eso. La literatura me ha dado la posibilidad de darme cuenta sobre cuestiones como esta. Hay un error fundamental en la manera en que concebimos a la sociedad, a la niñez en México. Cuando decidimos que está completamente bien, que no hay ningún problema que los niños vayan y se ganen la vida.

Una de las posibilidades, una de las cosas que me ha dado la literatura es la libertad de poder ver objetivamente ese fenómeno social. Y también analizarme a mí mismo como persona moral, social, como lo que soy, como un individuo que vive en una condición de paria en ambos países. Si yo regresara hoy mismo a México siendo doctor en Letras, a mí no me contratarían porque en México es perfectamente legal discriminar por cuestión de edad y a mí, con casi cincuenta años, no me contratarían porque me falta experiencia, aunque tenga un doctorado (al menos de que tenga conexiones que yo no tengo). Esa es la manera en que funcionan las cosas en México. En Estados Unidos no me pueden contratar porque no tengo documentos legales. Así que todos estos son detalles que comparto contigo, porque la literatura me ha permitido darme cuenta de eso. Yo escribí otro libro que se llama Ilegal, publicado en 2014, que ha sido adoptado ampliamente por las universidades de Estados Unidos. Y para mí es irónico que las universidades estadounidenses lean mi obra pero que esas universidades no me puedan contratar. La literatura te da posibilidades infinitas de poder revalorar la sociedad en la que vives, reinterpretar la realidad y reimaginarla. Si no puedes cambiarla, si no puedes cambiar a toda la sociedad, puedes cambiarte a ti mismo y puedes cambiar la manera en que la ves y la concibes. Y a través de la literatura influir en tu círculo inmediato y no tan inmediato.

Antes de este accidente, ¿experimentaste algún tipo de vacío o de soledad en la gran ciudad de Chicago?

Vino después, fue mucho tiempo después, porque cuando descubrí la literatura fue un fin de semana que estaba desempleado. Apenas había llegado a Chicago a empleos temporales de una semana o dos. Y un día estaba caminando por las calles del suburbio donde vivía y me encontré con una biblioteca pública, porque ya tenía una noción de inglés. Entré a ese edificio y había un letrero que decía: “Libros en español” con una flecha que apuntaba hacia el sótano. Bajé y los vi, había personas que hablaban español porque es un suburbio donde hay una población mexicana bastante grande. Me dijeron qué era lo que tenía que hacer para sacarlos. Para mí era algo insólito entrar a una biblioteca, sacar libros y convivir con ellos semanas y semanas. Era algo que nunca había experimentado. Yo vengo de Guadalajara, que es la sede de la Feria Internacional del Libro (FIL), la feria más grande del mundo hipanohablante, donde los tapatíos no tenemos el derecho a la lectura. No tenemos el derecho de ir a la biblioteca pública y sacar un libro prestado. En cualquier lugar del mundo sería un escándalo, pero no lo es en Guadalajara. En fin, cuando fui a esa biblioteca saqué un libro. Yo vivía con muchas personas, parientes y eso, pero lo saqué, me lo llevé y traté de leerlo (vivía en un sótano), pero no entendía absolutamente nada. Yo sabía que estaba en español porque escogí deliberadamente libros de Carlos Fuentes, de Octavio Paz, de Elena Poniatowska o Jorge Luis Borges. Yo escogí el que pensaba que era el libro más fácil, tenía una sola palabra en su título: Azul, una obra de Rubén Darío, el poeta nicaragüense. Muchos años después, cuando hice mi maestría, me di cuenta de que es un libro sumamente difícil de leer porque iba a reimaginar la manera en la que los latinoamericanos nos relacionamos con el mundo y lo imaginamos. Te estoy hablando de una persona que tenía un gran conocimiento de la poesía contemporánea y antigua, que pudo reimaginar los mitos griegos y la literatura europea. En fin, él escribió un libro muy difícil que en mi ingenuidad me puse a leer en voz alta y no podría pronunciarlo. No podía enunciar las palabras escritas ahí porque él estaba inventando algunas de las palabras, pero también estaba hablando en un vocabulario casi, porque yo no entendía nada. Pero entonces te das cuenta de que tenía 21 años y había dejado la escuela cuando tenía 12 años. Es decir, que tenía el gran hueco de ocho o nueve años en los que en mi vida había leído un libro. No había entrado a una biblioteca nunca porque no era parte de mi cultura y de repente encontrarme con este libro en las manos era para mí cuestión de risa, porque no lo entendía. Había un mensaje que se supone debería haber entendido, pero que nunca pude entender. Muchos años después, cuando hice mi maestría en estudios latinoamericanos me di cuenta de esta gran ironía. Ya después, ese vacío del que tú hablas se fue agrandando. Me dí cuenta que entrar a la universidad abrió una brecha entre la persona que había sido (pobre, de clase obrera que había venido a Estados Unidos a lavar platos, a arrodillarme y restregar inodoros). De repente me convertí en una persona que se dedicaba a vender libros y que no podía conversar con mucha gente sobre los temas que encontraba, porque no podía comunicarme bien por una serie de factores. No podía comentarlos con mis familiares porque ellos no habían ido a la universidad. Y no podía comunicarme con otras personas porque no tenía el vocabulario para hacerlo. Incluso, una vez que ya lo había adquirido, no podía comunicarme con los jóvenes latinoamericanos que estaban haciendo la maestría conmigo porque, todos ellos, contaban con estatus legal y yo no, y lo último que quería era que empezaran a indagar en mi estatus porque no sabía lo que podía suceder, si me iban a deportar, me iban a delatar ellos y después iba a ver un proceso, en fin. Así es que se abrió un gran vacío en mí, pero no fue sólo por la literatura sino por mis condiciones sociales.

En tu libro haces una crítica a Carlos Monsiváis y a quienes han escrito sobre la migración desde una especie de palco. ¿Qué tanto crees que afecta a la problemática del migrante las percepciones de estos escritores?

Tocas un tema sumamente importante para mí porque, cuando estuve estudiando la literatura mexicana del siglo XX, una de las cosas que descubrí fue que había habido una serie de autores que habían comenzado a escribir sobre la figura del migrante mexicano en Estados Unidos y había entrado una especie de arquetipo: que éramos personas con sombrero, que veníamos a trabajar al campo, pero sobre todo que éramos desleales y que habíamos perdido nuestro rumbo moral al venir a Estados Unidos. Ese es un arquetipo que se repite una y otra vez cuando lees las obras, por ejemplo, de Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Octavio Paz o Monsiváis (quien tuvo la oportunidad de convivir con algunos de los escritores mexicanos en Chicago). Todos ellos, a lo largo del siglo XX, a partir de Manuel Gamio, fueron alimentando esta idea del mexicano como una persona itinerante que se va y viene, que no tiene una verdadera ancla, ya sea en Estados Unidos o en México. Esa es principalmente la imagen que he querido contradecir con este libro. Lo que veo es que nosotros no somos así, no somos itinerantes. Somos seres desplazados, somos desplazados económicos. Eso es lo que somos. Se nos ha expulsado de nuestro país de origen y se nos ha puesto en una situación legar bastante precaria, en un país que no nos pertenece, del que no somos parte y del cual podemos ser expulsados en cualquier momento. Son temas existenciales que ellos no toman en cuenta o si lo toman en cuenta siempre es, como tú dices, desde ese palco, desde la torre de marfil. Y es algo que sigue ocurriendo. Es algo que empieza a mediados del siglo XX, estamos en el siglo XXI y sigue ocurriendo. Se privilegia a las voces más privilegiadas, se favorece a las privilegiadas en medios como la Revista UNAM. Hace un par de años le dedicaron un volumen a la cultura mexicana en Estados Unidos y de todos los escritores mexicanos en Chicago no se incluyó a ninguno solo. Entonces, lo que termina pasando es que se convierte en un diálogo entre la élite literaria de la Ciudad de México y la élite literaria mexicana radicada en Nueva York, la cual está compuesta por personas como Valeria Luiselli, como Álvaro Enrigue, personas que vienen ya de la clase media en México, que vienen a Estados Unidos a hacer un doctorado (yo terminé haciendo lo mismo por motivos muy diferentes). Pero esas son las voces que siguen hablando de nosotros en Estados Unidos, articulando la realidad que vivimos sin conocerla o conociéndola desde otra perspectiva. Eso es lo que estoy tratando de decir en este libro. Este libro me dio la oportunidad para hacer un ajuste de cuenta con la literatura mexicana de los autores canónicos.

Sí, parece que no se ha captado esta idea que también mencionas en el libro sobre que “los migrantes son bastardos de una patria que los parió y que no supo qué hacer con ellos”.

Exacto, es como se nos ha visto. Se nos ha visto hasta ahora, como te he dicho, como personas itinerantes. Somos casi como una tribu nómada que va y viene, que de repente tiene historias espantosas por lo que a uno le pasa en Estados Unidos, pero no siempre es así. Nosotros de lo que hemos carecido ha sido de una base económica que pudo haber mantenido a nuestro país de origen. El problema ha sido ese, que hemos sido como una válvula de escape para que no explote la sociedad mexicana por las carencias que sufren. Y se nos ha condicionado a pensar de esta manera. Yo te lo digo porque es lo que pensaba desde muy pequeño. Yo veía que las personas a mi alrededor iban y venían, y esa era la trayectoria que algún día iba a seguir porque no había de otra, era lo que se acostumbraba en ese entonces y sigue siendo así, desafortunadamente. No ha habido todavía ese ajuste de cuentas, darse cuenta de que somos personas con necesidades y con una narrativa propia. No somos nada más los bastardos de los que hablo irónicamente en mi libro. Ahora todavía, incluso ahora que somos las personas que proporcionan buena parte del producto interno bruto para México, todavía no se nos reconoce nuestra aportación a la sociedad y a la economía mexicana. Es algo muy desafortunado que no sea así. Se nos ve nada más como aquellas personas que se fueron y mandan dinero, pero no, es algo verdaderamente importante que todavía no se puede valorar. En la política sólo hay una persona que conozco que se ha dado cuenta de esto, una persona en Guanajuato, Juan Hernández, una persona binacional de padre mexicano y madre estadounidense. Y él está mediando, está tratando de valorar en toda su dimensión cultural, económica y social a mediante. Él tiene un programa muy interesante con el gobierno de Guanajuato, pero de ahí en más, las entidades que captan la mayor parte de las remesas que nosotros mandamos a México como Jalisco o Michoacán, para ellos no existimos, desafortunadamente no existimos y es muy triste. Es por eso que hablamos, es por eso que he escrito este libro y ojalá que en algún momento llegue a leerse, para que se puedan dar cuenta de que somos más que generadores de riqueza, también podemos generar cultura y crítica social.

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