El valor de la atención
Nuestro mundo

El valor de la atención

Nuestro Mundo

Por estos días la falta de atención es común. Nuestra cabeza está en un lugar y el cuerpo en otro. Nuestra mirada pasa escaneando los objetos con una rapidez inusitada, el ruido de los villancicos, de las campanas del Santa Claus mal disfrazado, el bullicio de la gente, hacen que tampoco tu oído esté afinado. En serio, ¿creemos que esto es celebrar?

Los traslados son caóticos, los cruceros se llenan de vendedores, el calor nos obliga a encender el aire del auto, un día, de regreso de la oficina, cruzo el bulevar Revolución, alcanzo a oír una sirena, veo por el retrovisor, me doy cuenta que es una ambulancia, toco el claxon para que el de adelante se mueva, no me escucha, empiezan otros automovilistas a hacer lo mismo que yo, era un verdadero clamor auditivo el que generamos para abrirle paso al vehículo, me fijo que la señora que conducía iba conversando con quien la acompañaba, después de mucho, se da cuenta de lo que pasaba y por fin se mueve. Ella iba inmersa en su pequeño mundo

Un día entre semana acudo a un centro comercial, luce pletórico, el estreno de Spider Man congrega a muchos niños y jóvenes, me abro paso para llegar a donde pretendía, las personas se paran a ver aparadores sin tomar en cuenta que hay alguien que quiere seguir caminando, peor aún cuando llevan algo de comida en las manos. Logro ubicarme donde quería, alguien me saluda e intercambiamos buenos deseos, la caja donde debía pagar se llena, todos queríamos hacer lo mismo, con bolsas en las manos me era imposible no querer deshacerme de algo para tener un poco de libertad, la amabilidad de Fátima, la vendedora, me gana y calma mi ansiedad, cubro lo adquirido y me voy lo más rápido posible. Salgo y me dirijo a casa, una cuadra antes de llegar me doy cuenta que no traía el celular, perdí el aliento, controlé el pánico que me provocó saberme sin él, me regreso para tratar de recuperar mi bien más preciado, llego, re ando los lugares donde paré, por fin alguien me ayuda, sugiere consultar con la sala de monitoreo, de ahí proviene la información anhelada: “la señora guardó su celular en una de las bolsas de sus compras”. ¿Cómo? ¡Pero si busqué en ellas y no había nada! Vuelvo al auto y deshago las bolsas y por fin aparece el objeto del deseo. Sin duda, me ganó la mecanicidad, el automatismo.

Una querida amiga se ha visto forzada a cerrar ciertas habitaciones con llave, me comenta lo difícil de la decisión y los sobresaltos que ha pasado porque las más de las veces ¡no se acuerda donde las pone! Ha diseñado diversas estrategias y ni una le ha funcionado, al recapacitar sobre el hecho concluimos que no pone atención, que no es ordenada y no deja las cosas en un lugar específico de manera constante.

Y así vamos por la vida, estando sin estar, viviendo por encima, vemos sin ver, oímos sin escuchar, la atención está dispersa, pasamos de fijar los ojos en el otro, de descubrir en el lenguaje corporal de una persona sus dolores o sus angustias. Creo que estamos distraídos, ensimismados y llenos de barullo interno.

Paremos lo antes posible, ¿en qué momento entenderemos que no tenemos asegurado el mañana? Que debemos concentrarnos en cada experiencia, en lo que hacemos, disfrutar las miradas y prolongarlas hasta el corazón, atrapar en las manos el tiempo y hacer de él nuestro tesoro más preciado, no sé, igual ustedes creen que no es necesario hacer cambios y que vivir así tiene recompensas, lo admito, no todos pensamos igual.

Casi todo está en el terreno de lo cotidiano, pero eso, ¡es el milagro! Aprendamos a valorar aquello que no le damos importancia porque no tuvimos que vestirnos de gala o hacer esfuerzos extraordinarios para que tuviera lugar.

El valor del día a día radica en su simpleza, es ahí donde podemos extasiarnos con un amanecer, saborear la intensidad de una taza de café, escuchar un podcast con el permiso de no mirar el reloj, limpiar la plata heredada sin la urgencia de un compromiso, armar un rompecabezas fijando la vista para descubrir un color que indica su ubicación. ¡Pongámosle atención a la vida! Que no tengamos que lamentar que la vida pasó de largo y ni nos enteramos. La época es una invitación a ello, que las fiestas transcurran en el plano de la consciencia y con la atención puesta donde vale la pena. Que el milagro del nacimiento del Señor Jesús envuelva el regalo de la vida.

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