Luis Argueta: Guatemala y migración
Entrevista

Luis Argueta: Guatemala y migración

Corría el año de 1995 cuando por primera vez Guatemala logró postular un filme a la categoría de Mejor Película Extranjera del Premio Oscar. La mirada de Luis Argueta (1946), había enfocado de tal forma que El silencio de Neto (1994) fue el primer proyecto cinematográfico que realmente capturó la identidad y el acento guatemalteco.

La película abre ventana con las actuaciones de Oscar Javier Almengor y el fallecido Herbert Meneses. Se despeja la cortina de los fotogramas, aparece la Guatemala de 1954, justo en los últimos días del coronel Jacobo Árbenz Guzmán como presidente. El 27 de junio de ese año, un golpe de estado dirigido por Estados Unidos acabó con su gobierno. Argueta era un niño, pero las imágenes del suceso histórico se le grabarían como causalidad de sus problemas respiratorios.

Era una realidad que no se podía hablar o cuestionar, las circunstancias del toque de queda, problemas políticos y guerras nos tenían así, físicamente me creó la dificultad de respirar. Cada miércoles me iba de ´capiuso´ (escapaba de la escuela) para ir al cine, ahí fue donde podía respirar y encontrar la magia que me regalaba”.

Las palabras anteriores fueron emitidas la noche del 6 de octubre por el cineasta guatemalteco durante una clase magistral, en la edición 36 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG). Días antes, la Perla Tapatía fungió como escenario para que recibiera el Mayahuel de Plata por su trayectoria.

Con el silencio como como hostigador, el infante Argueta se tornaba rebelde ante las dinámicas prohibitivas de su hogar. Vivía en una Guatemala donde se callaba todo, cuestionar no era opción, pero las dos salas de cine que se encontraban cerca de su casa le dotarían de esa magia necesaria en todo prospecto de genio.

Más tarde el futuro cineasta se trasladó a Estados Unidos gracias a una beca. Allí estudió ingeniería industrial; al poco tiempo se percató del error. Entonces, eligió cuestionarse a sí mismo y sortear el incierto camino de la literatura, para luego realizar una tesis sobre el poeta y dramaturgo español Fernando Arrabal y reencontrarse con el cine. A su padre le costó comprender tal decisión.

Además de El silencio de Neto, el guatemalteco es autor de El costo del algodón (1977), documental que muestra la vida de los campesinos en la industria algodonera de Centroamérica. A su currículum también se anexan otras obras documentales como abUSAdos: La redada de Postville (2010) o Abrazos (2014), ambas con el tinte social del tema migratorio.

Un día después de su conferencia en el FICG, Luis Argueta aparece en la sala de un hotel de Guadalajara. Toma siento a contraluz de un ventanal que enmarca los edificios circundantes al centro comercial Midtown. Pregunta la localización de Torreón, se sorprende de que también sea tierra algodonera. “¿De verdad? ¿Tú sabes que hice un documental del algodón?”.

Argueta es protagonista del encuentro, se encuadra en plano medio y porta su chaleco de director. Trece días antes de que se celebre el 77 aniversario de la Revolución guatemalteca y a minutos de abandonar la ciudad, el cineasta ofrece una entrevista con la duración de un cortometraje.

¿De qué manera las imágenes de su infancia en Guatemala, tras la caída del gobierno de Árbenz, le hablan en este preciso instante? Sé que hay biografía en El Silencio de Neto y los recuerdos suelen narrar con acento silencioso.

He visto El silencio de Neto dos veces en el último mes: una aquí (FICG) y otra porque estoy enseñando un curso sobre identidad y cine en la Dominican University de Chicago. Entonces me doy cuenta del mucho cariño que recibí en mi infancia. A veces se enfatiza la opresión de la familia, algo que ocurre mucho (al menos en Guatemala)... la sobreprotección más que opresión. Pero como anécdota te digo que hay una escena en esa película, cuando los niños se están peleando por el dinero que el padre le deja al niño más pequeño, y que Neto se molesta mucho por la forma en que el hermanito le responde a la madre. Además, quiere afirmar su autoridad con el hermano mayor y se pelean. Esa es una escena totalmente biográfica. Tengo una hija de diez años, le encanta esa escena y a mí me trae un recuerdo muy importante; es el único momento en que vi a mi madre perder los estribos y era una mujer tan contenida que me dio mucho gusto que se desahogara. Para mí la película es eso: el desahogar, el tratar de sacar fuera los fantasmas de la niñez. Me trae esos recuerdos con mi hermano del alma, Justo Chan, con quien escribimos el guion, y varios de los actores (recientemente Herbert Meneses falleció). Aquí hay un monumento en movimiento a toda esa gente, pero no deja de contrastar esa niñez con la que está viviendo mi niña de diez años y, que después de vivir muchos años en Estados Unidos, me voy a Guatemala. Hay esa gran añoranza, ese gran cariño por las generaciones que ya no están, definitivamente fue un momento de pérdida de inocencia de los niños, pero más que todo del país y de Latinoamérica; ese evento marcó la historia de Guatemala, me refiero a ese golpe de estado patrocinado por la CIA y con el apoyo de muchos reaccionarios en el país. Marcó la relación Guatemala-Estados Unidos, pero también marcó la relación Estados Unidos-Latinoamérica.

¿Cómo se relaciona el silencio con las emociones de enojo, de protesta, al momento de realizar una cinematografía con tinte social?

No con suficiente enojo siempre. Siento que la represión, el habernos enseñado a no cuestionar las situaciones, el estatus quo, fue muy fuerte. El romper ese silencio lo hago deliberadamente, pero todavía con cierto rezago de la misma represión. Hay más que todo cautela, aunque creo que se logra. El hecho de que Neto al final pegue un grito en la cima del volcán y que la película en sí es una celebración del décimo aniversario de la Revolución de 1944, que no se dio porque el golpe fue antes. El 20 de octubre, que debería haber sido el décimo aniversario de la Revolución, no se celebró porque había ya un gobierno represivo en el poder. La película en sí es ese grito de protesta que rompe el silencio. No sé si con el enojo que debía tener, pero sí con la intención de que se escuche esa protesta y esa celebración al mismo tiempo de la libertad y la búsqueda de la palabra que rompe la oscuridad del silencio.

Años antes de filmar El silencio de Neto viajó a Estados Unidos. Luego, en 1977 regresó a a Guatemala para rodar el documental titulado El costo del algodón. En esa época, ¿cuál era el papel para abordar el tema de la migración?

Nada, nada, nada. Yo era un ignorante. Hago esa película no con mira a la migración interna, que sale reflejada ahí. En mi ignorancia no me doy cuenta de su significado hasta treinta y pico de años después, cuando voy a Iowa y confronto a la migración de frente. Allí hago la conexión entre lo que me dijo un trabajador del algodón en la costa sur de Guatemala en 1976, cuando le pregunté: “¿Por qué hace esto? ¿Por qué se expone a tantos peligros? ¿Por qué trabaja tan duro para ganar tan poco?”. Y me dijo: “De algo a nada hay mucha diferencia”. Esa misma pregunta se la hice a una mujer migrante que trabajaba en una fabrica destazadora de carne en Postville, Iowa; la respuesta fue la misma. Esa sinergia, ese gran paralelismo, me despertó. Tanto tiempo después me doy cuenta de que los migrantes me habían querido hablar treinta años antes y yo no les presté atención.

Otro de sus documentales es abUSAdos: La redada de Postville, localidad donde arrestaron a 389 migrantes, la mayoría de ellos guatemaltecos. ¿Cómo se empieza a relacionar de lleno con la migración? Tomando en cuenta estas especies de traslados, cuando a usted lo emplean como medio para compartirse mensajes entre ellos mismos.

Muy simplemente lo digo y tal vez lo he repetido hasta la saciedad: las historias de los migrantes, los migrantes en sí, a partir de ese viaje a Postville en julio de 2008, me tocan el corazón y me cambian la vida, porque siento una gran responsabilidad de transmitir al mundo las historias que ellos me confían a mí. Yo ya había empezado a hacer pequeños retratos de migrantes en Nueva York, Boston, Connecticut, Massachusetts, Long Island, Rhode Island, en la costa este de Estados Unidos, en una serie de internet que llamé Voces del silencio. Era una búsqueda por algo que me llenara el alma y el corazón de una forma que la publicidad, a la que dediqué veinte años, no lo hizo. Es esa conexión que se amplía grandemente al llegar a Postville. Es como descubrir mi vocación: contar las historias de los migrantes guatemaltecos.

En Abrazos (2014), toma de referente al fruto de la migración que son los niños nacidos en Estados Unidod, quienes gracias a un programa logran ir a sus raíces a conocer las tierras de sus padres e incluso se encuentran con algunos familiares que no conocían. ¿Qué reflexión le dejan estos infantes?

Aquí es la historia de catorce niños de padres guatemaltecos, padres sin autorización migratoria que viven y trabajan en Estados Unidos. Estos niños ya son nacidos allá y por lo tanto son ciudadanos norteamericanos que tienen una serie de derechos, por decirlo así, que sus padres no tienen, especialmente el poder viajar. Pero, aunque es una historia de guatemaltecos (claramente lo digo al final de la película), está dedicada a los 4.5 millones de niños que viven en familias de estatus mixto, niños que tienen ciudadanía pero en la cual alguno o ambos padres no la tienen, no tienen ni permiso de trabajo y por lo tanto viven una vida clandestina, en la cuerda floja. Entonces, creo que ahí se amplía el tema de la migración mucho más allá de los guatemaltecos.

Alguna vez mencionó que usted no entrevistaba a migrantes, sino a personas que le quisieron compartir su historia. En este contexto, desde Guatemala, país al que ha señalado de no tomar al cine con la seriedad de un dispositivo social, ¿qué tanto mito hay sobre la migración?

Es una pregunta muy amplia, complicada. Sí, llego a esa convicción de que no estoy entrevistando a migrantes, sino a personas, a individuos que me confían sus historias. Es en realidad la consecuencia del trabajo que hago y llegar a esa importante y básica conclusión de que los migrantes no son números, no son estadística, son seres humanos iguales que tú y yo, que sueñan y que son imperfectos, pero que son de gran energía, muy trabajadores, soñadores, son verdaderos empresarios de la esperanza. Esas son las consecuencias del trabajo que hago y es a través del cine que busco que otros los conozcan como individuos y tal vez experimenten un poco la transformación en ellos que yo he experimentado. Es eso, es simple, decir que por un azar del destino, por un azar de los dioses, tú estás en ese lado y yo estoy aquí, pero ¿cuál es la diferencia? Es un momento cósmico y espero que así como me he dedicado a estas historias, veo que otros cineastas que son importantes para ellos, por lo tanto para el país. Y espero que reconocimientos como este festival tan importante para la industria del cine latinoamericano y mundial, este reconocimiento a Guatemala, haga que más personas en posiciones influencia se den cuenta de que es esencial apoyar el cine como arte y como industria. Lo dije el día de la inauguración y lo digo ahora: André Malraux nos recordó que el cine no solamente aglutina todas las artes, sino que es una industria; da trabajos, trae divisas, supone ventanas para ver el mundo y puertas para que el mundo entre a nuestro país.

En las historias que le han contado los migrantes, ¿nota alguna especie de vacío o añoranza por la tierra? ¿Qué valoración de la vida percibe en ellos?

Definitivamente hay una gran añoranza por lo que han dejado. Por otro lado, en un momento de mucho enojo, le pregunté a un joven que había sido arrestado en Postville qué extrañaba de Guatemala. Él me dijo: ‘Nada. ¿Qué voy a extrañar? ¿El azadón?’. Creo que era un momento muy especial en su vida o tal vez sigue sin extrañarlo, por otro lado estaba en una situación muy difícil. Hay otras familias establecidas que se han asentado. Hay migrantes que sin autorización migratoria son dueños de casas y ellos siguen añorando. Como me dijo uno de uno de los hijos de los abuelos que van a conocer los chicos de Abrazos: “Yo lo que extraño extraño es darle un abrazo a mi padre. Podemos hablar por teléfono, nos vemos por Whatsapp, les mando remesas, pero lo que extraño es un abrazo”. Otra mujer de ese grupo dijo: “Bueno, yo no puedo ir, pero con mis hijos les mando un abrazo”. Hay abuelos y abuelas que dijeron: “Cuando me abrazó mi nieta, sentí que me estaba abrazando mi hija”. Entonces, no es el folclor que vemos en los anuncios de turismo lo que extrañan los migrantes, sino esa esencia de la familia, esas raíces. Yo me siento migrante y hace cinco años volví a Guatemala. Con todos los bemoles que tiene ese país, hay partes que me llenan mucho. El terruño te llama. En El silencio de Neto, el tío, en su lecho de muerte, le dice a su hermano: “¿Sabes por qué regresé, Eduardo?”. Y cita algo que supuestamente está en el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, pero que yo recuerdo haberlo visto en una versión que no he vuelto a encontrar: “Sólo donde hemos nacido podemos resucitar”. En un momento donde vivimos una globalización tan inmensa, donde estamos desparramados por todo el mundo, es difícil creer que eso sea verdad. Sin embargo, yo creo que tiene mucha fuerza y mucha verdad.

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