Rapsusklei, el hijo de La Magdalena
Entrevista

Rapsusklei, el hijo de La Magdalena

Desperté de ser niño:

nunca despiertes

Miguel Hernández

Para Verónica Rivera

A Rapsusklei (Diego Gil Fernández), el desierto mexicano le ha resultado similar a su hogar en España. Llega a Gómez Palacio tras viajar más de cinco horas por carretera para ofrecer un concierto. La noche anterior se presentó en Zacatecas. Por la mañana tomó un autobús y la ventanilla le sirvió de pantalla para contemplar cactáceas y cerros escasos de vegetación.

En un restaurante sobre el bulevar Miguel Alemán, el rapero español narra el paisaje de su tierra. Dejó Barcelona tras la pandemia y regresó a suelo aragonés para vivir en el pueblo de Magallón. Allí, entre viñas y campos de olivo, compró una casa que él mismo reformó gracias a sus conocimientos de albañilería. “Y hay momentos que es así, como ese tipo de roca que he visto”, señala el cerro de las Calabazas, manifiesta ser aficionado de la historia y conocer el pasado revolucionario de La Laguna.

Fue el tercer hijo de su familia. Nació el 18 de marzo de 1980, cuando el reloj apuntó las cinco de la tarde (el mismo día en que un paro cardíaco despedía al psicoanalista Erich Fromm). De pequeño vivió a las afueras de Zaragoza, frente a un campo de maíz; creció trepando árboles, bañándose en la acequia, escondiéndose entre mazorcas e higueras, rodeado de perros, gatos y otros animales.

“Mis padres tuvieron una época bastante hippie. Mi papá vendía artesanías y es pintor de cuadros. Mi madre es cocinera. Cuando cumplí cinco años me escolarizaron. No fui a guarderías ni nada, viví salvaje hasta los cinco años y ese es el porqué del Niño de la Selva; siempre andaba en la naturaleza y subía a los árboles. Mis papás tenían la casa ahí, pero también tenían un bar en La Magdalena, que no es un gueto, pero en los ochenta sí era feíto; estaba la delincuencia y la droga, lo que nosotros llamamos ‘caballo’, que es la heroína”.

La Magdalena es un vecindario de origen romano anclado en Zaragoza, al sur del río Ebro, revestido en los últimos años con fulgor cultural, en pasadas décadas fue una zona marcada por la presencia de yonquis y delincuentes. Rapsusklei vivió allí, pasando los días bajo un portal de la avenida Universidad, frente a muros tapizados con grafiti, a escasos metros de la iglesia de La Magdalena y su imponente torre mudéjar que señala al corazón del barrio.

Zaragoza se alimentó del hip hop que emanaba la base aérea estadounidense instalada en tiempos franquistas. Diego comenzó a rimar a los 10 años. Integrante del colectivo Fuck tha Pose, su discografía arroja más de 20 maquetas, tres álbumes de estudio con el productor Hazhe, uno con Flow Fanatics, otro con Juaninacka y Sharif y cuatro en solitario; uno nuevo está en puerta. La clave de su vigencia es poética de lo inexistente.

“Pues es que no tengo clave. Lo que tengo es un desastre en el corazón que no me deja salir de ahí. Soy así. Soy una persona melancólica. También me gusta estar de broma todo el día, me encanta estar feliz, pero hay una parte de mí que me duele; la vida me duele desde niño”.

¿Cómo fue tu crianza en el barrio de La Magdalena?

Mi abuela, que en paz descanse, vivía en La Magdalena. Era el barrio de mi padre. Digamos que en los sesenta o setenta empezaron a llegar los gitanos, que es una etnia muy afincada en España. Mi padre se crío con ellos, empezaron a vender, eran comerciantes, eran zíngaros dando vueltas y se afincaron allá en La Magdalena. Muchas veces he ido con los hijos de quienes se criaron con mis padres. Es un barrio de gitanos y los payos somos nosotros, los blancos, los güeritos. Fue muy bonito, me he criado allí desde 1981, cuando mis padres tuvieron el bar, hasta que me fui de Zaragoza a vivir en Barcelona.

Allí te abordó el hip hop que salía de la base aérea, ¿cierto?

Sí, el hip hop venía de allí, de la base americana. Como venían afrodescendientes, pues lo trajeron. Entonces, no sé cómo llegó a La Magdalena, pero ya había algún grafitero, algún skater que sabía de hip hop, había algún mc, pero pocos. Los mc’s ya venían de otros barrios, eran un poco más acomodados y digamos que La Magdalena en los ochenta fue duro, un minigueto.

En una metáfora, ¿qué tienen las aguas del Ebro que en sus riberas han germinado tantos raperos?

No lo sabe nadie. No sabemos por qué en Zaragoza siempre se ha fijado más en la lírica. Al igual que Sevilla, donde eran muy de flow porque tienen ese sazón sureño, nosotros vivimos en medio de un valle algo desértico. Pero a la vez lo literario, lo artístico siempre ha estado muy instaurado. Ha habido grandes poetas, grandes pintores, el bailarín más importante de ballet clásico (Víctor Ullate) es de Zaragoza. Siempre ha habido cultura, entonces nosotros tiramos por la vertiente más lírica. ¿Por qué? No lo sé. La base americana sí hizo que llegase el hip hop, pero ¿por qué rebuscamos tanto en la lírica más que en el flow al principio? No tengo ni idea, nadie lo sabe.

Nanas de la cebolla

El 28 de marzo de 1942, tres años después de que terminara la Guerra Civil en España, el poeta Miguel Hernández murió en la enfermería de la cárcel de Alicante. Tenía apenas 32 años y estaba condenado a cumplir otros treinta en prisión acusado de militancia comunista. El azote de enfermedades, el hambre, la tristeza y la impotencia de no poder auxiliar a sus seres queridos, terminaron por doblegarlo.

A punto de cumplir 29 años, le fue entregada una carta. El remitente era su esposa, quien acababa de parir a su segundo hijo. Notificaba que sólo tenían pan y cebolla para comer. La noticia conmovió al poeta. Escribió Nanas de la cebolla, quizá su texto más célebre. En 1972, Joan Manuel Serrat grabó el poema y lo incluyó en un álbum homenaje a Hernández. A mediados de los ochenta, el niño Diego Gil Fernández leía la poesía del alicantino en una cocina de Zaragoza.

En el bar de tu familia, tu madre te hacía leer poemas, entre ellos Nanas de la cebolla de Miguel Hernández. Cuando encuentras la poesía, ¿cómo te nutre artísticamente?

Yo tenía seis o siete años, todavía no era ni calle. Mi mamá es cocinera y por desgracia le tocó levantar la familia. Entonces tenían el bar, mi madre trabajaba doce horas y a nosotros nos metían en el colegio, incluso comíamos ahí. Del cole nos íbamos a casa y ya. Cuando nos mudamos a La Magdalena, yo me crié en la cocina con mi madre. Cuando mi madre cocinaba, hablaba con ella y a veces me decía: ‘Toma, lee este libro’ y le hacía mucho caso, la verdad. Básicamente es eso, me dio sus libros de poesía, aprendí, pero… no sé, tampoco leí mucho de niño y aún era muy pequeño para mezclarme con la jerga callejera. Pero es verdad que pronto, a los ocho o nueve años, ya escribía. Cuando en el colegio te dicen: “Hoy vamos a hacer una poesía. ¿Sabes lo que es la poesía? ¿Sí? Hay que rimar esto”. Me inventé la historia de una abeja con un mosquito, una vaina así, y todo lo rimaba. Allí hay una historia bastante poética. Luego había libros del cole que rimaban. Había uno que era El Pirata Garrapata o Fray Perico y su borrico. Todos rimaban y a mí todo ello me atraía. Cuando conocí el hip hop y vi que eso se rimaba a ritmo, sin querer, con nueve o diez años, ¡pum!, escribí.

Llama la atención que leías el poema de Hernández en una cocina, cuando este versaba la hambruna que sufría su familia mientras se encontraba encarcelado.

Estaba encarcelado, de hecho murió de tuberculosis por la cárcel, porque era un tipo de izquierda, la dictadura y la guerra que hubo en España… por eso también me lo inculcaba mi madre, porque a mis dos abuelos les tocó esa guerra.

El tambor de hojalata

Al finalizar el verano de 1952 —mientras viajaba del sur de Francia hacia Düsseldorf—, el escritor Günter Grass observó en un café a un niño de tres años que portaba un tambor de hojalata. Al autor le interesó la entrega ensimismada del niño hacia su instrumento y su manera de ignorar el mundo adulto.

El hallazgo permaneció guardado en su memoria, hasta que en 1959 publicó la novela El tambor de hojalata, cuya historia se centra en Oskar Matzerath, infante que a la edad de tres años renuncia a crecer y que, gracias a su tambor, puede esbozar episodios del pasado que no presenció. En 1978, la obra fue llevada al cine por Volker Schlöndorff y Rapsusklei escribió una pieza con la misma temática para Hijos de puta para todo (2004), álbum publicado en conjunto con el productor Hazhe.

En Hijos de puta para todo, incluyes una canción denominada El tambor de hojalata, clara referencia a la obra de Günter Grass: el discurso del niño que renuncia a crecer. En ese momento, ¿cómo te encontrabas con ese niño? ¿Existía alguna deuda?

Ostias, no lo sé. Yo era un niñato, no estaba bien conmigo mismo, estaba en un pozo. Entonces sí, mi niño siempre ha estado ahí, pero en esa época fumaba mucho, me había drogado y necesitaba tirar de esa infancia, que no sabía si había disfrutado tanto. Siempre pensé que no fui feliz de niño, pero cuando me hice adulto vi que sí, que sí lo había sido. Hubo faltas, pero bueno, creo que esa deuda con la niñez la tengo siempre. En esa época no me daba tanta cuenta, pero la tenía.

¿De qué manera vivías esa deuda con la infancia?

Tenía depresiones, rocé la locura, rocé momentos críticos en mi vida, no esquizofrenia pero sí depresiones. Supongo que buscaba en esa niñez la fuerza que tuve. Y como la niñez estuvo muy acompañada de la naturaleza, siempre rebuscaba ahí. De hecho, empecé a viajar mucho a la naturaleza o incluso a ciudades, pero solo. Eso me ayudó mucho para desarrollarme, porque a la larga estabas solo y tenías que buscarte la vida. Eso me ayudó para ser más adulto, pero todavía creo que seguía siendo muy niño, incluso con 24 años cuando salió Hijos de puta para todo.

De corazones, lágrimas y sonrisas

Rapsusklei ingiere alimentos tras una prolongada rueda de prensa. Ha pedido una hamburguesa de coliflor. Desde hace años es vegetariano y habla con orgullo del menú aragonés: la fritada, el arroz, las judías verdes. Atrás ha dejado la depresión para enfocarse en disfrutar la vida y ser más consciente de su existencia.

En 2010 publicó Pandemia, su primer álbum solista. También se despojó la imagen rasta que lo caracterizaba de joven. Tras irse de Zaragoza sus letras tomaron matiz distinto; dejaron de ser oscuras, aunque la melancolía permaneció. Hace unos días, publicó en redes sociales que Raúl Esco, amigo suyo y dueño de un bar zaragozano —donde solía reunirse la comunidad hip hop—, había fallecido. En el breve texto llamó a dejar las etiquetas y entender que no hay nada más real que la vida misma.

Has mencionado que amas y odias Zaragoza, ¿qué relación tenías con la ciudad antes de mudarte a Barcelona?

Era esa relación amor/odio, pero ya te digo, yo estaba en un pozo. Creo que dejar los porros, dejar una relación tóxica tanto para ella como para mí, dejar Zaragoza, me vino increíble, hermano. Me hizo madurar, me hizo madurar mucho. De hecho, Zaragoza es una ciudad muy cerrada y de momento era bastante famoso en ella. Incluso, fuera del hip hop, iba a cualquier lado, ligaba con una chica y todo el mundo se enteraba. Era como: “Ostia, no puedo vivir, es una ciudad pequeña, muy pueblerina, muy del qué dirán y muy del señalar con el dedo”. Y yo siempre he sido todo lo contrario. Si tengo que llorar en tu cara, lloro. Si tengo que hacer algo no quiero ocultar mis sentimientos. Encima mi calle la pusimos muy de moda por los bancos y cada vez que abría el portal había gente ahí. No tenía intimidad, vivía en el pozo, me sentía muy mal por muchas cosas que había hecho; como estaba en un pozo no era todo lo consciente que me habría gustado ser. Necesitaba centrarme. Amo Zaragoza, la amo. Es una ciudad pequeña, con prejuicios, con complejos y que necesita madurar, pero hay muchas cosas increíbles también.

En Pandemia, el tema de la soledad aparece en varias canciones. En esta soledad, que en ocasiones es un espacio de creatividad, ¿cómo te encontrabas?

Siempre he sido muy solitario. Ahora me he ido a un pueblo de 800 personas donde no tengo compas, porque es un pueblo pequeñito y nunca me he criado ahí. Puedo estar tres meses encerrado en mi casa, sin nadie. Como digo con mi hermano Leo: somos insociables muy sociables; nos toca hablar contigo, hablar con aquel y tal, pero puedo estar encerrado tres meses con mi música. La soledad es súper necesaria en mi vida. Si estoy una semana contigo necesito mis momentos o, por ejemplo, ahora que estoy de gira, necesito momentos donde tengo que encerrarme y estar conmigo mismo. Es sanador para mí. La soledad es sanadora. Otra cosa es cuando la soledad viene sin querer, al dejar una relación o irse alguien querido, eso es muy duro. Pero si has aprendido a convivir con la soledad por ti mismo, siempre será más llevadera.

¿Coincides con la frase de Jorge Luis Borges que abre tu álbum Curso básico de poesía (2014): “La tarea del arte es esa, transformar lo que nos ocurre continuamente…”?.

Claro que sí, es una transformación. De hecho, de adentro para fuera ya es una transformación. A mí me ha salvado. Toda la negatividad... cuando estaba mal escribía que estaba solo, pensamientos suicidas y mierdas de esas. Lo que hacía era sacar todo lo negativo y eso me curó. Cuando estaba con depresiones me curó la música y el viajar a la naturaleza. Eso es una transformación increíble.

¿Y qué decir del fragmento de Illusions de Cypress Hill que decora en la canción Barcos de papel? ¿Qué ilusiones te motivan ahora?

Esa canción me influyó un montón. El tercer disco de Cypress Hill, Temples of boom, que de hecho me lo regaló Sharif y Óscar, fue mi primer disco compacto, porque todo era en casete. Entonces me influenció cuando salió la versión en castellano. Nadie había hecho en castellano un ritmo, una voz, un estilo así y la letra está bastante bien. Me influyó mucho y, encima, en Barcos de papel hablo un poco de eso. Las ilusiones que tengo es seguir haciendo música, más profunda todavía, pero como voy a doc con los tiempos me tendría que encerrar cuatro meses solo, sin internet, sin nada, para desarrollar lo que en verdad quiero hacer. Al final no lo consigo; voy tirando y hago canciones, pero quiero algo más profundo, más poético, que te llegue al alma. Las ilusiones que tengo es hacer eso y viajar por todo el mundo, sobre todo a Latinoamérica, rapeando, esa es mi gran ilusión... y ser feliz también.

En rueda de prensa mencionaste que de alguna manera te sigue doliendo la vida, tras esta pandemia, que curiosamente llegó en el décimo aniversario de tu primer álbum solista, ¿cómo vives ese dolor y valoras el presente?

Así como soy doloroso, estoy muy agradecido con la vida y me doy cuenta de que tengo mucha suerte, eso lo agradezco cada día, de verdad. No rezo ni hago ningún culto, pero lo tengo presente porque vivo de lo que me gusta, viajo, me he quitado muchos prejuicios, muchos complejos. Vivo la vida. He pasado tanto dolor en mi vida sin llegar a estar loco. Yo creí que sí me iba, pero cuando te das cuenta de que estas pasando un momento mal es que no estás loco, estás en una depresión. Un loco no se da cuenta de que está loco. Cuando notas que estás en un momento malo, no es locura, es depresión. Entonces, como he sufrido tanto —por amor, por miedo, por no saber adaptarme a la sociedad—, llegó un momento en que exploté y dije: “Ya no más, ya no quiero dolor”. Cuando estoy en una relación con una mujer y empiezo a notar que puede haber toxicidad o dolor, cierro, ya no quiero más dolor en mi vida, porque eso puede hacerme ir a mis demonios y no quiero estar ahí. Así lo enfrento, viajando, escribiendo, eso me hace feliz, los pequeños momentos de felicidad. Mira, en esta semana se murió Raúl, ayer una amiga de mi última relación fue asesinada a cuchillazos. Entonces, como para estar discutiendo por una tontería de pareja o de amigos… no, hermano, hay que intentar disfrutar porque mañana te vas.

La noche del 5 de diciembre, el también llamado Niño de la Selva apareció en el escenario de un bar en Gómez Palacio. Disparó rimas, gritó, desbordó energía y agua; en los pasajes menos densos recitó su poesía. Luego bajó a la zona general y fue abrazado por la euforia del público lagunero.

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