Las miradas de Troya
Arte

Las miradas de Troya

Un recorrido pictórico por el mito milenario

Siete años han pasado desde la caída de Troya y Eneas arriba a Cártago, tras sufrir el acoso de la diosa Juno. Venus, su madre, intercede para que Cupido haga que Dido, reina de Cártago, se enamore de Eneas y le otorgue su hospitalidad. El héroe troyano se encuentra en un bosque junto a su acompañante Acates. Ambos llegan al templo de Juno, en cuyos relieves se pueden ver pintadas escenas de la batalla de Troya.

Eneas contempla los frescos, las lágrimas invaden sus ojos y se dirige a Acates: “¿Cuál lugar, qué región hay en la tierra adonde no haya llegado la fama de nuestras desventuras?”. Luego lanza el que quizá sea el verso más difícil de la Eneida, obra escrita por el poeta latino Virgilio: Sunt lacrimae rerum, et mentem mortalia tangunt (Hay lágrimas de las cosas y lo mortal conmueve el alma).

Según la traducción de Eugenio de Ochoa y Germán Salinas, publicada en la colección de clásicos de Jackson (1968), Eneas observa a Príamo, rey de Troya. También aparece Aquíles, el mítico guerrero griego, conduciendo su carro y portando un penacho. En otra sección el príncipe troyano Troilo, ya sin armas, huye y se empeña con Aquiles en desventaja. Mientras que las troyanas se dirigen al templo de Palas para llevarle ofrendas en medio de suplicas. De igual forma, Eneas reconoce el cadáver de Héctor, hijo de Príamo, al cual Aquiles arrastró por las murallas de Troya. Al final, también logra verse a sí mismo entre los príncipes aqueos.

El relato de Virgilio es quizá una de las primeras referencias sobre las representaciones pictóricas de la Guerra de Troya, un evento bélico entre mito y realidad que se habría efectuado entre 1194 y 1184 a.C. Los griegos se valieron de la Iliada y la Odisea del poeta Homero para generarse identidad. Era común que representaciones de estos poemas aparecieran en los sepulcros. Las tumbas de Monterozzi son un ejemplo.

En siglos más recientes, grandes artistas como Peter Paul Rubens, Juan de la Corte, Enrico Fanfani, Claude Lorrain, Jacques Louis David, Franz von Matsch, entre otros, también han empleado su talento para representar las imágenes surgidas del mito.

El fresco de la necrópolis

Tarquinia es un antiguo pueblo ubicado en la regió italiana de Lacio. Parte de su patrimonio cultural es la necrópolis etrusca de Monterozzi. En la cima de una colina se divizan montículos que acentúan el relieve verde. Son tumbas, la última morada de los muertos.

En La imagen que nos falta, el escritor francés Pascarl Quignard relata una expedición a este lugar. Señala la Tumba de los Toros (descubierta en 1892) como el hogar del fresco más hermoso del mundo antiguo. Aunque está en Italia, es obra griega. La imagen, bajo los toros, muestra a Aquiles y al príncipe Troilo. Quignard señala que la imagen debe leerse de derecha a izquierda.

Troilo cabalga su caballo, con la mano derecha toma las riendas y con la izquierda sostiene apacible una lanza. Se dirige al poniente, para que el animal beba en una fuente. El montículo bajo el caballo representa un sol hundido, por eso se define la hora: el atardecer.

En la izquierda, Aquiles se oculta detrás de una columna. Asecha. Se trata de una emboscada. Le dará muerte a Troilo. Las profecías tenían atado los destinos de Troilo y Troya: si Troilo llegase a morir, Troya quedaría indefensa. Por eso la diosa Atenea convenció a Aquiles para matarlo.

La tesis de Quignard dicta que en toda representación hay imágenes que faltan (el hombre nunca verá su nacimiento ni su muerte). En el caso de esta emboscada hay dos: la muerte de Trolio y la caída de Troya. El asesinato de Troilo fue aquello que se desbordó por ojos de Eneas en el templo de Juno.

La perspectiva de Juan de la Corte

Eneas también aparece en una pintura de Juan de la Corte (artista español). La obra está resguardada en la colección del Museo del Prado, en Madrid. El pintor plasmó el óleo sobre un lienzo durante la primera mitad del siglo XVII.

El incendio de Troya tiene colores lúgubres, se trata de una noche. Muestra la caída de la ciudad después de que los troyanos lograsen entrar gracias al engaño de un caballo de madera. Troya arde en la imagen y las llamas iluminan el cuadro. En la parte izquierda se consume un palacio de donde sale Eneas cargando en hombros a su padre Anquises. Detrás aparece su esposa tomando la mano de su hijo, Acanio. Mientras griegos y troyanos combaten bajo el Caballo de Troya.

Anquises se aferraba a sus recuerdos y se negaba a abandonar Troya, su tierra, su patria. Tuvo que ser convencido por Eneas, su hijo, quien lo cargó para salvarlo de la muerte. El pasaje aparece en el libro II de la Eneida:

Abstraido en estos recuerdos permanecía inmoble y fijo en su resolución. Mientras nosotros, todos bañados en lágrimas, mi esposa Creusa, Ascanio y la servidumbre entera, le suplicamos que no nos haga perderlo todo por su causa, ni quiera agravar el peso de nuestro destino; pero él se niega y persevera apegado en su propósito de no moverse de aquellos sitios”, recita Eneas.

Anquises representan un ciudadano dispuesto a morir en su tierra. Entregarse al exilio haría llagas en su orgullo. Sin embargo, es convencido por su familia: “Si es voluntad de los dioses que nada que de de una ciudad tan poderosa y estás decidido en añadir la perdición de Troya a tu perdición, y la de los tuyos, abierta tienes la puerta para que prezcamos todos”. Anquises se resigna, acepta a huir con los suyos y convertirse en desterrado.

Juan de la Corte tiene más obra inspirada en la caída de Troya: El rapto de Helena y El caballo de Troya, esta última muy similar a El Incendio de Troya, pero con el equino de madera más acentuado. De la Corte fue conocido por llevar al lienzo diversas temáticas mitológicas.

El fresco de la humillación

En 1890, Isabel de Baviera (entonces empretatriz de Austria y reina de Hungría), mandó a construir el palacio del Alquileón en la isla de Corfú, Grecia. Allí el artista Franz von Matsch pintó en el salón principal un fresco: El triunfo de Aquiles, representando la victoria de Aquiles sobre Héctor, pues la arquitectura del palacio está inspirado en el héroe griego.

La imagen es movimiento puro. Ante los muros de Troya, Aquiles arrastra con su carro el cadáver semidesnudo de Héctor. Es su venganza por la muerte de Patroclo (el troyano lo mató al confundirlo). Ha descargado su furia sobre el cuerpo mancillado y desfila a galope y rueda mientras alza el casco del príncipe troyano. Es la humillación de Troya. El rey griego Agamenón también aparece en segundo plano, observando la acción.

La traducción de la Iliada de Luis Segala y Estalella, publicada en la séptima edición de los clásicos de Grolier (1982), narra: “Para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones detrás de ambos pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y le ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando; luego recogiendo la magnífica armadura, subió y picó a los caballos para que arrancaran y ellos volaron gozosos”.

Aquiles no sólo asesina al asesino de su amante Patroclo, también termina con el máximo líder troyano en el campo de batalla. El hecho de arrastrar al cadáver no sólo es la culminación de una venganza, sino también la humillación dada ante las puertas de la nación contrincante.

En tiempos bélicos siempre es útil retornar a los relatos del ayer y evaluar las consecuencias de los conflictos armados. Fuera de su poética y mitología, la Iliada, la Odisea y la Eneida, son textos que relatan la caída de un pueblo consumido por la desgracia y las malas decisiones de sus líderes, de personas orgullosas de su nación obligadas a exiliarse.

Eneas y su gente vagaron durante siete años para poder asentarse en un suelo nuevo. Fueron personas sin patria, invadidos de lágrimas por la suerte de Troya. Sin embargo, el exilio les permitió conocer otra tierra, quizá más fértil que las arenas del mar Egeo. Según el mito, la descendencia de Eneas fundó Roma, que a la postre sería el imperio más grande del mundo y la cuna de la actual cultura occidental.

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