Élmer Mendoza: contar lo de uno
Nuestro mundo

Élmer Mendoza: contar lo de uno

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Nadie puede escribir una novela si antes no ha leído quinientas, advirtió el maestro Élmer Mendoza la noche del 26 abril de 2012 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en el corazón de la Ciudad de México. El autor ingresaba esa noche a la Academia Mexicana de la Lengua. A punto de cumplirse una década exacta de aquella ceremonia, conviene recordar su discurso de ingreso: bajo el título Contar lo de uno, hizo una poderosa defensa del oficio en la que resumió lo aprendido en treinta y cinco años como escritor.

Desde la aparición de su primera novela, Un asesino solitario (1999) Mendoza se ganó un sitio destacado en nuestra literatura. Hoy su obra comprende trece novelas, incluidas las seis protagonizadas por Édgar El Zurdo Mendieta con títulos como Balas de plata (2007), Besar al detective (2015) y Ella entró por la ventana del baño (2021). También ha escrito dos libros de cuentos y tres novelas juveniles: El misterio de la orquídea calavera (2014), No todos los besos son iguales (2018) y La cuarta pregunta (2019). Menos publicitados, aunque no menos importantes, son sus antecedentes como dramaturgo, cronista y como profesor de Literatura del Renacimiento en la Universidad Autónoma de Sinaloa, además de sus iniciativas para promover talleres literarios y grupos de lectura en centros culturales, colonias periféricas y centros de reinserción social.

Pero volvamos a aquella noche de abril. Bellas Artes, sala llena: luego de reconocer en James Joyce a uno de sus héroes literarios, el maestro de Culiacán hizo un recuento de sus aprendizajes más significativos a lo largo de su carrera. Tres décadas y media de experiencia resumidas en tres consejos. El primero, a la vez sencillo y duro, se lo debe a Fernando del Paso: hay que tomar el toro por los cuernos. La frase es un llamado a la disciplina y la constancia. “Crear a pesar de todo: de mis limitaciones, el cansancio, falta de método, incultura, debilidades físicas, modas”. “Escribir, escribir, escribir”, recomendó Mendoza después de recordar que a Del Paso le llevó una década terminar cada una de sus monumentales novelas.

El segundo consejo lo escuchó de un personaje incluido en Mi Daguestán, novela de Rasul Gamzátov. En cierto momento leemos cómo Abutalib, poeta analfabeto de ochenta años, acepta trabajar con un joven escritor repudiado por la oficialidad. Cuando el comisario del pueblo le pregunta a Abutalib por qué le ayuda al muchacho, el anciano contesta: “porque él ha escrito una línea que nadie ha escrito”. Ándese paseando.

El tercer consejo le llegó a Mendoza en un restaurante a pie de carretera camino de Mazatlán; se lo dijo Gonzalo Celorio mientras desayunaban machaca: hay que tener voluntad de estilo. “En Los Mochis plebes bichis juegan a la bolichi con las cuachas de las tochis”, declaró aquella noche en Bellas Artes frente a los académicos, y aunque seguro para algunos la frase resultó un enigma, apuesto doble contra sencillo a que todos apreciaron la música que contienen esas quince palabras. Allí, en la musicalidad que surge de aquello que Flaubert llamaba la palabra exacta, se cimenta buena parte de la voluntad de estilo del maestro. La oralidad es un territorio espinoso”, sentenció Mendoza antes de compartir su método para encontrar el sitio preciso para cada palabra.

Estos tres consejos son apenas el principio de lo que Don Élmer dijo aquella noche: también abordó los tres momentos clave en la formación de todo artista (según Louis Armstrong) e incluso se internó en aspectos técnicos como la importancia de crear el ambiente propicio para cada relato, la construcción de diálogos fluidos y la experiencia “a la vez linda y horrible” de ser uno de los autores que a inicios de siglo encabezaron aquel movimiento catalogado como “literatura del norte”.

El discurso completo puede descargarse de manera gratuita en el repositorio de la UNAM, en esta liga: http://www.librosoa.unam.mx/handle/123456789/595

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