La conectividad
Opinión

La conectividad

Jaque mate

Una de las fortalezas del ser humano es la conectividad. No somos animales gregarios como las hormigas o las abejas, no vivimos nada más para la comunidad. Tomamos decisiones individuales y podemos vivir solos sin problema. Nuestras mayores fortalezas, sin embargo, salen a relucir cuando colaboramos y sumamos nuestras inteligencias y nuestras capacidades. Para eso, sin embargo, necesitamos estar conectados.

Los hombres de Neanderthal eran una especie hermana que vivió desde hace 230 mil años para desaparecer hace 40 mil. Pertenecían al género Homo, como los sapiens, y podían procrear con nuestra especie, como lo revela el hecho de que tenemos todavía algún porcentaje de ADN neandertal. Los neandertales eran inteligentes. Su capacidad craneana era incluso superior a la nuestra. Estaban mejor adaptados a los climas fríos de Europa. Pero los vestigios de sus asentamientos revelan que, al contrario que el Homo sapiens, no comerciaban con otras comunidades. Eso hizo que fueran menos innovadores que los humanos, que al final los derrotaron y los absorbieron.

La capacidad de comerciar es una de las características más importantes de nuestro gregarismo. Los humanos hemos construido una mejor capacidad de sobrevivir porque al comerciar mejoramos no solo los productos de nuestra vida cotidiana, sino que intercambiamos ideas. Pero para eso necesitamos conectividad.

El comercio ha sido una de las actividades más notables de las comunidades humanas desde un principio. Siempre hemos tenido mercados en nuestras aldeas y ciudades. Estos han sido mercados de productos, pero también de ideas. “Sin el comercio”, ha escrito el autor británico Matt Ridley, “la innovación simplemente no ocurre”.

Las sociedades más abiertas han sido en la historia las más innovadoras, pero también las más prósperas. Tanto la Atenas como la Roma clásicas fueron sociedades abiertas y esto explica su prosperidad y la manera en que se convirtieron en centros de diseminación cultural. Lo mismo pasó con la China antigua, que durante siglos fue el imperio más próspero e innovador del planeta. Cuando esas mismas comunidades se cierran, sin embargo, se atrasan y se empobrecen. Le ocurrió a Europa, cuando la apertura de la Roma antigua fue reemplazada por un sistema cerrado que impedía el comercio y la difusión de las ideas. Europa sufrió una recesión que duró casi un milenio, en lo que hoy llamamos la Edad Media. Lo mismo le sucedió a China cuando cerró sus puertas en la dinastía Ming y prohibió el comercio internacional y los contactos con extranjeros. Hubo un lento deterioro del que China no escapó sino hasta la década de 1980, cuando Deng Xiaoping hizo reformas de mercado en la cerrada economía comunista que Mao Zedong había construido.

En México debemos estar conscientes de esta realidad. Los tratados de libre comercio le han dado apertura a un país que antes era cerrado en lo económico. Los estados integrados al comercio internacional, como el Bajío, la Comarca Lagunera y en general el norte, se han desarrollado, mientras que el sur, que sigue rechazando la globalización, se ha empobrecido. Por eso era tan importante tener un aeropuerto que sirviera como centro de conexiones internacionales, y que finalmente no se terminó.

La historia es muy clara. Las comunidades o los países que se abren al comercio y a las ideas se vuelven más innovadores y prósperos. En México mantenemos la apertura en algunos campos, como lo demuestra el T-MEC con Norteamérica, pero pretendemos cerrar el petróleo y la electricidad. Es importante entender que esto significa menos innovación, menos desarrollo, más pobreza. ¿Queremos ser como los neandertales, que no aprendieron a comerciar y a abrirse a otros productos e ideas, o como el Homo sapiens, que por su apertura se convirtió en la especie más exitosa en la historia del planeta Tierra? Yo voto por la apertura y la conectividad.

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