Las firmas de Sor Juana
Nuestro mundo

Las firmas de Sor Juana

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El 17 de abril fue el aniversario más de la muerte de Sor Juana, mujer de sensibilidad e inteligencia creadoras y de espíritu transformador –por no decir revolucionario, en tanto se manifestó por una nueva condición social de la mujer–. La fecha es propicia para comentar el libro Firmas y autógrafos de Sor Juana Inés de la Cruz, de Guillermo Schmidhuber y Olga Martha Peña Doria, publicado por la Universidad de Guadalajara (UdeG) en 2021.

El investigador universitario dice en una de las primeras páginas: “Unicamente 22 firmas de Sor Juana Inés de la Cruz han sido localizadas hasta el día de hoy en que conmemoramos los 325 años de su muerte.” (Recordemos que el libro salió en 2021.) Así, el estudio aparece bajo el rótulo “Las veinte y dos firmas de Sor Juana Inés de la Cruz: Tres primicias”. El de Olga Martha Peña Doria tiene el título de “Los autógrafos de Sor Juana Inés de la Cruz: Indagación sobre sus manuscritos”. En sus dos apartados el volumen contiene facsímiles no sólo de las firmas, sino también de textos diversos de la Décima Musa.

Aunque de por sí es grato reencontrarse con ilustraciones donde aparece alguna de las varias firmas de La Americana Fénix, el texto de Schmidhuber “incorpora tres primicias de documentos con la firma de Sor Juana que eran desconocidos en los años anteriores al paso del milenio”. La primera es un documento relativo al convento de San Jerónimo que lleva la firma original de la Décima Musa en su carácter de contadora.

La segunda primicia es un manuscrito de Sor Juana con su signatura. Se trata de un texto de carácter administrativo, también concerniente al claustro. La tercera es un registro de bienes de una monja que, aunque no fue redactado por Sor Juana, sí lleva su firma.

Otros detalles de la gran escritora novohispana son tres firmas que se observan en el Libro de Profesiones del Convento de San Jerónimo. Una es la de su profesión religiosa en la que escribió su apellido Cruz seguido de una rúbrica como breve tornado –o mejor, una espiral–. Otra es la aclaración de que no son de ella ciertos versos de un villancico y pone su nombre y en lugar de la palabra cruz, dibuja una crucecilla. La tercera es la nota marginal de Sor Juana en un libro de música de Pietro Cerone donde después de su nombre completo se desprende del apellido Cruz una rúbrica al estilo de su tiempo barroco.

Era costumbre que las aspirantes a monjas, antes de la fecha de su profesión hicieran testamento. La joven venida de Nepantla firmó el suyo con el nombre conventual de Juana Inés de la Cruz. En esa ocasión, como en una anterior del 15 de febrero de 1669, no escribió el apelativo Cruz sino que dibujó la crucecilla.

Las signaturas de Sor Juana se van haciendo diferentes y son variadas las rúbricas con que las acompaña. La de un documento que firma como contadora, la califica de “elegante y armoniosa” Aureliano Tapia Méndez, quien descubrió la Carta de Monterrey, misiva que la monja dirigió a su confesor Antonio Núñez de Miranda.

Un detalle interesante para quien explore el temple de Sor Juana es un documento monacal que impresiona, estremece. Ese autógrafo es para ratificar su profesión de fe y reiterar sus votos. Escribió: “lo firmo en 8 de febrero de 1694 con mi sangre”. Al pie del facsímil, Schmidhuber anota: “Gotas y un borrón de sangre de Sor Juana.”

Firmas y autógrafos de Sor Juana Inés de la Cruz, de Guillermo Schmidhuber y Olga Martha Peña Doria, publicado por la Universidad de Guadalajara en 2021 contiene muchos otros datos relacionados con la firma de la gran poeta. Concluyo con uno de ellos: un documento de la venta que Sor Juana hace de una esclava a su hermana Josefa. Tiene fecha del 6 de junio de 1684. La monja poseía la esclava, explica: “por donación que me hizo doña Isabel Ramírez, nuestra madre”.

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