¿Casualidad?
Nuestro mundo

¿Casualidad?

Nuestro Mundo

Durante mucho tiempo escuché hablar de él, decían que era un magnífico profesor en una institución académica de renombre, decían sobre lo atractivo que era, sobre lo capaz e inteligente. Cuando yo escuchaba aquello, algo en mi interior me dijo que lo conocería algún día. Pasaron años, décadas y finalmente llegó el día en que le conocí, había resabios de todas las cualidades descritas por adolescentes, lo que ya en sí mismo, significaba una magnificación de los atributos. Lo que no me pude quitar de la cabeza fue esa idea que se quedó grabada: algún día lo conoceré.

Aunque no lo queramos la estadística es un referente para acercarse a las posibilidades de que un hecho ocurra o no. La ocurrencia dependerá a su vez de muchos factores: la actitud, la programación, la repetición y otros, al ser estos sucedáneos que obedecen a la voluntad, entonces dejamos de lado la casualidad. El conocimiento y la razón inciden 50 por ciento y la intuición y corazonada otro 50 por ciento. Eso me hace pensar mucho en la probabilidad que hay implícita en el hecho de algo suceda o no, en el entendido que en la vida siempre suceden cosas, la acción y la inacción las propician.

Algún día de hace tiempo conducía mi auto y de pronto, así de la nada, concluí que la probabilidad de que tuviera un accidente se incrementaba día a día, dado el tiempo que había transcurrido desde el último incidente, por cierto, sin mayor importancia. Eso que pensé fue desplazado rápidamente por la noticia que escuchaba por la radio. Fui y regresé a casa del trabajo sin mayores contratiempos. Más tarde tuve que salir una vez más, justo a la vuelta de casa, ocasionado por el famoso punto ciego, tuve un accidente. ¿Fue porque lo pensé? ¿Fue porque la probabilidad hizo de las suyas? O simplemente porque me distraje y no atendí lo importante.

En otra ocasión, alguna buena amiga me contó que tuvo que poner límites a una persona, ella, enojada, le lanzó una advertencia: “muy pronto tu suerte va a cambiar y te vas a acordar de mí”. Mi atemorizada amiga trató de deshacerse de lo incomodo que le resultó el evento, pero no dejó de darle cabida, por lo que lo incluyó en su larga lista de temores no hablados. Luego de eso, hubo eventos poco gratos que le hicieron caer en una bache emocional y económico del que apenas se recupera.

De pronto, seguro como a ti te pasa, suelo meterme en honduras del destino, la suerte, las casualidades y la sincronicidad. Dejando de lado los pensamientos mágicos que se empeñan en estar, la vida sigue presentándose como un gran misterio. ¿Por qué nací donde nací? ¿Por qué me encontré con tal o cual persona? ¿Por qué no tomé otro camino? ¿Hubiera sido lo mismo si en lugar de seguir derecho hubiera dado vuelta dos cuadras antes? ¿Lo que vivo es porque tengo que aprender algo? ¿En qué consiste que una persona tenga el mejor juego de vida: belleza, inteligencia, buenos hijos, linda familia, recursos? ¿Son casuales las historias que se repiten?

Si, ya sé, es tan inútil preguntarse tanto, porque de antemano sabemos que no tenemos respuestas claras, finalmente uno no elige, (quiero borrar eso último porque ya veo el reclamo de quienes me dirán que sí, que uno elige a los padres de los que nace y que es por algo y para algo) ¿usted se acuerda del momento en que eligió a su papá o a su mamá y los motivos que lo llevaron a ello? Yo no. Pero si tengo claro que de donde venimos es la tierra donde se sembraron las semillas que dieron origen a nuestra vida física, emocional y espiritual. Si, cuna es destino hasta que deja de serlo.

Carl Gustav Jung acuñó el término de sincronicidad, el cual alude a la simultaneidad de dos sucesos vinculados, pero de manera acasual esto es sin causa aparente, hay quienes afirman que esto nos permite darnos cuenta que estamos integrados a una gran matrix donde todos somos todos, o como lo decía el propio Jung “en cada hombre viven todos los hombres”. Aunque a veces no lo veamos necesario, tener una visión integrada con el otro no permite salirnos de esas posturas egoícas donde somos el centro del mundo. El desarrollo del contacto interior, dejar de buscar explicación y control para todo, ser observadores activos facilitará que reconozcamos el fenómeno de la sincronicidad.

Justo cuando escribo esto, recibo un mensaje de Mayela, a quien le pedí, vía su muro de Facebook que me mandara más modelos de su trabajo, la respuesta fue: “siiiii. Justo estaba pensando en ti”. ¿Casualidad?, pues bueno, mientras tanto, hoy decido vivir desde esa sincronicidad donde tú estás implicado en mi vida y yo en la tuya.

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