Fabio Morábito, el pescador de cuentos
Entrevista

Fabio Morábito, el pescador de cuentos

Aunque escarbó, no encontró una respuesta concreta a la pregunta del por qué se hizo escritor. Fue sobre hojas en blanco que Fabio Morábito viajó a su epicentro para relevarse a él mismo el origen de su vocación. El resultado fue El idioma materno, un libro (de ochenta y cuatro textos breves) en el que no logra responder su oficio, pero con el que, en cambio, lo acentúa. “La verdad es que nunca encontré ese hecho principal”.

Lo que sí descubrió fue que: al engranar palabras accedía a tesituras ajenas a la realidad. Por eso renunció al título de hombre común y se lanzó a las profundidades del mar literario. Con el tiempo aprendió a domar sus aguas y con maestría navega, ahora, con estandarte de poeta, aunque también surca en las olas del cuento.

Con ambos géneros, el escritor nacido en Alejandría, ha conquistado importantes premios literarios a nivel nacional e internacional, como el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada por Lotes baldíos en 1985; el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores en el 2018; el Premio Roger Caillois otorgado por el PEN Club Francés en 2019, entre otros.

La barca que tripula está labrada de imaginación. En ella desarticula los límites y enfatiza la mirada. De lo común a lo extraordinario, e incluso hasta lo fantástico, Fabio rema sin horizonte, descubre que se siente más cómodo si piensa que no hay un arribo final. Sabe que su destino es permanecer en el mar, navegar y estar alerta para pescar alguna historia que tenga las cualidades para desdoblarse en un cuento.

Morábito, de 65 años de edad, anclado en su casa en Ciudad de México, levanta la bocina de su celular para hablar un poco sobre su oficio de escritor y del proceso que lo llevó a revelar La sobra del mamut, su más reciente libro de cuentos, con el que, expresa, experimentó, en su hechura, una libertad absoluta. Por eso, los 24 textos que componen al compendio resultan un tanto radicales e inesperados.

Con la imaginación precisa y sin excluirnos del todo del mundo real, levamos las anclas para explorar un poco en el mar de este autor, un lugar en el que descubrimos que todo lo que nos propone la mente, con la gracia y talento de un cuentista, puede provocar un escenario posible...

Cómo se construyó La sombra del mamut: escribiste los cuentos pensando en unirlos, o fueron escritos de forma individual.

¿Cómo se construyen los libros de cuentos? Muy simple: uno va juntando textos y luego llega un momento que los reúne en un libro esperando que la unidad se la de el simple hecho de haberlos escrito en una época determinada. (En el caso de La sombra del mamut) ordené los cuentos, que parece una operación sencilla, pero a veces no lo es. Siempre procuro elegir el que abre el libro y el que lo cierra, después voy ordenando los demás, guiándome sobre todo por un criterio de variedad. La sombra del mamut lo escribí durante la pandemia. En realidad fue un libro inesperado. Escribía un libro de poemas, ya lo había terminado, y de repente empezó a salir un cuento, luego otro. Y creo que de todos mis libros de cuentos, este es el que he escrito con mayor libertad, con la menor premeditación, las historias se me iban dando y quizá historias que en otro momento de mi vida no habría considerado inicialmente aptas para que resultaran en un cuento. Sin embargo, con mayor libertad y soltura, sentía que esa historia que yo imaginaba era posible y que se podía cuajar un cuento de ellas, porque no siempre lo que uno imagina aterriza en en un cuento, una vez que se empieza a escribir, muchas veces cree que tiene una historia interesante y a la hora de empezar a escribirla resulta que no. En este caso, las historias se fueron dando de una manera más natural, más instintiva.

Identifico el tema de lo cotidiano como un rasgo que matiza a la mayoría de los cuentos de este libro…

Sí, la escena cotidiana siempre está presente en mis cuentos. Pero está presente en todos los cuentos. Es decir, siempre hay elementos de normalidad. Hasta en la historias de ciencia ficción, siempre habrá quien tome un vaso de agua, quien abra una puerta, quien salga a la calle, quien regrese, sino, sería imposible para el lector identificarse mínimamente con la historia. Y sí, hay cotidianidad, pero también hay historias que se salen de ella, por ejemplo El gran camino volado, que es el segundo cuento (habla) sobre este rey de china que manda a construir una obra magna y bueno ahí la cotidianidad en cuanto a trajín diario al que estamos acostumbrados no aparece, como tampoco aparece en el cuento de Paso de fauna. Hay muchas historias de corte fantástico, y otros que son de corte mucho más realista. Y eso es una constante es mis libros, siempre hay cuentos que pasan de lo fantástico, o de lo semifantástico a lo propiamente realista.

En este libro ofreces historias que se centran por ejemplo, en la imagen de un clavo en la pared, o en el trabajo de los extras en una película ¿De dónde viene tu interés de poner tu mirada en lo que, aparentemente, es poco perceptible a primera vista para luego volverlo cuento?

Me llama la atención lo que podríamos definir como el espacio muerto que nos rodea el espacio aparentemente insignificante. Y el cuento sobre los extras de película es muy ilustrativo de eso, es decir, nunca nos fijamos en esas personas que están en el trasfondo de las películas, cuya tarea es justamente desaparecer, no llamar la atención, sino simplemente actuar como siluetas anónimas, para dar escenografía, trasfondo. Y me llama la atención de repente fijarme en esto que parece intrascendente y darle un relieve simplemente con nuestra mirada o como en el cuento que tú citas, que es el primero del libro, El clavo, pero ahí el clavo sí asume un papel protagónico porque desde el primer momento hay algo de mágico en él que hace que el protagonista renuncie a colgar un cuadro porque no quiere taparlo y quiere dejarlo visible. En fin… hay otros cuentos en los que se da esa propensión de fijarse en las cosas que están como al margen.

¿Cómo nace un cuento tuyo? Por una imagen, una palabra, una experiencia…

Sí, surgen de cosas mínimas, como puede ser una frase leída, una frase escuchada, algo visto en la calle. Es un poco inexplicable. El problema está en saber cuándo estas cosas pueden ser materia de un cuento y cuándo no. Yo siempre he pensado que el mayor problema para un escritor no es la escasez, sino la abundancia. Uno puede imaginar muchas historias, muchos cuentos, el problema es saber elegir, de todo eso que a uno se le ocurre, cuáles son los cuentos que son buenos para ser escritos, porque no toda historia, por más interesante que sea, sólo por ese echo, vale la pena ser escrita.

¿Qué papel juega la imaginación en tu obra?

Enorme, como lo juega en la vida. Nunca estamos en una sola tesitura. No es que seamos realistas al 100 por ciento y luego en algún momento empezamos a ser seres fantasiosos e imaginativos, sino que todo el tiempo, la fantasía, la realidad y lo concreto y lo irracional se mezclan. No me imagino ningún libro, ninguna narrativa en la que no se mezclen todo el tiempo.

Y el factor sorpresa…

También es sumamente importante en cualquier historia, aún en los cuentos que conceden menos importancia o incluso rehuyen a lo que podría ser una vuelta de tuerca, un hecho de suspenso. Siempre tiene que existir algo anómalo, algo inesperado para que lo que contemos tenga interés, sino lo tiene ¿cómo para qué lo contamos?

En tu percepción ¿cuál es el estado actual del cuento?

Tengo la sensación de que en algunas lenguas, el inglés sobre todo, el cuento es más leído que por ejemplo en el ámbito hispano. No sé a que se deba eso, porque en el ámbito, digamos del español, hay una gran tradición cuentística. Creo que eso depende, yo le echaría la culpa, en parte a las propias editoriales que le han apostado demasiado a la novela, en una especie de razonamiento que es un circulo vicioso, de decir que la novela vende mejor que el cuento y que la poesía, entonces, hay que promover más la novela, y al promover más la novela, obviamente el cuento y la poesía quedan cada vez más relegados, se publican cada vez menos, en las librerías se le da cada vez menos visibilidad. Caemos en una petición de principio, en lugar de hacer un esfuerzo para que también el cuento y la poesía tengan un público y no apostarle todo a la novela, lo cual a causado, entre otras cosas, una sobreabundancia de novelas pésimas. Lástima, porque generalmente el cuento es el que desnuda mucho más claramente que la novela si el que lo escribió es un buen escritor o no. En un cuento es difícil mentir. En una novela uno puede disfrazar un poco las cosas, pero en un cuento, por su misma naturaleza concentrada de mucha exigencia estilística e imaginativa, propicia menos la pura apariencia, es decir, revela más claramente si el que lo escribió tiene talento o no.

Ahora, la poesía es un terreno que también exploras de manera extraordinaria, ¿influye este género a la hora que te pones a redactar cuentos?

Sí, yo creo que sí. No influye en el hecho de que busque un estilo bello, poético, porque mis cuentos no tienen ningún estilo poético, entendiendo como poético a la frase bonita, la metáfora, la frase que brilla, rehuyo por completo a eso, para mí sirve una redacción desnuda, elemental, directa, muy concreta, precisa. Pero sí influye en cuanto a que no necesito saber mucho de la historia que voy a narrar para empezar a contarla. Cosa que me viene de la poesía, porque un poema no se puede programar, un poema va saliendo verso tras verso y no hay forma de predecir qué sigue, más bien es una cosa que se va dando en el texto, y así es como me gusta escribir los cuentos.

Dicen que el primer acercamiento a la escritura es la lectura ¿Cuáles son tus autores de cabecera?

Me ha marcado mucho Beckett, Kafka. Te podría dar una lista muy grande de autores, me interesan los autores norteamericanos, los cuentistas norteamericanos, me gusta mucho su estilo tan preciso, tan desnudo, tan realista. También muchos latinoamericanos, digamos, tengo muchas preferencias, pero autores de cabecera no tengo.

Háblanos un poco sobre tus inicios en la escritura ¿cómo te diste cuenta de tu vocación literaria?

Escribí un libro sobre eso que se llama El idioma materno en el que buscaba una respuesta a esa pregunta y no la encontré nunca porque creí que podía resolver el hecho principal como pudo haber sido la lectura de un libro o una experiencia concreta de vida, qué se yo, alguna persona, alguna enfermedad, algo… un hecho, una situación, que según yo, hubiera sido crucial para que descubriera mi vocación literaria. Pero la verdad es que nunca encontré ese hecho principal. Encontré muchos que, seguramente juntándose, poco a poco fueron dando pie al hecho de que decidiera escribir, creo que es lo que sucede con la mayoría de las vocaciones de todo tipo, no sólo artísticas, es decir, no me creo mucho cuando alguien te dice: “yo decidí ser abogado esa tarde en que vi tal cosa, o leí tal cosa, cuando me dijeron tal cosa, o quise ser médico el día que entré a un hospital”. No, seguramente son muchos los hechos que van conformando una decisión de vida, incluyendo en eso la casualidad, a veces las cosas las hacemos guiados por la mera casualidad, por hechos totalmente azarosos que nos llevan a un camino en lugar de a otro.

Para finalizar ¿Cómo vives realmente el oficio?

Uno tiene que trabajar y tiene que vencer las dificultades. Escribir no es fácil, y claro, hay muchas satisfacciones cuando uno termina un poema o un cuento y siente y ve que están bien, eso compensa muchísimas frustraciones y mucho quebradero de cabeza. Pero es como cualquier cosa, es decir, hay que luchar para llegar a los objetivos. El problema con el arte, en general, es que uno nunca está del todo seguro de sus resultados. Un médico no tiene la menor duda de que la operación que acaba de realizar salió bien, pero un escritor por más elogiado que sea, por más consagrado que sea, siempre tendrá la duda profunda del verdadero valor de lo que hace. La historia de la literatura está llena de autores que tuvieron, en su momento, mucho reconocimiento, pero después fueron olvidados olímpicamente y ya nadie los recuerda, ya nadie los lee. Eso es un poco la tragedia de dedicarse a algo tan subjetivo, como cualquier actividad artística. Pero igual uno se dedica a ella porque le gusta, le apasiona y porque a pesar de las dificultades descubre que le da sentido a su vida.

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