Arte o porno
Opinión

Arte o porno

Miscelánea

La vulgaridad comienza cuando la

imaginación sucumbe a lo explícito.

Doris Day

Por allá de los 70’s del siglo pasado, en Londres, tuve la oportunidad de ver por primera vez una película de alto voltaje. Con la excelente actuación en la Maria Schneider y Marlon Brando, El último Tango en París, por sus escenas eróticas, el filme, por mucho tiempo estuvo prohibida en un México todavía pacato e hipocritón. Sería en el siglo pasado también, cuando al volver al hotel después de un día de largas caminatas, visitas a museos, y paseos por los járdines de la elegante ciudad de Múnich, mi Querubín cayó rendido frente a la tele encendida de nuestro cuarto de hotel. Tuve la intención de apagarla pero ante las explosivas escenas pornográficas en la pantalla, en lugar de hacerlo me apoltroné para seguir mirando.

La película fue corta, no más de quince minutos pero yo ya estaba hecha una braza y seguí viendo dos o tres pornos más, que con una advertencia en alemán entre una y otra película (que por supuesto yo no entendí) seguían apareciendo en la pantalla. Un poco avergonzada por mi nocturna aventura erótica, nada comenté a mi Querubín la mañana siguiente. Ya he dicho que eran épocas de ñoñería y las esposas decentes no veíamos esas porquerías.

Mi secreto estuvo a salvo hasta que en la cuenta del hotel apareció un cargo que no reconocíamos. Cincuenta euros es el costo de cuatro películas XXX que sólo se exhiben si el huésped acepta el cargo, explicó la empleada del hotel. Eso era lo que explicaba el letrero que yo no entendí. Es muy sutil la línea que separa la pornografía del erotismo, sin embargo, es precisamente esa línea la que hace la diferencia entre sexo instintivo y animal, y el momento amoroso y humano. El sexo explicito es elemento obligado en el cine de hoy. La memorable escena de El Cartero llama dos veces en que Jack Nicholson y Jessica Lange fornican violentamente sobre la mesa de la cocina; mal replicada en otras películas, se ha convertido ya en un cliché. Ensartarse en los lavabos de cualquier bar (imagino de inmediato la incomodidad, el olor a orines) para luego salir del baño sin siquiera lavarse las manos.

Escenas de sexo arrebatado tumbados en las escaleras (imagino los escalones machacando las costillas) o de pie contra los muros; son escenas que se repiten sin arte ni imaginación y que por predecibles, me resultan tan aburridas que mientras ocurren, aprovecho para echar un vistazo a mis mensajes de texto. Dada la profunda penetración cultural que tiene el cine, alguien tendría que explicarle a los jóvenes que el sexo no es algo mecánico y efímero como lo plantea el cine moderno. Deben saber que el cuerpo del otro, es un continente que hay que descubrir y conquistar, conocer el ritmo de sus mareas y el juego necesario para que los cuerpos encuentren su propio lenguaje. Alguien tiene que explicarles a los jóvenes la importancia de la intimidad, ingrediente imprescindible para ese refinamiento que llamamos erotismo y que le imprime calidad humana a la relación sexual.

Tengo la impresión de que el cine moderno exige una buena dosis de sangre, sexo, homosexualidad explicita, sin que falte tampoco la droga. Quiero dejar en claro que estos comentarios nada tienen que ver con moralinas o juicios de valor, cada cual sus preferencias. A lo que yo quiero referirme es al mal gusto, a la ordinariez de que actores y actrices orinen y vomiten en la pantalla hasta salpicar a los espectadores. A la necesidad de no dejar nada a la imaginación. Nada a ese espacio sagrado que llamamos intimidad. Y ahora, cambiando de tema, quiero mandar un gran abrazo a todos los padres de familia que presentes, cercanos y responsables, merecen ser festejados este domingo. Los que no reúnan esos requisitos ni se apunten.

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