En las corrientes de la memoria
Nuestro mundo

En las corrientes de la memoria

En 1973, la célebre novela de Juan Marsé sobre la posguerra en España, titulada Si te dicen que caí, fue publicada en México para evadir la censura franquista. Quince años después, Marsé contó que había escrito esa novela con la secreta convicción de que jamás sería publicada, y que al teclearla “pensaba solamente en los anónimos vecinos de un barrio pobre que ya no existe en Barcelona, en los furiosos muchachos de la posguerra que compartieron conmigo calles leprosas y juegos atroces, el miedo, el hambre, el frío”. He querido recordar esa premisa porque resulta la misma que la de Escafandra, de César Gándara, recién publicado por Ediciones Del lirio. Distinguida con una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Breve “Amado Nervo” 2020, esta novela cuenta la historia de un grupo de jóvenes que crecen en el estado de Sonora durante el cambio de siglo: el personaje central es el Palomo, joven aspirante a boxeador que se sostiene vendiendo cosméticos y otros productos importados; le acompañan El Muerto, cuyas habilidades musicales y performáticas le convierten en una celebridad en el mundo de las bandas locales de death metal, así como sus vecinos: los hermanos Telma, Natalio e Irene, hijos de una mujer excepcionalmente dotada para los negocios llamada Doña Amelia, quien se convierte en una suerte de mentora del Palomo al brindarle oportunidades para sobrevivir e incluso crecer económicamente.

En el nivel de la historia, Escafandra aparece emparentada con relatos como la ya mencionada novela de Juan Marsé, además de Los cachorros de Mario Vargas Llosa, Tijuanenses de Federico Campbell y El principio del placer de José Emilio Pacheco, por mencionar sólo algunos. A propósito menciono esta lista porque hay una razón más que emparenta a Escafandra con todas estas piezas maestras: si bien con frecuencia se señala que el motor de estas ficciones es la nostalgia, pienso que no hay felicidades disipadas por el tiempo: la historia es un viaje al pasado, es verdad, pero al horror del pasado. Al narrar, los personajes no añoran tiempos diluidos, antes bien tratan de exorcizar los fantasmas que aún quedan de entonces: la violencia, la soledad, la intolerancia y la precariedad que acompañan el arribo al mundo adulto.

En 87 páginas César Gándara nos hace partícipes de las tribulaciones de los personajes en la búsqueda de su propia identidad: sus crisis les llevan no sólo a intentar desenvolverse en distintos oficios, también a variar la naturaleza de las relaciones que establecen entre sí: los amigos de hoy son los rivales de mañana y viceversa. Prueba de ello son los complejos triángulos que se establecen entre los personajes a lo largo de la novela: Natalio-Palomo-El Muerto, Palomo-Telma-El Muerto, Amelia-Palomo-Telma, entre muchos otros. Un símbolo de la naturaleza siempre cambiante de estas relaciones es el vehículo que da nombre al libro: un viejo volkswagen color dorado que a lo largo del relato cambia varias veces de dueño, y que puede ser visto como la representación de la frágil burbuja de confianza que se construye entre dos o más personajes, pero también como el instrumento que años después, cuando la historia relatada ya ha concluido, permite sumergirse en los recuerdos.

Eso nos lleva del qué al cómo: en su nivel formal, Escafandra encuentra su estructura idónea en los mecanismos de la memoria. Con esto quiero decir que los lectores no asistimos al desarrollo de la historia en una secuencia rigurosamente cronológica, sino a su reconstrucción a partir de los recuerdos del Palomo. Hoy nos toca escuchar (leer) la versión del Palomo, pero resulta inevitable pensar que narrados por Amelia, por El Muerto o por Telma, los hechos serían distintos.

Con virtudes patentes como su notable habilidad para construir diálogos y su oficio para crear tensión a partir de hechos cotidianos, Escafandra es una novela que inevitablemente nos sumerge en las turbias corrientes de la memoria, y cuya lectura recompensa ampliamente a sus lectores.

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