Stairway to Leo Zépelin
Nuestro mundo

Stairway to Leo Zépelin

Nuestro Mundo

Escuchar a Led Zeppelin no estaba de moda. Era el comienzo de la década de los 90. El metal sonaría los primeros años por la euforia que provocaron grupos como Pantera, Guns N’ Roses y Metallica. Y aunque era yo un acólito indiscutible de esas tres iglesias, mi devoción se vería trastocada cuando conocí a Led Zeppelin. Escuchar el ritmo salvaje de John Bonham en la batería sería mi primera experiencia religiosa. Y ese fanatismo nació por culpa de Leodegario Zepeda, quien era conocido como Leo Zépelin.

Se sabe que Stairway to Heaven es la canción más escuchada de Led Zeppelin. Leo se adueñó de esa escalera con celestial vehemencia. Su habitación fue construida en la azotea donde vivía. Era su cuarto el verdadero cielo, porque ahí habitaban los dioses del rock. El único póster que adornaba la pared principal era de dimensiones colosales. Ahí aparecían los cuatro miembros del grupo británico. Los colores eran cálidos. Jimmy Page y Robert Plant parados al centro. Cada uno llevaba saco y corbata. Vestimenta casual. En los extremos estaban los Juanes: John Paul Jones y John Bonham. El primero más relajado. No usaba corbata, pero igual vestía un saco. El segundo, por su parte, tenía apariencia de policía judicial. La panza delataba su gusto por la cerveza. Melena por debajo de las orejas. Barba tupida y lentes oscuros. Playera blanca con cuello en V de color rojo. El paisaje campirano detrás de ellos era el marco de una intensa primavera.

Zépelin creó su propio apodo, levantó los muros de su dirigible y las escaleras que lo llevaron al cielo. Esas escaleras que fueron nuestro purgatorio en varias borracheras. Además, Leo tenía una banda que sólo tocaba covers de Led, un club de fans en su ciudad natal y una colección de poemas que hubieran agraviado a cualquier morrita. En una ocasión le ayudé a pegar unos pósters que anunciaban la presentación de su banda. Había invertido varios meses de sus ahorros para encontrarse con los únicos seguidores que podían escuchar a su grupo: sus compas y vecinos.

Idólatra de tiempo completo, fue cliente asiduo de la única tienda de discos que existía en Hermosillo; editó fanzines y grabó casets que amigos y grupis recibimos para alimentar su ego. Enemigo de raperos, prefería ser vapuleado por una pandilla que escuchar a Vanilla Ice o MC Hammer. El cantante de Kerigma, Sergio Silva, en una de sus visitas a la ciudad, elogió a Leo Zépelin y lo invitaría a presentarse con su banda en Rockotitlán. Sus padres jamás lo permitieron. Yo apenas era un adolescente y lo veía cada vez que visitaba a la familia materna durante vacaciones de verano. Por eso me sorprendía tanto verlo tocar y cantar. Pero lo que de veras me fascinaba era su habitación. Y aquél póster de Led Zeppelin que valía más que cualquier reliquia.

Cuando escuché a su banda interpretar Immigrant Song sentí que me descontrolaba. Fue una tocada intensa. Sobre todo al comienzo de la canción cuando emulaba los alaridos de Robert Plant. Recuerdo que al ritmo de bombo, contratiempo y tarola comencé a rockear. Miré al guitarrista, puse atención a sus contorsiones. El Bolo también era fanático de Led Zeppelin, llevaba varios años vaciando los cartuchos de sus dedos en aquella guitarra Gibson. Jimmy Page lo excitaba. Cuando acabó el ensayo, salí con un esguince de cuello. Fue mi primera experiencia headbanger. Tal vez ahora, considerando la intensidad de mi emoción, hubiera pagado un par de sesiones de fisioterapia para recuperarme. Pero a esa edad uno aguanta cualquier intercambio de putazos y alcohol.

Ahora mismo escucho una lista de mis canciones favoritas de Led Zeppelin y corro el riesgo de abandonar mi chamba para ir a una cantina, mientras la pandemia me permita recuperar el paso que alguna vez alcancé. Leodegario Zepeda murió a principios del 2020. Se lo llevó el Covid. Está muy bien que lo recuerde, pero tampoco es que lo extrañe. Ese canijo ya cantó lo que podía cantar y tocó los covers más emblemáticos de la banda. Por cierto, la primera vez que choqué el Maverick 79 de mi padre sonaba de fondo Kashmir en Rock 101. Me llevé a un Cougar del año que iba por el eje vial Ángel Urraza. Esa vez me salvé y aquél conductor también. No pasó de un madrazo que le costó a mi padre varios billetes. Para acabarla de joder, ese día iba acompañado por dos compañeros de la prepa. Cuando se bajaron del carro y vieron el desmadre que armó el dueño del Cougar se pelaron. Me dijeron ahí te ves, tenemos que estudiar para el examen semestral. Un par de amistades perdidas. Desde entonces no dejo de escuchar a Led Zeppelin.

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