¿Qué espero de una consulta?
Nuestro mundo

¿Qué espero de una consulta?

Nuestro Mundo

Ni modo, soy una simple mortal y también me enfermo, me jacto de tener buena salud, de no tomar medicina, de hacer yoga, de no comer carne, de tratar lo mejor posible mis emociones, pero al final por más que hagas, tarde o temprano entrarás de la noche a la mañana, literal, en un proceso de enfermedad que te obligará a hacer lo necesario para que tu cuerpo entre en ese estado de homeostasis, al que llamamos salud.

El primer día en que te sientes mal buscas responder sola las preguntas: ¿Qué comí? ,¿qué de todo me cayó mal?, ¿habrá sido la cuarta dosis?, ¿es el estrés?, ¿es el calor?, ¿el refri estará enfriando bien? Pasa que yo no tengo medicamentos almacenados y recurro a lo básico. ¿Y por qué sigo sintiéndome mal? Voy a engañar al cuerpo y voy a hacer como si no tuviera nada, imposible. Empiezo a buscar posibles soluciones, hablo con un médico amigo y me sugiere tomar cierto medicamento que no requiere receta, me resisto, pero termino tomándomelo. Pasan las horas y veo que, si funcionó, pero conozco mi cuerpo y sé que no estoy al cien. ¿Será que no termino de estar bien porque no hubo antibiótico de por medio?

Luego de tres o cuatro días vuelvo con los mismos síntomas, ¿de qué se trata? No me queda más remedio que consultar al médico, hago cita, dudé en ir sola, pero luego pensé que era lo mejor, ni un hijo, ni una amiga harán la diferencia. Llego con tiempo, me anuncio y me piden llenar una hoja con datos generales, lo hago en cinco minutos, regreso el formulario, espero en la antesala a ser llamada, y pasa el tiempo, cinco, diez, quince, veinte minutos, los cuento, me entretengo escuchando la conversación de la asistente con otra chica, me entero de por donde pasa una ruta de autobuses, el tiempo que hace de un lugar a otro, me doy cuenta que la única voz que se escucha no para, es solo hasta que le llama el médico que se hace el silencio. Lo agradecí, minutos después menciona mi nombre y entro decidida a decir algo sobre el tiempo de espera, luego lo pienso bien y prefiero quedarme callada, no quise pasar como exigente, intolerante y mal educada.

Me toman la presión, me pesan, checan la temperatura y me mandan a sentarme otra vez. Escucho que despiden a la persona que estaba en el consultorio y me indican que entre. Me siento, el médico está frente a su pantalla, un parco saludo precede a lo que me dice, es el llenado del expediente, transcribe en su computadora lo que yo hice a mano. Sigue la pregunta: “¿Por qué vino a consulta?”. Describo más ampliamente la causa que ya había señalado en el cuestionario citado. El médico apenas si me voltea a ver, sigue tecleando lo que le respondo. Mi mente por un momento se perdió, me imaginé a los médicos de las instituciones públicas que hacen lo mismo, pero en sendas y vetustas máquinas de escribir.

Mi grito silencioso es: “¡Por eso no me gusta enfermarme!”. Me rio de mi misma pensando que soy muy tonta cuando me digo eso, ¿a quién le va a gustar enfermarse?, ¿a quién le gusta andar de consultorio en consultorio buscando que lleguen a un diagnóstico atinado para que el tratamiento de los resultados esperados?

Vuelvo a atender al doctor que me pregunta: ¿cómo es el dolor? Punza, arde, tipo cólico, distiende el abdomen y una larga lista que olvidé, creo que es impresionante que diga todos los tipos de dolor de corrido, sin olvidar uno solo. Respondo. Trato de encontrar los ojos del médico y es imposible, me sigue interrogando y sigue escribiendo al ritmo de mis respuestas.

Por fin me indica que vayamos para que proceda la revisión física, se pone el estetoscopio, escucha mis pulmones, escucha mi abdomen y terminó.

Me indica exámenes y ya está, un poco tímida y con vez queda le pregunto sobre una duda que me asalta y me dice que no y me explica lo que la OMS dice al respecto. Entra una llamada que contesta, escucho toda la consulta que le hacen, espero que termine. Cuando cuelga vuelve y teclea la receta que imprime y me indica lo que voy a tomar.

Salgo con receta y orden de exámenes de laboratorio en mano, con lo que no salgo es con esa sensación de paz que es parte de la salud. Finalmente compro los medicamentos y empiezo el tratamiento, creo que cuando escribo esto, me siento mejor, solo mejor. Lo que si tengo claro es que no me volveré a quedar callada cuando vea que no me atienden con interés, con caridad y con un mínimo de solidaridad, en el pedir está el dar, la próxima vez, diré con respeto lo que espero recibir.

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