El don del diablo
Nuestro mundo

El don del diablo

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Es bien sabido que, al armonizar sus trabajos, músicos como Guido d´ Arezzo o Claudio Monteverdi evitaban combinar ciertas notas, pues estaban convencidos de que incluir una cuarta aumentada podía abrirle la puerta al demonio. Aún hoy, en muchas escuelas de música los estudiantes que incluyen cuartas aumentadas en sus ejercicios son reprendidos, pues ese intervalo es un amargo recordatorio de que somos mortales e imperfectos. Porque en pleno siglo XXI cada vez más gente duda que exista el diablo, pero nadie pone en duda la existencia del mal.

He pensado esto mientras leía El don del diablo, la nueva novela de Omar Delgado publicada hace apenas unas semanas por Nitro Press y la Universidad Autónoma de Nuevo León. Allí, el autor explora el papel del mal en nuestros días. El protagonista es Abundio, adulto mayor de casi ochenta años que trabaja como empacador en un supermercado. Nadie sospecha que detrás del anciano arisco hay un torturador, ex madrina de la policía judicial. Tras casi treinta años en prisión se ha convertido en un experto en las artes del chantaje, quien sabe bien cómo obligar a los demás a trabajar en su favor. Otros personajes son Uriel, adolescente empacador que además es estudiante de secundaria acosado por sus compañeros; Jessica, madre soltera que trabaja como demostradora en el área de lácteos y que es hija de un militar de alto rango; además de Tencho y Zoraida, adultos mayores que trabajan en el mismo súper. Cansado de ganar apenas unos pesos, don Abundio planea el que, de salir bien, podría ser el último golpe de su carrera delictiva. Hablamos de dinero en serio, no propinitas.

Más allá de lo anecdótico, esta novela llama la atención por dos aspectos: primero, que en el nivel de la técnica está muy bien construida. Delgado, quien ha sido reconocido con premios como el Internacional de Novela UNAM-Siglo XXI y el Nacional de Cuento Magdalena Mondragón, ha trazado este libro con pericia. Más aún, con malicia. Se trata de una novela poliédrica, aunque no necesariamente polifónica, que por su forma recuerda obras como Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa y Los errores, de José Revueltas. Para lograrlo, el autor usa la técnica que conocemos como “el perico del pirata”, donde una voz narrativa sigue de cerca a un personaje, permitiéndose incluso breves incursiones en su flujo mental. Después, en el capítulo siguiente, el personaje consignado es otro, y así sucesivamente, hasta darnos una versión muy completa de cómo se ven las distintas situaciones desde la perspectiva de cada uno de los involucrados. El resultado es que, como lectores, tenemos el rompecabezas incompleto y en consecuencia sólo podemos hacer juicios provisionales: quizá lo que leamos después nos haga juzgar las cosas de manera distinta.

El segundo aspecto que llama la atención de El don del diablo lo enuncié ya en las primeras líneas: la novela incluye una reflexión en torno al mal y, como el título anuncia, a la figura del diablo en nuestros días. ¿Qué y por qué razones algo es considerado malo hoy día? El mal al que nos enfrenta Omar Delgado no es provocado por un diablo de pastorela, sino por dinámicas colectivas que marginan, segregan, lastiman y en última instancia, matan. No es coincidencia que el espacio en donde transcurre la historia, ese en el interactúan los personajes, sea un supermercado. Inmersos en lo que Zigmunt Bauman llama la era del consumismo, los personajes viven subordinados a las mercancías, pues la sociedad está organizada en torno de estas últimas. Tampoco puede ser casual que la mayoría de los personajes de la novela sean casi niños o ancianos: instalados en los extremos de la vida, en fases no productivas, son considerados ciudadanos de segunda. Son cargas económicas y por lo tanto son prescindibles.

Con 271 páginas, Omar Delgado ha escrito una novela ágil y a la vez profunda, que explora el mal como característica inevitable de la convivencia humana.

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