Quiero mi MTV
Nuestro mundo

Quiero mi MTV

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En algún momento MTV cambió la manera de relacionarnos con la música. Fueron años estimulantes para mi generación cuando los videos marcaron tendencia en la cultura pop. Los directores se habían volcado a crear otro arte más allá del cine. Y alguien atendió ese fenómeno social en 2019 con el lanzamiento del documental titulado I Want My MTV. La culpa fue de Tyler Measom y Patrick Waldrop, ambos guionistas y directores. Pero también tuvo algo que ver Mark Knopfler, guitarrista y vocalista de la legendaria banda británica Dire Straits. Menciono esto último porque en la segunda canción del disco Brothers in Arms, aparece el tema Money For Nothing. El asunto es que ahí podemos escuchar la voz de Sting haciendo los coros del famoso falseto que nos introduce a esa canción: I Want My MTV. Resultaría obvio, pues, decir de dónde surge el título del documental que mencioné.

A Mark Knopfler lo conocí porque varios amigos de un primo me habían recomendado el tremendo álbum Brothers in Arms, cuando yo apenas era un puberto que comenzaba a deleitarse con la música de Depeche Mode. Tanto me hablaron de las canciones So Far Away y Money For Nothing que terminé escuchándolas una y otra vez en mi walkman. Recuerdo que fui por mi cuenta a comprar el caset sin importarme el precio de aquella reliquia que los amigos de mi primo llamaban “obra maestra”, mucho menos porque le había robado algunos billetes a mi padre para hacerme de la cinta. MTV para mis oídos. walkman y audífonos con esponjas anaranjadas y rock and roll desde Londres.

Recostado sobre una banca en el parque escuchaba las diferentes canciones que superaron mis expectativas musicales. En aquel espacio verde, acompañado por el follaje de los árboles y un cielo sin contaminación, me sentía flotar en compañía de los diversos géneros que proponía cada tema.

Pero los amigos de mi primo se habían guardado una sorpresa para el día de mi cumpleaños. Cuando la reunión se convertía en fiesta, ellos llegaron con una banda local. Empezaron por lo mejor: abrieron su interpretación con Walk Of Life. La música vibraba en las paredes de la casa de mis tíos. Corrió el tabaco y la cerveza de manera generosa y continuaron las canciones de Dire Straits: guitarra, armónica, batería y bajo. Nuestras cuerdas vocales entonaron las letras con pésima pronunciación. Alaridos en espanglish.

Hubo un momento en que quise dedicarme a la música, había encontrado mi vocación en las percusiones. De ahí a la licenciatura en música no había más que unos años, pero jamás lo logré. Aunque practiqué con dedicación los rudimentos de batería no fue suficiente para alcanzar lo que nunca se dio: convertirme en baterista profesional. Tampoco alcanzaron los cursos que hice en la academia Yamaha para lograrme percusionista. Al cabo de unos años mi empeño claudicó y preferí olvidar el uso de las baquetas.

Después del fracaso de mi utopía musical, decidí concentrarme en escuchar la mayor cantidad de rock posible. Un pretexto digno de un paria: los audífonos y el walkman para oír música, la banca del parque, la soledad de una vocación. A veces creo que de baterista sólo conservo la ansiedad y el frenesí por los ritmos sincopados cada vez que golpeo cualquier superficie como si fuera una tarola. Pero el presente me recuerda que el pasado no se ha desvanecido, al menos mientras Dire Straits permanezca en mis preferencias musicales y los siga escuchando.

De veras que Brothers in Arms es una gran álbum, vuelvo a él cada dos o tres veces por semana durante las mañanas que disfruto de un café. Me abandono a esas melodías que que fusionan el country, el blues y el jazz, aunque resulta una obviedad porque ambos géneros derivaron en el rock. Las guitarras y el bajo, el saxofón y la armónica, la batería marcando el ritmo, las armonías girando en mis oídos para provocarme algo que en verdad suena a felicidad.

A los treinta y nueve años volví a sentarme detrás de una batería e interpreté una canción que no recuerdo. Lo hice porque estaba borracho. Pero quienes estuvieron ahí se llevaron una sorpresa. Jamás imaginaron que yo supiera tocar la batería. Lo mantuve en secreto. Me había convertido en baterista, pero sólo por unos minutos. No recuperé mis impulsos de adolescencia, pero al menos volví a tocar la batería. El mayor anhelo de mi juventud sonaba a defecto: siempre lo mantuve como jobi.

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