Duda de la esperanza en el Quijote
Nuestro mundo

Duda de la esperanza en el Quijote

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Como si fuera ser humano, el más famoso libro de Cervantes, el Quijote, duda ante la virtud conocida como Esperanza. El libro vacila entre creer en la Esperanza o repudiarla como engaño, falsedad, falacia, recurso inútil; duda entre admitirla o rechazarla. Contradictorio como los humanos, el libro la acepta y luego la desprecia. Digo que el libro procede como ser humano porque en eso lo veo semejante a mí.

A muchos, la fe en ciertas entidades metafísicas los induce a creer en la Esperanza, a cultivarla y a procurar que sea cultivada. Otros, viven desesperanzados porque desde muy temprano en su vida los ató la desventura, crecieron con carencias, se acostumbraron a la amargura, pasaron de desilusión en desilusión, no conocieron motivos de optimismo.

Quizá pensando en esos desesperanzados, Cervantes (bautizado el 09 de octubre de 1547; nacido el 29 de septiembre de ese año) muestra en el Quijote cómo inyectarse esperanza. En palabras del sufrido cautivo de Argel, Cervantes enseña que la Esperanza es una construcción mental, se puede elaborar para alentarse. Impulsado por su necesidad de libertad, el cautivo narra que cuando se le derrumbaba una esperanza se creaba otra. Su voluntad reponía la esperanza para tener de dónde asirse.

[…] luego, sin abandonarme, fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca”. Obsérvese esa palabra, “fingía”. La esperanza es una mentira piadosa de la voluntad. El autoengaño de la esperanza fingida operaría como estimulante para permanecer, persistir, avanzar. En esas palabras del cautivo la Esperanza es una necesidad, aunque sea como dice, “débil y flaca”. De cualquier manera, entonces, la Esperanza, si bien necesaria, es un producto mental que Cervantes evidencia como buen recurso.

La Esperanza es una construcción de la voluntad, algo ideal, una fantasía, una mentira suspendida en el tiempo y en el ánimo del esperanzado. Lo reitera el libro en el canto del mozo de mulas al que Dorotea quiere escuchar mientras Clara se tapa los oídos.

El mozo le habla a la Esperanza con un tierno adjetivo: “Dulce esperanza mía / que rompiendo imposibles y malezas / sigues firme la vía / que tú misma te finges y aderezas / no te desmaye el verte / a cada paso junto al de tu muerte.” ¡La esperanza se alimenta con la esperanza!

Es rico de sugerencias ese conjunto de versos. El mozo exhorta a su esperanza a no desfallecer ni aun a punto de esfumarse. Le dice que aunque fingida –es decir, simulada, falsa–, persista en ella; que como esperanza, confíe en la esperanza.

La actitud contraria, es decir, el rechazo a la Esperanza, lo expresa Grisóstomo en su canción por el desamor de Marcela: “entre tantos tormentos nunca alcanza / mi vista a ver en sombra a la esperanza / ni yo desesperado la procuro / antes, por extremarme en mi querella / estar sin ella eternamente juro”. El libro, el Quijote, pues, va de un extremo al otro, de ver a la esperanza como una dulce posibilidad, al desdén querelloso, al desapego total.

Ya al final de su primera parte, el libro, en voz del “burlador, académico argamasillesco”, casi con reproche o quizá con burla, lanza una exclamación en la que la Esperanza vuelve a ser nada, o cuando mucho una ilusión, una fantasía, una ficción, una construcción mental, una idea de la voluntad. Dice el libro: ¡Oh vanas esperanzas de la gente! / ¡Cómo pasáis con prometer descanso / y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!

Es interesante la actitud del libro de Cervantes, lo es porque parece una actitud humana en tanto se contradice como nos contradecimos los seres humanos. Considera a la Esperanza un recurso de aliento pero también un recurso fingido; un sustento anímico susceptible de ser creado por la voluntad y una entidad desdeñable y en fin, sombra, humo, sueño.

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