Mariátegui, casi un siglo después
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Mariátegui, casi un siglo después

Es tiempo ahora de decir, sin ambages, que en América Latina y más allá, el movimiento de la reflexión mariateguiana es, precisamente, el punto de partida de las nuevas perspectivas de producción de conocimiento, cuya indagación está ya en el centro del debate actual”, observa Aníbal Quijano en una adenda de 2007 al prólogo original, escrito en 1979, de la edición crítica de los Siete ensayos de interpretación sobre la realidad peruana, publicada en la colección Biblioteca de Ayacucho. Dicha adenda se titula Treinta años después: otro reencuentro. Notas para un debate.

Ha pasado casi un siglo desde 1928, año en que los Siete ensayos fueron publicados por primera vez en forma de libro. En ese lapso se han convertido en una referencia ineludible para cualquiera que pretenda estudiar América Latina. Respecto a la biografía del propio Mariátegui, es preciso decir que —con una trayectoria de vida que abarcó sólo 35 años— fue fundador del Partido Socialista del Perú, de la legendaria revista Amauta y de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Más aún, como indica la cuarta de forros de este libro, contribuyó con su obra periodística y sus reflexiones políticas a “establecer las bases de un pensamiento crítico en nuestro continente”.

Entre los temas abordados en sus Siete ensayos, acaso el que más debates ha propiciado es el titulado El problema del indio. La suposición de que el problema indígena es un problema étnico, se nutre del más envejecido repertorio de ideas imperialistas”, señala Mariátegui en su célebre ensayo. Su argumento es sencillo: el problema del indio aparece ligado de manera indisoluble al problema de la tierra. Se trata, por lo tanto, de un problema económico. Cualquier intento de solución que no pase por la devolución de la tierra es, en palabras del autor, un trabajo superficial o adjetivo”.

Para el autor, la reivindicación indígena carecerá de concreción histórica mientras sea abordada sólo en un plano filosófico o cultural. Para dotarla de corporeidad no basta con movimientos filantrópicos: es preciso convertirla en una reivindicación económica y política.

En el siguiente ensayo, “El problema de la tierra”, Mariátegui establece que latifundio y servidumbre son expresiones de la feudalidad sobreviviente que están íntimamente ligadas: no se puede liquidar una sin erradicar a la otra.” Para el autor, la clave del futuro está en mirar al pasado: entre los muchas evidencias del alto grado de organización económica alcanzado durante el Tawantinsuyo, destacan los canales de irrigación, los andenes y las terrazas de cultivo de los Andes. Era, sin lugar a dudas, una civilización agraria. Contra los reproches que se puedan hacer al régimen de los inkas, Mariátegui opone el dato demográfico: a la llegada de los españoles, el comunismo inkaico sostenía a diez millones de personas.

Como señala Aníbal Quijano en la adenda de 2007, el debate en torno a los temas abordados por Mariátegui en sus Siete ensayos está más vivo que nunca: uno de los últimos eslabones en esta larga cadena es La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, publicado por Mario Vargas Llosa en 1996. Llama la atención que, a pesar de su abierta posición de derecha, Vargas Llosa dedica no pocas páginas a examinar la obra de Mariátegui. Acaso por esa razón en febrero de 2019, al asistir a la inauguración de la muestra Redes de vanguardia: Amauta y América Latina (1926-1930) en el Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, Vargas Llosa dijo: “El indigenismo de Mariátegui no fue nada sectario, era una de las muchas formas de renovación de los viejos sistemas de pensamiento […] es un caso realmente extraordinario: podía tener al mismo tiempo relaciones con Borges, con los muralistas mexicanos, con César Moro o con César Vallejo. Él no veía ninguna resistencia en integrar toda esa diversidad extraordinaria, no solo estética sino ideológica, a través de la cultura”.

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