Todo que ver
Opinión

Todo que ver

Miscelánea

Al partir en busca de Ítaca/

ruega que tu viaje sea largo/

lleno de aventuras/

lleno de despertares.

Ten Ítaca siempre presente/

tu llegada ahí es tu destino/

pero no te des prisa en el viaje/

sé paciente…/

Constantino Cavafis

Los viajes son una brutalidad. Lo obligan a uno a confiar en extraños y perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos, dice Cesare Pavese quien por lo visto sufría al viajar. Pero también encontró otras facetas: Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo, y todo tiende hacia lo eterno o lo que imaginamos de la eternidad. Cierto, muy cierto. El suave transcurrir del Danubio, ciervos que desde sus riveras boscosas nos observan curiosos. Patitos que al ojo atento de su madre intentan torpemente nadar. ¡Oh Mexico, Chicharito, Cancún…¡, saludan amistosos los viajeros a las únicas mexicanas a bordo que somos mi hermana y yo.

Parejas de mediana y tercera edad sonrientes y decididas a pasarla bien, comparten con nosotros la travesía a bordo del Beatrice. Ochenta pasajeros según calculo, yo que siempre calculo muy mal;  hacemos la travesía de Budapest a Praga en un barco pequeño que es largo como un tren. Elegante sin estridencias. La fiesta es interminable y el Danubio se muestra amistoso. Flotamos en el corazón de la culta Europa central donde la historia permanece viva en las memoria y el alma de su gente pulida en el dolor, el hambre y la desolación que han provocado las guerras, pero también en la magia de Brahams, de Beethoven, de Mendelson… y el arte juguetón de Emil Nolde, Paul Klee, Lucien Freud… y de los suculentos pasteles causantes de las tallas grandes que estoy estrenando. Entre seres humanos tan enormes, me siento enana. Todo sería apacible y feliz si no me acompañara mi tercera hermana que es una especie de Tsunmi. Se mueve y remueve, baila todo el santo día y siempre tiene prisa. El problema no es que hables sola sino que cada mañana te das conferencias; me recrimina. ¡Muévete!, ordena cuando me detengo a tirar baba frente a los edificios, las sinagogas, las imponentes catedrales, los escaparates, los mercadillos.

Ni modo, los años, que me van quitando tanto, no han conseguido llevarse entre sus días el asombro: el vuelo de una paloma entre las llantas de una auto, las esculturas que en total desnudez deben resistir los inviernos glaciares de estas latitudes. El refinamiento de las cúpulas que asoman entre los techos. Esta tercera hermana me ordena, me regaña y por las noches me persigna. ¡Que molesta!, le digo, pero agradezco sus cuidados. El viaje es búsqueda y no siempre lo que encontramos es grato. Sin el código QR que sabrá Dios qué es, uno no existe. Correr al baño con prisita para encontrarse con que, ponga una moneda de 20 florines en la máquina, ahí le va a salir un ticket con un código que debe poner en la puerta para que se abra. Ni tengo las monedas ni entiendo cuál es el maldito código. Un buena mujer atrás de mí, me ofrece las monedas, marca el código, lo coloca en el censor y finalmente accedo a los baños donde una larga cola de mujeres espera que se desocupe una cabina. Cuando al fin tengo acceso, es demasiado tarde. Una cháchara por aquí, un regalito por allá, una gruesa chamarra para este frío vienés; apenas las primeras señales del invierno que viene, van convirtiendo mi equipaje en una severa impedimenta.

Mi cuerpecito jarocho es un cubo de hielo. Como diría Juan Gabriel: pero que necesidad. Con lo bien que está uno en su casa. Definitivamente, lo mejor de cualquier viaje es volver. Extraño mis pantuflas.

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