El Chino Bruckenmeyer
Nuestro mundo

El Chino Bruckenmeyer

Nuestro Mundo

Me atrevo a compartirte la presentación del libro El Chino Bruckenmer, lo hago por tres motivos: La novela en sí, su autoría lagunera y mi relación afectiva con el autor y con el texto en si.

El reto de la novela es construir una historia que sea capaz de hilarse sin esfuerzos, que fluya sin demasiados tropiezos y cuya generosidad aliente la confianza del lector, nada más errático que las historias que se parchan, que crecen desmesuradamente, que se extravían o que no se definen inclusive antes de empezar a teclear con convicción.

La construcción de los personajes es otra ardua labor, imaginar su físico, su lenguaje, sus sentimientos, deseos, pulsiones, hacerle crecer junto con la historia, planear con precisión hasta donde vive el personaje y hasta donde es necesario mantenerlo. Contextualizar y proponer las circunstancias familiares, sociales, económicas, culturales, son imprescindibles para sostener a la historia misma y a sus protagonistas.

Elegir los leit motiv que desencadenan o que hacen que las cosas sucedan implica asertividad y empatía con el lector.

Cito todos estos requisitos que los escritores saben de memoria para empezar a comentar la novela El Chino Bruckenmeyer, de la autoría de Guillermo Máynez Gil, cuya primera edición se publicó en 2021, de la mano con la Universidad Autónoma de Sinaloa, merecedora del premio nacional de novela Elmer Mendoza que la propia universidad entrega

El Chino Bruckenmeyers cumple a cabalidad los retos que un escritor debe sortear, pero a más, tiene otras cualidades peculiares, por lo menos para mí lo son: Leer una novela que se desarrolla en lugares conocidos, con referencias inmediatas y claras y con personajes cuya adolescencia pudiera tocar la propia te relaciona de manera mas emotiva con el texto, tal vez esto solo lo experimentemos los laguneros y tampoco todos. Las citas puntuales del colegio donde se desencadena la trama, los nombres de las colonias, las calles, las avenidas, las plazas y los paseos públicos, implican un grado de intimidad distinto al resto de los lectores.

Esa intimidad luego, a su vez, propicia un supuesto: la historia pudo ser la del compañero que se sentaba al lado de tu pupitre, Alicia pudo ser tu mejor amiga y Fernando uno más de los chicos con los que te encontraste en los pasillos de tu escuela.

La crisis de identidad vivida por el personaje principal, es compartida, independientemente de la circunstancia de vida. ¿Quién soy? ¿Por qué nací en una familia y no en otra? ¿Origen es destino? ¿La suerte jugó a mi favor o en mi contra? ¿El mundo se dará cuenta que vivo en él? Ciertamente que hay factores que exacerban las dudas.

La consistencia con la que construye los personajes le da una fuerza contundente a la novela, el chino pudo ser el español, el guerrerense, o quien sea, pero sus ojos rasgados y la conservación de sus rasgos físicos, nos habla de un pasado imborrable, 1911 la matanza de los chinos quedó inscrita como uno de los episodios más vergonzosos de la incipiente historia de una ciudad naciente. De 1911 a los ochenta (década que alberga a la novela), la distancia alcanza a sobrevivientes y a una narrativa oral de primera mano. No es difícil suponer orfandades, soledades y destinos truncos de los descendientes, hermanos de sangre o amistades.

La novela da un giro lúdico, casi de thriller policiaco, resolver mensajes encriptados e involucrar mentes brillantes para su resolución. No deja de sorprender el rumbo elegido

Por otra parte, se agradece la poca miel y la prioridad a un romanticismo anterior al pragmatismo moderno de la revolución industrial.

Sin duda ería la novela que yo le daría leer a mis hijos y que yo leería a hurtadillas con la misma emoción que ellos y que compartiría con quien estuvieran dispuesto a involucrarse con los cinco sentidos en la ficción.

Fluye fácil, se lee fácil, lo difícil es dejar el texto, olvidarlo sin concluir.

Conocí a Memo, el autor de El Chino Bruckenmeyer hace muchos años, el siendo un niño y yo dejando las aulas de la Pereyra, una obra de teatro infantil produjo la coincidencia. Me maravilló entonces su belleza infantil, su memoria prodigiosa y su aplomo, supe a pesar de mi juventud que tendría un buen destino, por fortuna hubo tiempo de confirmarlo.

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