Bienvenida la muerte
Opinión

Bienvenida la muerte

Miscelánea

Si vayamos por donde vayamos

Siempre nos dirigimos hacia la muerte

¿para qué correr?

Fernando Sabater

Otros vendrán/ verán lo que no vimos/ yo ya no sé/ con la sombra hasta los codos/ por qué nacemos / para qué vivimos”. El insondable misterio de la vida me puso por acá y tuve suerte, aparecí en el luminoso siglo XX en América. Si bien la existencia es algo a lo que nunca he podido acostumbrarme, mirando hacia atrás, debo reconocer que el instante de luz que me ha sido concedido, con todo lo que esto significa de bueno y de malo, ha valido la pena. Para quienes como yo, creemos que el cielo y el infierno se viven en esta Tierra, nuestro tiempo por acá es sólo un breve espacio de luz entre la nada y la nada. La vida “eterna” está en nuestros hijos, si acaso en nuestras obras. “Una vez que el difunto ha sido instalado cómodamente en su hoyo, la orquesta vuelve al bollo con brillante bronce y achispada síncopa”. Y así debe ser. Para los que quedan, la vida sigue y que bueno mientras sea espacio de luz, de amor, de sueños. El propósito que para el hombre ha concebido la Naturaleza, es el pleno desarrollo de todas aquellas disposiciones naturales que apuntan a la vida. Para atisbar tan insondable misterio sólo es necesario observar el brío con que se manifiesta la vida en primavera, la dulce tibieza del verano, la cosecha en otoño y el tranquilo descanso del planeta en el invierno.

Todo a su tiempo. He cumplido bien mis ciclos vitales y como decía nuestro Amado: “vida nada me debes… vida estamos en paz”. Que llegue la muerte, no le tengo miedo. Si se pudiera pedir, pediría que mi tránsito a la paz sea amable, ligero, sin equipaje. Me voy y ya está. Desearía morir viva, con asignaturas pendientes, ocupaciones y preocupaciones, que nunca me falten tareas; un libro por releer,  un texto por escribir, nuevas tentaciones en las que caer. Amores inconclusos, problemas por resolver.

Bienvenida la muerte que llega antes de que pierda la alegría, el interés por las pequeñas cosas, el asombro por los prodigios del mundo. La esperanza de conclusión, y no digamos de una consumación justa y perfecta, es una ilusión demasiado necia para mi edad. Quiero morir viva, lucida, y si es posible, inspirando amor. Quiero vivir mientras mis palabras sean sol, cuando se conviertan en sombra habrá llegado el momento de partir. Quiero irme antes de perderme a mí misma en el desinterés y la acedia. Antes de que la mente abandone mi cuerpo y lo deje a la deriva… Antes de que el encierro terrible de la vejez me deje en el día que es sólo una larga y triste espera hacia la noche. “Unos tardamos más/ otros menos/ pero todos nos vamos./ Jugamos a estar sobre la tierra/ pero al fin nos vamos./ Con alegría o con dolor/ dulce vida, nos vamos”. Y como Jack London recomienda: Hay que vivir la vida/ morir joven/ y ser un cadáver atractivo. Y sigo pidiendo: que la muerte sea eficiente y bendiga a quienes han perdido la mente, a quienes sufren una larga agonía, aquellos a quienes el alma ha abandonado. Y Dios, cuando llegue mi hora/ déjame insinuarme dentro de la noche/ sin demandar nada del hombre/ sin demandar nada de ti”.

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