Música para pasar las horas
Nuestro mundo

Música para pasar las horas

Nuestro Mundo

Una canción más. A solas. Me echo sobre el sofá mientras escucho a Everything But The Girl. Before Today suena en los audífonos. Aún no aparecen los primeros destellos de luz, pero Michelle se alista para ejercitarse, y otra vez un día que comienza con nuestra rutina, y la música que suena hasta cambiar de canción. F.E.A.R. de Ian Brown. Las cuerdas abren la melodía junto con la voz, el día que todavía parece noche y la luz de la luna que aparece entre las pantallas de las persianas. Es frecuente que Jack aparezca, o que me sorprenda con una lamida en la cara o la mano. Su cuerpo peludo está listo: quiere salir, estirarse, olfatear los arbustos, el pasto, los restos de basura que quizá dejaron en la puerta de la privada. Incluso él disfruta la música cuando enciendo la bocina, pero este no es el caso, porque yo permanezco recostado, con las piernas sobre el reposa brazos y el resto del cuerpo a mitad del sillón. Ahora se escucha Why Does My Heart Feel So Bad, de Moby, y pienso que yo también me siento mal, que me duele el corazón por la incertidumbre, que no quiero mantener el pesimismo en mi vida, de modo que agradezco, mientras repito la letra de la canción, obligándome a estar bien, a pronunciar que la música me hace resistente.

Cuando por fin Michelle termina de practicar su rutina de ejercicios, me levanto del sofá, y me preparo para una sesión de calistenia. Sólo entonces, con la energía ya recargada, me dispongo a beber agua para proceder con el calentamiento. Ya dispuesto, me tiro al piso con los brazos en posición para hacer las flexiones. Algunos les llaman lagartijas, otros push-ups, yo sólo hago quince repeticiones, después vienen las sentadillas y posteriormente algo de flexiones o crunches para el abdomen. Cuatro series con un minuto de descanso. Nada sofisticado ni difícil. Uno hace lo que puede para mantenerse al menos con fuerza, para no convertirse en un saco envejecido por la inactividad. Algunos hacen pesas y quieren ponerse mamados a cualquier precio, sin importar cuánto deberán resistir antes de lograr una musculatura envidiable, pero pocos alcanzan su objetivo. A mí nada más me interesa mantenerme saludable.

Junkie XL con Robert Smith es la colaboración que suena de fondo, Perfect Blue Sky. Termino entonces con la serie de ejercicios. Permanezco un rato más ahí, estiro los músculos para no sentirme adolorido por el resto del día, hasta que la respiración vuelve a su ritmo habitual y Michelle termina de arreglarse para irse a trabajar. Jack permanece echado, indiferente, mira hacia ningún lado, lame una pata y después rasca su cuello. Hay perros con suerte y hay perros con mala suerte. Jack es un husky con un poco de ambas. Pero en este momento es muy querido por nosotros. Cuando regreso de llevar a Michelle a la oficina, el perrito corre a recibirme, después se dirige a la puerta para que su servidor le abra, se lanza sobre su cobija bienestar, se sabe amo y señor de la casa. Entonces me dispongo a preparar el desayuno. Jack y yo escuchamos Be There, de UNKLE. Y después un plátano en rodajas, un par de huevos con tortilla y una taza de té. Para el joven perrito hay Baked Delights.

Soy el mejor practicante de rutinas del mundo. Pero no sé por qué me volví un hombre predecible. Me pudiera haber llamado Rutilio o Rutinio y me dirían, de manera burlona, algún apodo. Puedo escuchar de fondo a Lykke Li, I Follow Rivers, bailar y desayunar al mismo tiempo. Mastico rápido. Como sin parar. Acabo pronto. Luego el té. Eso sí lo hago lento, me gusta disfrutarlo mientras reviso Twitter. Aparecen las tendencias, posiblemente basura mercantil, frivolidades, noticias funestas y algo de estupideces; pero de eso ya no hay nada que decir, sólo basta con entrar.

Mientras me baño subo el volumen de la bocina. Army Of Me retumba y luego la voz de Björk. Así empecé a cantar el coro. La canción me recuerda los años en que estudiaba la secundaria. Era la década de las estaciones de radio más picudas. WFM, Radioactivo, Rock101. Diríase que era yo fanático de esas radiodifusoras. Fue una época de oro. Hasta que valió madres, como todo lo bueno. Así seguimos escuchando música. Tú y yo. Cada quien con sus rutinas y sus historias. Cosas simples, banales, cotidianas. Pero continuemos con la constancia y la disciplina de hacer playlists para gozar la vida. Yo creo que nos lo merecemos.

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