Cadenas amorosas de Sor Juana y Lope
Nuestro mundo

Cadenas amorosas de Sor Juana y Lope

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Las concatenaciones que imponen el amor, el gusto o la insatisfacción en las relaciones afectivas son tema de una secuencia de tres sonetos de Sor Juana (quien cumplirá años el 12 de noviembre). Con frecuencia se citan los primeros versos del soneto 167 que dicen: “Feliciano me adora y le aborrezco / Lisardo me aborrece y yo le adoro”.

La curiosidad estética de algunos lectores es despertada por la insatisfacción y el gusto de esos y versos similares como los que la Emperatriz del Idioma eslabona en los retruécanos de otros muy citados cuatro versos, los iniciales del soneto 168: “Al que ingrato me deja busco amante / al que amante me sigue dejo ingrata / constante adoro a quien mi amor maltrata / maltrato a quien mi amor busca constante.”

Como consecuencia de los apetitos del amor, la protagonista de los tres sonetos sorjuaninos se reconoce víctima de las cadenas de atracción y rechazo: “por activa y pasiva es mi tormento / pues padezco en querer y ser querida”, dice en el segundo terceto del soneto 166 que según el gran sorjuanista Alfonso Méndez Plancarte es el que tiene “más aire de emoción autobiográfica”.

El tema de esa dialéctica del amor es remontado por los analistas hasta los tiempos de los antiguos clásicos. Por su voracidad de saber y gusto estético quizá Sor Juana haya conocido a aquellos teóricos. Dicha dialéctica de apetencia y rechazo aparece en la primera obra de teatro que vi, misma que me despertó la afición al arte de Talía.

Es en la comedia La moza de cántaro, de Lópe de Vega –en la que Doña Ana pretende a Don Juan, en tanto que éste pretende a Doña María; el Conde pretende a Doña Ana y Doña María pretende al Conde–, es en esa comedia donde Doña Ana, en juegos con la poesía, dice los siguientes cuartetos de un soneto:

Amaba Filis a quien no la amaba / y a quien la amaba ingrata aborrecía / hablaba a quien jamás le respondía / sin responder jamás a quien le hablaba. // Seguía a quien huyendo la dejaba / dejaba a quien amando la seguía / por quien la despreciaba se perdía / y al perdido por ella, despreciaba.”

Sor Juana sin duda disfrutó, por lo menos leída, la comedia de Lope y ese soneto que tiene como protagonista a Doña María, quien en cierta medida cultiva, como Sor Juana, la aversión al matrimonio y la necesidad de independencia y autonomía personales.

No digo que la Décima Musa haya sido influida directamente por Lope pero si quiero insistir en la curiosidad de que durante buen tramo de la comedia Doña María parezca prototipo de Sor Juana en tanto que, como ella, desafía las costumbres de la época que sólo podían ver a la mujer casada o sometida en la vida de los seglares o en el convento.

En la obra, la moza de cántaro es doña María, mujer de alcurnia que disfrazada de sirvienta acude por agua y de ella dice Don Juan: “Con manos de marfil, con señorío / que no hay tan gran señor que se le atreva / pues donde lava, dice Amor que nieva / es alma ilustre al pensamiento mío.”

Lope de Vega escribió La moza de cántaro en 1625 o 1626. Cerca de 330 años después la vi representada en la Casa del Lago, de la UNAM, es decir, en 1963 o 1964 con actores ya muertos. Entre ellos recuerdo a quienes llevaron los papeles principales: Pina Pellicer –quien se suicidaría en 64–, Sergio Jiménez, Marta Verduzco y Carlos Fernández.

Para mi provincianismo que debutaba como defeño fue una revelación la obra de Lope representada en la Casa del Lago por la fantasía de ver a los actores vestidos con papel crepé, actuando entre utilería y escenografía de más imaginación que presupuesto pero sobre todo por la manera de decir los versos. La representación de La moza de cántaro fue una fiesta para mis oídos y mis ilusiones literarias por el modo en que los actores articulaban la lengua española, mi lengua.

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