19 de octubre
Nuestro mundo

19 de octubre

Nuestro Mundo

Revisando las entregas que se publican generosamente en estas páginas, me di cuenta de lo recurrente que soy en los temas y noté un dejo de querer resolver mi mundo y, de pasada, el mundo de los demás.

¿Quién soy yo para asumir semejante pretensión? Nadie, solo un simple ser humano que se da cuenta de sus debilidades, miedos y capacidades limitadas, sigo la misma pauta de muchos: dar una opinión que va en un sentido y no seguirla en el día a día. No me voy a justificar ni pretendo explicar mis incongruencias, sirva esto de introducción al tema de octubre: la lucha contra el cáncer de mama.

Cuando empleo el verbo luchar ya hay implícita una reyerta, una pelea interna entre lo que debo de hacer y lo que no hago, entre lo que pienso y decido, entre lo que es pertinente y la impertinencia de la postergación. Tal vez vendría mejor hablar de consciencia y, una vez más, vuelvo a un tema que en mi es frecuente. La consciencia es darte cuenta, es abrazar el conocimiento de la propia existencia, seguro que por ello es tan difícil ir con los ojos abiertos, con las certezas de saber lo que implica vivir.

No llegamos a este mundo con manual, con instrucciones precisas que nos conduzcan al ideal de cuidar con esmero la vida física, emocional y espiritual, eso lo vamos aprendiendo de quienes se convierten en nuestros formadores, del entorno, del medio ambiente, de los estímulos que nos rodean. Cuando le decimos a alguien que es inconsciente lo que hacemos es poner énfasis en que esa persona no mide las consecuencias de sus actos, que no dimensiona la fuerza de sus palabras, que no considera a los demás, que no se percibe como integrante de un todo. Por desgracia, nuestros estilos de vida inducen más a ello que a lo otro.

Vivir con los ojos abiertos sirve de metáfora para reconocer a este vehículo por el que transitamos en la materia que se llama cuerpo, para identificar las emociones que privan, los impulsos, el carácter, las heridas, las privaciones que experimentamos y que también nos forman, ése ver con más precisión lo que somos por dentro y por fuera anima la consciencia. El valor radica en aceptarnos y trabajarnos, de nadie más que de nosotros mismos depende lo que hagamos.

Nuestro ser físico nos habla de nuestro ser emocional. Un buen día despertamos con una dolencia, puede ser que le pongamos atención y revisemos las posibles causas, si se trata del estómago, enlistamos lo que comimos y bebimos, no descartamos los contratiempos, sustos, miedos, enojos o diferencias como generadores del malestar, puede ser que entonces integramos las posibles causas, sin embargo, hasta ahí nos quedamos. ¿Qué de mi carácter provocó el enojo? ¿Qué de mis vacíos me hizo reaccionar así? ¿Qué de mis miedos me llevó a la confrontación? Lo que creo es que nos quedamos con el síntoma y no con el origen que desato la emoción que pudiera haber intervenido en el malestar.

No cabe duda que las improntas son huellas que permanecen, la manera en que cicatrizan las lesiones depende del tipo de “piel” que tengamos, algunas serán muy obvias y otras casi desaparecen, pero siguen estando. No podemos obviar nada, pasar por alto nada o hacer como que no sucedió.

Las explicaciones que ofrecen los expertos en biodescodificación respecto al cáncer son distintos según el tipo y la localización del mal: vivencias de la infancia, sensación de abandono, deseo de protección, soledad, desesperanza, pudieran considerarse factores que irrumpen con fuerza, no obstante, no podemos dejar de lado la actividad glandular y aspectos exógenos desencadenantes.

Lo que sí es una parte voluntaria en su totalidad es la atención que nos ponemos cada uno de nosotros, hombres y mujeres. Si sabemos de memoria que un diagnóstico precoz nos lleva a aliviar con presteza un padecimiento, ¿por qué no seguir el camino de la autoexploración o la visita al médico para la revisión protocolaria?, ¿por miedo?, ¿es mejor no saber a saber?, ¿a todos les puede pasar menos a mí?, ¿de verdad no hay tiempo?, ¿de verdad no hay recursos para hacerlo?, ¿o preferimos la emoción de la ruleta rusa que deja a la suerte seguir vivos o morir?

Solo puedo suponer el impacto del diagnóstico médico de cáncer, no me acerco ni remotamente a lo que en verdad se siente. Ojalá que desde ya empecemos a proveer a nuestro ser emocional de herramientas que nos permitan enfrentar lo que venga, con entereza, con actitud positiva, con amor hacia nosotras mismas y hacia los demás. Ojalá amemos y conozcamos nuestro cuerpo y elijamos el mejor estilo de vida que minimice los impactos de agresiones constantes que con inconsciencia le proferimos.

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