Violento 10 de junio
Nuestro mundo

Violento 10 de junio

Nuestro Mundo

Conocía los estallidos pausados del 7 mm que bala a bala abastecía su recámara de fusil tipo belga. A veces las detonaciones eran graneadas porque los compañeros disparaban casi simultáneamente bajo la mirada y tras la orden del oficial a cargo en la escuela militar. No conocía, sino en el sonido del cine, el traqueteo de las metralletas y ahora oía las ráfagas cerca, ubicuas, aterradoras.

En silencio, o quizá con un grito de dolor ahogado entre otros muchos gritos y las ráfagas de metralletas y los disparos de pistolas, cayó a mi lado un estudiante. Compañeros lo auxiliaron y arrastraron con su pierna sangrante desgarrada por las balas. Se encaminaron hacia las calles perpendiculares a la que, con un muro larguísimo, estaba convertida en trampa para los manifestantes que apenas habían iniciado, en Ciudad de México, una marcha de protesta.

Era el 10 de junio de 1971. Vi a mi compañera. No hablamos. Nuestras miradas se entendieron. Asidos de las manos, como muchos, corrimos hacia alguna de las calles perpendiculares a la del tiroteo que estaba diezmando la columna y la disolvía con terrorismo oficial.

Ya a salvo, retirados de la calle-trampa, de la marcha ahogada y desbaratada, seguimos oyendo disparos, graneados o en ráfagas. De la lejanía se acercaban ambulancias o carros de policía. El escape nos permitía ver ciudadanos asomados con cautela en las puertas y ventanas.

Al paso de los días, algunos marchistas de la manifestación pacífica frustrada se decidieron por la vía armada para responder al gobierno cruel. Unos buscaron trincheras en varias ciudades de la república convertidos en guerrilleros urbanos; otros, la complicidad de la sierra. Muchos murieron pronto, algunos sobrevivieron un poco, otros un poco más, todos enarbolando la bandera del socialismo, del comunismo. El 10 de junio de 1971 aceleró la proliferación de la respuesta armada del pueblo contra un gobierno ineficaz para solucionar los problemas sociales, pero eficiente a la hora de reprimir la inconformidad pacífica. A menos de dos años del 2 de octubre de 1968, el poder hizo sentir su intolerancia y en consecuencia las acciones contestatarias populares crecieron también, tratando de ampliar los constreñidos caminos legales. Se crearon organismos de izquierda que exigieron democracia a la par que mejoras en las condiciones de vida pero, lo más importante, igual que quienes habían escogido la vía armada, proponían para la nación la salida socialista.

Las acciones populares que desató la represión del 10 de junio, aunadas a las no olvidadas de los decenios de 1950 y 1960 –huelgas, movimientos estudiantiles, paros laborales, guerrilla rural y urbana– están en la génesis del México actual, en términos políticos y gubernamentales. La sangre derramada el 10 de junio fue el principio del torrente sangriento que le sucedió con la lucha guerrillera y toda ella fecundó la vocación democrática vigente en nuestros días.

No fue menor la presión de organismos sociales que exigían al gobierno el reconocimiento que legitimara su actividad política. La lucha popular se da en variados frentes que deben ser complementarios, no excluyentes. Entre las agrupaciones demandantes de más amplios y mayores caminos para el tránsito democrático, los identificados como de izquierda, con la estimulante conciencia de que la clase trabajadora es el motor más poderoso de la sociedad, la incluyeron en su membrete.

PMT, PRT, PST (Partido Mexicano de los Trabajadores, Partido Revolucionario de los Trabajadores, Partido Socialista de los Trabajadores) surgieron para convertirse en portadores de la exigencia de democracia y justicia económica. No sólo una herramienta puede usar el pueblo en su búsqueda del poder. La lucha popular escogió variados frentes después del 10 de junio de 1971.

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