La generación del “Me gusta”
Reportaje

La generación del “Me gusta”

El clic como superpoder

Apenas cinco generaciones alcanzan para cubrir el siglo XX entero: la Grandiosa, Dorada o “Vieja guardia” compuesta por aquellos nacidos entre 1901 y 1924, vivieron las dos Guerras Mundiales y muchos combatieron en ambas. La Silenciosa, Silente o “de los promotores”, (1925-1942), sufrieron la Segunda Guerra y sus consecuencias pero eran demasiado jóvenes para estar en el frente. Los Baby-boomer, 1943-1960, llamados así por el crecimiento (boom) demográfico y económico que siguió al fin de la guerra. En seguida llegó la Generación X que abarca de 1961 a 1980, su letra representativa se debe a un supuesto deseo de indefinición. Finalmente, la Generación Y, mejor conocida como Millennial, experimentó el auge tecnológico, un corte razonable va de 1981 a fines de los noventa.

Ésta última genera debate y mayores disparidades en cuanto a la determinación de inicio y fin, pero no es el único caso. En realidad todas las fechas son aproximadas y variables según el estudio de que se trate, sus realizadores y/o las características y territorios bajo análisis; aunque hay un acuerdo más o menos general sobre la pertinencia de estas clasificaciones. En el esquema tradicional cada generación abarcaba aproximadamente 20 años, por el contrario, antes de que la segunda década del nuevo milenio termine, ya se habla al menos de dos generaciones: la Generación Z, posmillennial o centennial va de fines de los noventa o el año 2000 a 2010; y la Generación T de táctil o Alpha, según la propuesta del sociólogo Mark McCrindle, se espera que termine en torno al 2020.

La necesidad de realizar cohortes generacionales con mayor frecuencia no es más que un reflejo de lo cambiante que se ha vuelto un mundo en que los fantasmas de la obsolescencia y la desactualización persiguen a la humanidad y cada tanto se cobran alguna víctima.

Foto: Medium

ME GUSTA

Existen otros intentos por distinguir generaciones según determinados rasgos o influencias. Por ejemplo, Generación MTV es un término que se usó para describir a los adolescentes y adultos jóvenes de la década de los ochenta y principios de los noventa; se cree que fue diseñado por el propio canal que incluso produjo un documental homónimo en 1991. Un elemento unificador de este conjunto sería el gusto por los videos musicales, la cultura pop.

Snowflake Generation (Generación Copo de nieve), denominación atribuida al escritor Chuck Palahniuk en El club de la pelea, libro de 1996 adaptado a la pantalla grande en 1999. Se trata de aquellos llegados a la adultez en la década de 2010 que habrían crecido bajo el ala de padres sobreprotectores quienes les inculcaron la idea de ser “únicos y especiales”, les caracterizaría una excesiva susceptibilidad y fragilidad (emocional), como los copos de nieve. El mismo Palahniuk opina que los jóvenes se ofenden muy fácilmente, al punto de calificar su actitud como un “nuevo victorianismo”.

El sociólogo Juan María González-Anleo Sánchez escribió un libro llamado Generación Selfie (2015) para ahondar en las peculiaridades de los adolescentes y jóvenes españoles, a quienes identifica como seres centrados en sí mismos y su círculo íntimo, indiferentes a todo lo demás, desinteresados, egoístas y desconfiados. Una causa de estos defectos de carácter, afirma el autor, es que estamos frente a la primera generación que vivirá peor que sus padres, sienten que no hay futuro para ellos.

El psicólogo Jensen Arnett y la socióloga Kathleen Shaputis coinciden en que la Generación Peter Pan es un peligroso coctel de rasgos como falta de compromiso, idealismo, consumismo, narcisismo, insatisfacción, sobrecalificación, inseguridad laboral y ansia de libertad en combinación con temores e indefinición, lo anterior deriva en situaciones como que los jóvenes ahora vivan en un estado de “adultescencia”, retrasando lo más que se pueda su independización financiera, el abandono del hogar familiar, el matrimonio y otros “ritos” de entrada a la vida adulta.

Generación Peter Pan. Foto: Archivo Siglo Nuevo

La Generación Me Gusta (Generation Like) es uno de los términos más recientes, data de 2014 y fue acuñado por el escritor y periodista Douglas Rushkoff en un capítulo del programa Frontline, especializado en realizar y transmitir documentales de periodismo investigativo. El mote evidentemente hace referencia a la red social Facebook, su botón “me gusta” y el creciente “poder” que los usuarios, particularmente los más jóvenes, creen haber ganado al presionarlo. Esa es, justamente, una de las cuestiones centrales, ¿Internet, con sus múltiples posibilidades de interacción, comunicación, trabajo y mercadotecnia, realmente puede generar, o al menos apuntalar, cambios fuera del ciberespacio?

RESPUESTA

La época, no tan lejana, previa a la llegada de las plataformas digitales, cuando el Betamax y el VHS (Video Home System) eran los sistemas analógicos que soportaban videos y películas, cuando los discos de vinilo y acetato, los casetes y finalmente el revolucionario disco compacto eran los formatos disponibles para la grabación de sonido; los años previos al teléfono móvil, en que las llamadas de larga distancia implicaban una elevada cuenta a fin de mes o una costosa visita a alguno de los escasos locales que ofrecían ese servicio, en que para comunicarse con alguien era necesario llamar a su casa u oficina desde otro teléfono fijo o uno público con monedas o tarjetas de prepago; cuando el Internet en casa era un sueño y pagar una hora en el cibercafé era un pequeño lujo; días en que aún se enviaban cartas y telegramas, las cámaras fotográficas llevaban rollos, no memorias, obtener las fotos implicaba un proceso químico de revelado, se realizaba de forma manual en establecimientos especializados y no en quioscos de impresión, más un largo etcétera.

Foto: NordWood/Unsplash

Los millenials tardíos no tuvieron tiempo de acostumbrarse a un mundo con estas características, algunos ni siquiera recuerdan como funcionaba el día a día antes de la invasión tecnológica y el dominio cibernético, mientras que los miembros de las generaciones más recientes, como los Z y los táctiles, serán los primeros sin conocer una realidad que no admita el adjetivo “virtual” a continuación.

Si bien es indiscutible que las nuevas plataformas informativas, redes sociales y servicios de mensajería instantánea, nombres como YouTube, Facebook, Twitter, WhatsApp o Skype, con sus múltiples bondades, han transformado por completo el acceso al conocimiento y las formas de comunicación, también han afectado las relaciones en varios niveles para bien y para mal.

Al sol de hoy la red global permite, entre otras cosas, cursar estudios universitarios, seguir las noticias locales, nacionales e internacionales, leer libros, realizar compra-venta de bienes y servicios, ordenar comida, ver series y películas, escuchar música, realizar múltiples operaciones bancarias, participar en concursos de lo más variado, comunicarse al otro extremo del globo, organizar eventos y mandar invitaciones masivas con sólo un par de clics e incluso seguir no sólo el trabajo sino la vida —a veces en tiempo real— de distintas celebridades mediante fotos, videos, prestrenos y demás recompensas para sus fans, quienes cuentan con el beneficio añadido de dejar sus comentarios confiando en la promesa implícita de que quizás, sólo quizás, destacarán entre la marabunta, sus ídolos les notarán y responderán. Es el viejo correo de fans llevado a otro nivel, uno que parece más personal.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

La humanidad se encuentra interconectada de maneras que hace apenas unas décadas sólo podían vislumbrarse en territorios propios de la fantasía y la ciencia ficción. Estas novedades hacen factible que individuos separados geográficamente por miles de kilómetros de distancia y que probablemente pasarán el resto de sus días sin conocerse en persona, puedan interactuar en un foro sobre algún pasatiempo en común o enfrentarse en una partida en línea de su videojuego preferido. El ciberespacio permite conexiones entre seres cuyos contextos son tan dispares que sin esta herramienta difícilmente habrían tenido oportunidad de intercambiar ni media palabra.

En el espectro contrario, el uso masivo de la tecnología conlleva muchos riesgos y desventajas. La pérdida de la privacidad por el mal uso de los datos personales, el acopio y utilización de los mismos que hacen los grandes consorcios comerciales, la vigilancia gubernamental y el espionaje a individuos y naciones son algunos de los temas más espinosos.

La criminalidad también aprovecha las novedades tecnológicas y su incidencia se ve reflejada en la creación, a nivel mundial, de divisiones policíacas especializadas en atender “delitos informáticos” o “cibercrímenes”. Problemas como el ciberacoso o la forma en que pederastas y otros tipos de predadores construyen sus telarañas son otras cuestiones nocivas a considerar.

Una advertencia cada vez más repetida es la deshumanización. Las redes sociales parecen conducir hacia allá y ante lo habituales que se han vuelto las escenas familiares —o reuniones de amigos— en que cada uno de los miembros tiene la vista fija en su teléfono inteligente, resulta digna de tomarse en cuenta. Perder el rumbo y naufragar en la inmensidad cibernética sin siquiera darse cuenta es mucho más fácil de lo que parece, de pronto los usuarios se convierten en residentes permanentes de un no lugar que valora la inmediatez, la brevedad y la superficialidad, que valida a sus habitantes de acuerdo a la longitud de su lista de amigos, sus seguidores o la cantidad de “me gusta” o “compartidos” que sus publicaciones consigan.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Las consecuencias no se hacen esperar, se emprende un camino de resentimiento, menosprecio, baja autoestima y aislamiento social provocado por la comparación e incluso envidia que produce la vida feliz, ordenada y “perfecta” que conocidos y desconocidos, amigos y enemigos suelen mostrar en estos escaparates que a menudo tienen mucho de fantasía y apariencia.

La adicción a los móviles, dificultades para administrar el tiempo, trastornos del sueño, irritabilidad, aumento en los niveles de estrés, problemas de ansiedad, angustia y depresión, bajo rendimiento escolar o laborar, y el alza de niños, jóvenes y adultos con Trastorno de Déficit de Atención son algunos de los males de la posmodernidad atribuidos a la dependencia tecnológica, la hiperconexión y la vorágine en que la sociedad se ha zambullido gustosamente.

El contacto humano real, cara a cara, y sus beneficios psicológicos y anímicos no pueden ser igualados por las relaciones virtuales, la sensación que produce un abrazo o una mirada en el momento oportuno no debería ser obviada ni despreciada ni, peor todavía, olvidada, con tanta facilidad.

Parafraseando a Umberto Eco, es conveniente no perder de vista que una herramienta que permite decir la verdad también admite la manipulación y la mentira porque los medios no son buenos ni malos en sí mismos, todo está en quienes los utilizan y los fines que se persiguen.

ACTIVISMO

Las relaciones interpersonales no son las únicas que se han modificado gracias a la expansión de las nuevas tecnologías, los individuos rápidamente descubrieron su potencial para cambiar las interacciones con sus autoridades locales y nacionales, de la misma manera la opinión internacional se sirve de estas herramientas para ejercer presión y llamar la atención sobre situaciones de distinta índole que, en muchos casos, apenas hace unos años corrían el riesgo de pasar desapercibidas.

Las empresas saben lo importante que es la satisfacción de sus clientes y los consumidores son cada vez más consientes de las repercusiones que pueden llegar a tener sus comentarios positivos y negativos sobre todo cuando elijen manifestarlos en sitios públicos que están a la vista de todo el país o del mundo entero.

Las instancias gubernamentales son otras que han variado su oferta de interacción con la ciudadanía, el buzón de quejas en las oficinas, el llenado de formularios en papel que frecuentemente se quedaban guardando polvo sin que nadie los leyera y diera seguimiento a las situaciones planteadas, incluso las líneas telefónicas de atención están siendo rápidamente sustituidas por cuentas de correo electrónico, sitios oficiales en la web o aplicaciones para el móvil.

Foto: Verificados 2018

En vías de desarrollo se encuentran conceptos como la ciberciudadanía y la democracia electrónica. Los partidarios de la aquella suelen centrarse en dos grandes ejes, el primero es la educación o alfabetización digital, entendida como el acceso y uso responsable, ético, legal y seguro de Internet y las tecnologías en general, en el plano ideal debe involucrar a estudiantes, docentes e instituciones; el segundo se ocupa de la participación masiva, para conseguirla se aboga por reducir, con miras a eliminar, la brecha digital y conseguir el reconocimiento del acceso a la red de redes como un derecho básico.

Por su parte, la democracia electrónica (e-democracy) es el uso de la informática, el Internet y las telecomunicaciones para el desarrollo y aplicación de herramientas que faciliten el diálogo y la vigilancia ciudadana a los actores políticos y los encargados de la administración pública. Promueve la defensa de derechos cívico-políticos, la reflexión y el diálogo, el acceso a la información, la consulta pública en los procesos de toma de decisión, la transparencia, la rendición de cuentas y la agilización de los procesos burocráticos institucionales e incluso electorales, como el novedoso voto telemático.

Pero los consumidores y los usuarios de servicios públicos no son los únicos que tienen algo qué decir acerca de lo que les agrada y desagrada, un grupo que merece atención aparte: los activistas.

El término activismo remite al vocablo actividad y a la idea de ser activo, pero no cualquier clase de actividad, sino a un viaje con varias estaciones como interesarse por una causa, reflexionar, tomar una postura que puede ser a favor o en contra, y hacer algo al respecto, involucrarse, trabajar para alertar a más personas sobre tal o cual situación detectada y la necesidad de una solución; así pues, engloba múltiples formas de militancia, protesta, movilización, acción y otras manifestaciones de descontento organizadas y colectivas.

Aunque el activismo que recurre a acciones y métodos violentos o de choque para lograr sus fines es una realidad innegable, es mucho más común usar dicho vocablo para referirse a la vertiente pacífica.

Varias personas participan en una manifestación contra la separación de familias inmigrantes en Estados Unidos. Foto: EFE/Jim Lo Scalzo

Los activistas y los movimientos que elijen abanderar suelen surgir de la indignación y de una firme determinación a no ser partícipe ni tolerar actos de injusticia.

La historia parece dejar en claro que la humanidad tiene una natural inclinación y una inagotable creatividad para proceder con iniquidad, casi siempre contra los más débiles, aquellos cuya voz es fácilmente descartada.

A cambio, han existido seres comprometidos y dispuestos a intentar de una u otra manera mejorar las condiciones desfavorables a las que la realidad les enfrenta; este sector no dejó pasar la oportunidad de aprovechar para sus causas las condiciones ofrecidas por la última revolución tecnológica. El siglo XXI permitió el surgimiento y consolidación del activismo en versión digital.

Según la definición otorgada por Maite Azuela y Mónica Tapia Álvarez en un texto de 2013 titulado Construyendo ciudadanía desde el activismo digital. Guía práctica para multiplicar la incidencia en políticas públicas desde las tecnologías de la información y la comunicación, el activismo digital “es la participación y organización de los ciudadanos utilizando las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) para difundir, promover y defender diversas causas cívicas, políticas, sociales y culturales. Muchas veces relacionado con las políticas o decisiones de las autoridades”.

El espectro de áreas en las que un activista puede influir es poco menos que infinito. Algunas de las habituales son: la reivindicación, defensa y consecución de derechos humanos y ciudadanos o las que atañen a sectores específicos como la comunidad LGBT, los inmigrantes, las mujeres o los niños; la lucha contra prácticas de discriminación, exclusión y racismo; la denuncia de abusos cometidos por quienes detentan algún tipo de poder, las problemáticas propias de zonas de guerra o pobreza extrema, casos de represión política, protección del medio ambiente y de los animales, y un largo etcétera.

El sólo hecho de interponer algún tipo de queja o denuncia no califica automáticamente como activismo. Subir un video o una fotografía para exhibir un hecho reprobable o la mala conducta de una o más personas —frecuentemente políticos, funcionarios o sus familiares—; “denunciar” en redes a un supuesto estafador; reaccionar, comentar y compartir en Facebook o tuitear y retuitear un reclamo cualquiera que, en la inmensa mayoría de los casos, es rápidamente olvidado y sustituido por otro mensaje parecido, la propagación de noticias falsas… todo eso cae en un rubro distinto, el de la simulación y la desinformación.

Manifestantes protestan en contra de las numerosas cuentas falsas que distribuyen Fake news en Facebook. Foto: EFE/Stephanie Lecocq

Aquí radica una de las principales críticas al ciberactivismo: se le acusa de ser poco más que una ilusión o un distractor. Sus practicantes suelen ser tildados de oportunistas o ingenuos. El filósofo polaco Zygmunt Bauman, en una entrevista de 2016, definió al activismo en línea como "activismo de sofá" y remarcó que Internet suele adormecer a la población con entretenimiento barato. Para Bauman, las redes sociales pueden crear un sustituto de identidad y pertenencia. “La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas”, y añadió que “el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú".

Una percepción muy distinta es la de Juan Manuel Casanueva, infoactivista y fundador de SocialTIC, oenegé dedicada a la capacitación en el uso de tecnologías como factor de cambio social. Él opina que “3 mil tuiteros pueden hacer una diferencia” y que sus actividades no son para las causas imposibles; su fin último, comenta, no tiene por qué ser iniciar revoluciones, basta con contribuir a generar cambios en la comunidad a la que se pertenece o el territorio que se habita.

MOVIMIENTOS

Más allá de las opiniones es un hecho que alrededor del globo cada vez más grupos obtienen resultados gracias a campañas iniciadas o apoyadas fuertemente en las herramientas cibernéticas. Ejemplos ilustrativos de este fenómeno son las llamadas Revoluciones de colores.

La revolución azafrán. Así se denomina, en alusión a los hábitos de los monjes budistas, al conjunto de protestas antigubernamentales en Birmania estallado en agosto de 2007 tras una escalada en el precio de la gasolina. La Junta Militar, que gobernó hasta 2011, declaró un toque de queda, ejecutó redadas en monasterios, realizó arrestos masivos a monjes y civiles, e incurrió en actos violentos como uso de gas lacrimógeno e insecticida, disparos y golpizas. El gobierno limitó el acceso a Internet para detener la denuncia de la represión realizada mediante blogs y videos en YouTube.

La revolución verde. En junio de 2009, tras el supuesto triunfo electoral de Mahmoud Ahmadinejad en Irán, la población manifestó su inconformidad durante meses antes de ser sofocada por el régimen. Muchos llamaron a estas movilizaciones la Revolución de Twitter; la red social jugó un papel destacado en la organización y transmisión de las protestas.

La revolución blanca, 2011. Foto: Issuu

La revolución de los jazmines de Túnez es la serie de protestas ocurridas en el periodo 2010-2011, protagonizada en su mayoría por jóvenes, que culminó en el derrocamiento de Zine El Abidine Ben Ali. En enero de 2011, la comunidad virtual Anonymous lanzó la Operación Túnez y sus ataques colapsaron la web del gobierno.

En Egipto, la revolución blanca de 2011 forzó la renuncia del dictador Hosni Mubarak. El uso que los manifestantes hicieron de Facebook, Twitter y YouTube fue tan importante que convirtió al gobierno egipcio en el primero en cortar completamente el acceso a Internet, los servicios de telefonía móvil y las comunicaciones internacionales, dejando al país incomunicado al exterior y al interior durante cinco días

Otro referente importante es el movimiento español del 15-M, a propósito de la acampada en la Puerta del Sol del 15 de mayo de 2011, mejor conocido como “los indignados” e identificado en Twitter con las etiquetas #TomaLaCalle o #DemocraciasRealYa. Gracias a la difusión en la red de redes, el 15 de octubre de ese año se realizaron protestas en más de mil ciudades, de ese modo se transformó en una movilización mundial (15-O) que usó etiquetas como #GlobalChange y #15OReady. También inspiró protestas como Occupy Wall Street (Toma Wall Street) en Estados Unidos.

En 2015, Guatemala vivió una oleada inaudita de protestas pacíficas que comenzaron el 25 de abril en la plaza de la Constitución, tras una convocatoria lanzada en redes sociales bajo el hashtag #RenunciaYa, dirigido al presidente Otto Pérez Molina. Aproximadamente diez mil personas confirmaron su asistencia, la participación real está calculada entre el doble y el triple de esa cifra. La presión fue tal que provocó la rápida dimisión de algunos ministros y la vicepresidente Roxana Baldetti, que acabó presa. El 2 de septiembre de ese año, Pérez Molina renunció tras ser desaforado.

MÉXICO

Uno de los primeros ejemplos de activismo digital exitoso lo dio el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En 1994 organizaron una toma armada de cuatro ciudades en Chiapas y para difundir sus ideales y objetivos recurrieron al envío masivo de los mismos por correo electrónico y a través de sitios web. También contaron con el apoyo de un grupo de hackers que realizó ciberataques contra los gobiernos de Estados Unidos y México.

Foto: Revista Rolling Stone México

El YoSoy132, movimiento autoproclamado como la “primavera mexicana”, fue creado en mayo de 2012, durante la campaña electoral, principalmente en contra del entonces candidato priista, Enrique Peña Nieto. Buena parte de su actividad se realizó por Internet, mediante la creación de perfiles en Facebook, cuentas en Twitter y canales de YouTube. Esta presencia mediática dio lugar al surgimiento de #YoSoy132Internacional, conformado principalmente por mexicanos residentes en otros países. Consiguieron pequeños triunfos como la realización de un tercer debate entre los candidatos presidenciales, organizado por los miembros del movimiento, en el que Peña Nieto decidió no participar; también documentaron múltiples irregularidades a lo largo de la campaña y el proceso electoral, sin que hubiera mayores consecuencias. Tras las acusaciones de infiltraciones partidistas al interior del movimiento y los disturbios del primero de diciembre, el movimiento se fue desintegrando y ahora muchos de los miembros de esta iniciativa ciudadana y apartidista son militantes en distintos institutos políticos o buscan candidaturas independientes.

Es ante las crisis humanitarias que la ciudadanía responde, se organiza y sale a las calles para ayudar. Durante la emergencia ocasionada por el sismo del 9 de septiembre del año pasado los egocéntricos y apáticos millenials fueron uno de los grupos que más se involucró en todos los sentidos, desde la búsqueda y rescate de sobrevivientes, pasando por el retirar escombro, y hasta el acopio de víveres. Internet fue el medio del que más se sirvieron para recopilar y actualizar toda la información pertinente.

Cientos de jóvenes de diferentes edades se organizan en los sitios de rescate por los sismos del 2017. Foto: Medium.

El potencial de la informática como herramienta para articular, organizar y consolidar grupos de individuos que comparten ideales y compromiso no puede obviarse. Tampoco es una fantasía o un invento el uso de TICs para propagar mensajes, contribuir en el proceso de estructuración de redes solidarias, intercambiar información y opiniones con visos a lograr consensos y diseñar planes detallados que permitan cumplir objetivos concretos.

Como sucede en cualquier actividad que se emprenda, no siempre se puede ganar. Por cada campaña exitosa hay un número inabarcable de fracasos. No obstante, queda claro que si las dificultades, las cuestiones complejas, los hechos nocivos no se atacan de frente, si el objetivo no es apoyar realmente una causa ni conseguir una reacción que impacte fuera de la pantalla, esos actos no son más que falacias y trampas a las que están expuestos, y en las que frecuentemente caen, quienes se sirven de las redes sociales.

No debe olvidarse que la clave para enfrentar problemas sociales no radica en las tecnologías disponibles, es la voluntad de intentar un cambio y conseguirlo la que debe ser irrenunciable. Contar con el factor humano es una condición necesaria, mas no siempre suficiente, si se aspira a obtener una oportunidad para dar solución a nuestras cuitas.

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