Okja y la Universidad Bovina: Un filme, de diseño, que pone a pensar
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Okja y la Universidad Bovina: Un filme, de diseño, que pone a pensar

La producción de Okja cumple con nota sobresaliente, el cascarón de esta obra es un deleite; la sustancia, empero, es un comestible ya digerido. Las actuaciones de una tropa encabezada por Tilda Swinton permiten pasar cerca de dos horas sin sufrir.

El filme de una niña y su cerdo genéticamente mejorado dirigido por Bong Joon-Ho y financiado por Netflix, el sistema de emisión de contenidos a través de Internet, tiene el dudoso honor de haber y no haber triunfado en la más reciente edición del Festival de Cannes.

Las razones de lo primero se ubican tanto al interior como al exterior del fotograma. La película ha agradado a muchos y se le atribuye que ha cambiado las reglas del juego de la industria fílmica porque fue rodada para la pantalla chica, mas aspira a ganar premios de la pantalla grande.

El descalabro también se origina tanto dentro como fuera de la sala de proyección. Otros trabajos de Bong son mejores y su abundante publicidad se debió a la polémica en torno a su presentación en Cannes y no a su retrato del capitalismo exacerbado. A pesar de la resistencia de la Federación Nacional de Cines Franceses y cineastas que los respaldaron, la organización le permitió participar en la competición oficial. Sin embargo, el festival cambió sus reglas para impedir que en futuras ediciones participen cintas que no pasen por las salas de cine.

Las noticias, reseñas y comentarios, sin embargo, poco dicen sobre la calidad del largometraje. Ya metidos en esa brecha, es conveniente recordar que epítetos como “sublime” o “magnífico”, convertidos en pares de zapatos, no calzan con realizaciones sin los tamaños para andar por la vida cantando: “Fee-fi-fo-fum, huelo la sangre de un inglés”.

COMPARACIÓN

Si la tarea consiste en armar un collar de perlas del séptimo de arte, Okja no da la talla, y, como hacen sus apologistas para promocionarla, nada mejor que recurrir a la comparación para darse a entender.

A la hora de hacer el elogio de esta obra con casi dos horas de duración se suele nombrar a un mago de oriente que ha obsequiado a varias generaciones generosas y geniales horas de despliegues visuales y narrativos: Hayao Miyazaki. El problema surge cuando un espectador, atraído por los buenos comentarios, repara en que los zapatos le han quedado demasiado grandes a la obra en cuestión.

Un par de críticas favorables dicen que Okja “está a medio camino entre Studio Ghibli y Pixar” y que “es lo que pasaría si un filme de Miyazaki y uno de Wes Anderson tuvieran un hijo”. Sin saberlo, aportan mucho a esclarecer por qué no está a la altura de los mencionados. La película del surcoreano financiada con 50 millones de dólares de Netflix ve, desde la mitad del ascenso, si no es que un poco más abajo, las banderas clavadas en la cumbre por el cineasta japonés, en particular la de una niña llamada Chihiro que rescata al par de cerdos en que se han convertido sus padres.

La producción de Okja cumple con nota sobresaliente, el cascarón de esta obra es un deleite; la sustancia, empero, es un comestible ya digerido. Las actuaciones de una tropa encabezada por Tilda Swinton permiten pasar cerca de dos horas sin sufrir.

Swinton hace de villana por partida doble, como Lucy Mirando es sumamente falible y como su gemela, Nancy, es sumamente racional. La actriz británica no tiene competencia dados el caricaturesco y sin mayores matices papel de Jake Gyllenhaal o el serio idealismo del personaje de Paul Dano.

Quizá el problema radica en que la cinta de Netflix posee marcadas características de un producto de diseño. Una valerosa protagonista infantil, un animal carismático, secuencias que hacen reír y llorar por las razones correctas y ninguna sorpresa. La ligereza del conjunto llama la atención todavía más si se considera que uno de los argumentos de su director para contratarse con la empresa de streaming fue el asunto de la libertad creativa.

FAMILIA

Mija (Seo Hyun) es una huérfana que vive con su abuelo en una montaña surcoreana. Desde los cuatro años ha convivido con Okja, un cerdo hembra de seis toneladas genéticamente modificado y propiedad de la empresa Mirando.

En 2007, Lucy Mirando lanzó una campaña para disfrazar el origen de los porcinos mejorados y envió a 26 de esos animales a granjas en todo el mundo con la intención de presentarlos como el resultado de una crianza tradicional.

Transcurridos diez años de la cesión, el portavoz de la compañía, Johnny Wilcox, viaja a la granja de Mija y se lleva a Okja. Así comienza la búsqueda desesperada de la niña por recuperar a su amiga.

Mija viajará del continente asiático al americano. En su odisea se cruzarán en su camino los miembros del Frente de Liberación Animal, una organización pro derechos de los animales cuyo objetivo declarado es “joder a Mirando”.

HUMOR

Mucho se destaca el humor contenido en el largometraje y que genera en el público alguna carcajada antes o después de sus incursiones en la dinámica corporativa y en las prácticas de un rastro. Sin embargo, Okja no hace sino echar un vistazo a una situación que se ha expuesto ya de forma destacada incluso en la plataforma para la que fue hecha: la pantalla chica.

En una producción educativa titulada “La carne y tú”, una presentación del Consejo de la Carne, en la que Troy McClure le explica al niño Jimmy cómo llega a su estómago la carne del toro. Luego de su formación inicial en el engordadero, relata el actor de Los Simpson, los animales pasan a “graduarse” (las comillas son de McClure) en la Universidad Bovina. Mientras conduce a su pequeño amigo hacia la fábrica de procesamiento, el actor reconoce que la palabra “matadero” impresiona. Cerca del final del minidocumental, McClure aplaca la conciencia del niño diciéndole que “Si una vaca pudiera, te comería a ti y a todos tus seres queridos”.

LIMITADA

La obra de Bong Joon-Ho también ha llamado la atención por generar emociones que se resumen en la frase: “no querrás volver a comer carne”.

Su director asegura que no era la intención crear polémica sobre los derechos de los animales. Sin embargo, ese fue el resultado.

Menos fortuna tuvo el llamado a no contaminar las aguas del planeta, en especial las que pasan por centros urbanos de alta densidad poblacional, que hizo el cineasta surcoreano, aunque esa no fuera la intención, en su película de 2006, Gwoemul (El huésped), sobre un monstruo que sale de las profundidades del río Han, en Seúl, para hacer acopio de bocadillos humanos.

Si la cuestión fuera comparar a Bong Joon-Ho con él mismo, Okja también pierde frente a su apuesta de cine de terror; el resultado es todavía más adverso si se le mide con Salinui chueok (Memorias de un asesinato), filme de 2003 con el que ganó la Concha de Plata del Festival de San Sebastián por la mejor dirección. Este último ejemplo sí que ubica a Bong Joon-Ho en la lista de los imprescindibles.

El destino de Okja, a pesar de toda su inteligencia, es convertirse en tocino y demás delicias. La misión de Mija es salvarla de ese final. La solución de Bong Joon-Ho es predecible y deja al espectador con la impresión de que pudo ahorrarse una hora y media de su vida apelando al sentido mercantil que en todo momento está presente.

Las palabras de Nancy Mirando son bastante ilustrativas al respecto, todo lo que hay en el cerdo puede venderse, menos los gemidos. También comenta que a los mexicanos, por alguna razón, les gustan las patas de puerco. Si la cuestión es indignarse, esa frase alcanza para lanzar una denuncia en Change.org y emitir una convocatoria en redes sociales dirigida a boicotear la cinta. No faltará quien, con buen criterio, proponga la venganza perfecta: iniciar una dieta rica en chicharrones, carnitas, embutidos y demás productos grasosamente modificados hasta que la producción de Okja dirija pública disculpa al pueblo mexicano.

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